Su sueño fue ser la primera concertista de piano negra en Estados Unidos, pero la música la llevó a otro lado. Cantó por los Derechos Civiles, y su voz se quebró. Esta es la historia de quien tuvo todo, menos felicidad.

Por Enrique Navarro

 

Los dedos y manos de Nina Simone volaban. Era difícil verlas cuando tocaba esa música a la que muchos quisieron llamarle jazz, pero que ella simplemente describía como folk: “Si hubiera tenido que llamarme de alguna manera, habría sido cantante folk porque hay más folk y blues que jazz en mi ejecución”, diría Eunice Waymon, nombre real de la cantante.

Su estilo, combinación de música clásica y todo lo que le entrara por los oídos, le dieron un reconocimiento y fama desmedidos, además de 15 nominaciones al Grammy. Pero, para ella, por las razones equivocadas.

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Nina quería tocar en el Carnegie Hall, en Nueva York, como la primera concertista de piano afroamericana en un país racista. Creía encarnadamente que estaba destinada para ello, pero nunca lo logró, como tampoco pudo ser feliz, más allá de un par de veces.

Este 21 de febrero, la pianista y cantante cumpliría 85 años en los que pocas veces pudo sonreír. A veces, cuando la música le brotaba por los poros, Nina esbozaba una mueca. La frustración musical, el racismo y la bipolaridad se lo impidieron. 

Foto: Cortesía de IMDB.
Eunice Waymon, la promesa

John Divine Waymon amaba su automóvil. A cada oportunidad, y sin importar el pretexto, lo lavaba; pero, sobre todo, lo manejaba con su hija en el asiento del copiloto. Aún cuando un bloqueo intestinal y subsecuente operación lo inhabilitaron de la conducción, este descendiente de esclavos sentaba a su pequeña a su lado para pretender que avanzaban por la vereda.

Ese es el recuerdo más claro y feliz que Nina Simone -nacida con el nombre real de Eunice Waymon en Tryon, Carolina del Norte- tiene sobre su padre, un hombre al que la depresión estadounidense le quitó todo lo que, pese a la segregación, había conseguido para su familia. Así lo expuso la cantante en su autobiografía “I Put a Spell On You”.

Esta felicidad no duraría mucho. A una edad más que temprana, la estadounidense habría tenido que pasar de disfrutar su niñez a ser la enfermera de su padre, mientras sus hermanos intentaban levantar una casa hundida en la pobreza.

Fue en esa época cuando la música se hizo destino. La niña que tocaba para la iglesia cautivó a la Señora Miller, para quien su madre trabajaba como empleada doméstica. Fue ella quien decidió hacerse cargo de su educación musical y financió las clases de la prodigio con la maestra Muriel Massinovitch. Estas dos mujeres presenciaron no sólo el primer recital de Eunice, sino el primer acercamiento que tuvo la joven con el racismo.

“Cuando tenía once años, me pidieron que ofreciera un recital en el salón del pueblo. Me senté al piano, con elegancia practicada, mientras un hombre blanco me presentaba. Cuando miré a mis padres, que estaban vestidos con sus mejores trajes, ellos habían sido retirados de la primera fila para que sentaran a una familia blanca que yo nunca había visto. Mi mamá y mi papá permitieron que los movieran. Nadie iba a decir nada, pero yo no iba a permitir que los trataran así. Me levanté en mi vestido ajustado y dije que si alguien quería escucharme, se aseguraran que mis padres se sentaran al frente para que pudiera verlos”, expuso la pianista en sus memorias.

Ese esbozo se convertiría después en la lucha de Nina Simone por los Derechos Civiles, pero, en ese momento, significaba el inicio de una carrera igual de exitosa que frustrante, aún cuando apenas era una niña.

Dedicada por completo a las partituras, Eunice nunca tuvo tiempo para su primer novio. Desde que tocó las teclas por primera vez, a los tres años, los amigos tampoco fueron muchos. Cuando Eunice interactuaba con otros chicos era únicamente por interés de éstos: si la chica era invitada a algún lugar, era para que tocara el piano y otros bailaran.

Destino inconcluso

Muriel Massinovitch instruyó a su pupilo en la música clásica, especialmente Bach. Fue ella misma quien creó la Fundación Eunice Waymon en la que el pueblo de Tryon financiaba su educación con la esperanza de que se convirtiera en la primera concertista de piano afroamericana.

Fue gracias a esta beca que la promesa llegó a la prestigiosa escuela de Julliard, en Nueva York, donde estudió un año y medio, siempre con la esperanza de ser aceptada en el Instituto de Música Curtis, en Philadelphia, pero nunca pasó el examen de admisión.

“La gente que sabía, según me dijeron, la gente blanca que sabía me dijo que la razón por la que no me aceptaron era que yo era negra. Lo maravilloso de este tipo de discriminación es que nunca puedes saber si esto es una realidad, porque nadie va a admitir que es racista”, expuso Simone en el libro que tardó 30 años en escribir.

Decidida, abrió su propia escuela de música y eventualmente llegó a la ciudad turística de Atlantic City para trabajar en un bar. Ahí, ante el temor de que su madre supiera que tocaba en “un lugar del Diablo”, usó un sobrenombre que quedaría grabado en oro. Su primer novio y gran amor la apodaba “Nina”, variación de “Niña” en español. La actriz francesa Simone Signoret, sin saberlo, le prestó su nombre como apellido. Nina Simone.

En ese bar se forjó el carácter y estilo de la genio. Por 90 dólares como pago por tocar de 12:00 a 7:00 horas, combinó la música clásica con canciones folk, pop, gospel, blues, jazz y todo lo que escuchara, como demostró en “Love Me or Leave Me”.

Ahí también aprendió a callar al público que consideraba irrespetuoso, a decirle que no tocaría más si escuchaba un sólo murmullo, tal como hizo hasta el final de su carrera. Y a la segunda noche, nació su voz contralto. El dueño del lugar le dijo: “si quieres quedarte con tu trabajo, debes cantar”.

Su camino hacia la interpretación clásica se interrumpió. Conforme adquiría éxito y reconocimiento, las partituras se alejaban. Llegó, en efecto, al Carnegie Hall, en Nueva York, pero no como concertista sino como una intérprete folk y por ello le escribió a sus padres una carta como disculpa.

En ese nuevo sendero conoció el amor, o algo parecido, en Andy Stroud. El ex policía de Nueva York cambió su carrera por dedicarse de lleno a la representación artística de su esposa, pero no fue otra cosa que un abusador. Aún no llegaba al altar con su prometida cuando, en un bar, vio cómo un fan le entregaba una nota de admiración. Su arranque de celos se convirtió en un ataque injustificable. Golpeó a Nina Simone en el taxi, camino a casa; la golpeó en el corredor, en la entrada, en el cuarto. La ató y la violó. Dos semanas después negó haberlo hecho. Desde entonces, el abuso y los golpes fueron constantes, incluso cuando la cantante esperaba a su hija, Lisa.

Foto: cortesía de IMDB.
 Young, Gifted and Black

“Los árboles del sur dan frutos extraños / Sangre en las hojas y sangre en las raíces. / Cuerpos negros balanceándose con la brisa del sur / Frutos extraños colgando de los álamos”. Escuchar esta desgarradora letra de Billie Holiday, en voz de Nina Simone, da una idea de la segregación y racismo del Estados Unidos de los 60.

Nina Simone se entregó a la lucha por la igualdad al grado de perderlo todo. En su propias palabras, el movimiento por los Derechos Civiles era más grande que cualquier vida personal. La cantante entró en el movimiento de forma activa, entre tantas otras cosas, porque un terrorista supremacista lanzó una bomba a la Iglesia Bautista de la calle 16 en Birmingham, Alabama. Era domingo. Había 26 niños. Murieron cuatro pequeñas. Addie Mae Collins, Cynthia Wesley, Carole Robertson y Carol Denise McNair.

Este hecho, más el asesinato de Medgar Evers, activista de la lucha, le hicieron componer una canción que sería censurada: “Mississippi Goddam”. La escribió porque no pudo construir una pistola casera para dispararle al primer blanco que viera. “Su voz se rompió tras cantar Mississippi”, diría Lisa, la hija de la furiosa cantante, en el documental de Netflix What Happened Miss Simone?, “jamás regresó a su octava original”.

“Supe entonces que me dedicaría a la lucha por la justicia negra, la libertad y la equidad”, escribiría esta mujer, cuya canción “To Be Young, Gifted and Black” fue propuesta por los separatistas como el Himno Nacional de la América Negra.

La presión de tener una familia, tolerar abusos en casa y condenar los que se cometían afuera empezaron a afectar a la cantante que ya había tenido giras por Europa y Estados Unidos. Lo que se consideraba desvaríos empezó a ser estudiado por científicos. El diagnóstico resultó en un nombre que Lisa, hija de la otrora Eunice Waymon, no conocía: bipolaridad.

Y así llegó Nina Simone al retiro, a cantar intermitentemente, a morir en Francia, a perderlo todo, incluido su amor por el piano.

“Se pensaba que una vez que ella subía al escenario se convertía en Nina Simone. Pero mi madre era Nina Simone las 24 horas de los siete días, y eso es lo que se convirtió en un problema”, refelxionaría Lisa.