Recuerdo que empecé a ligar cuando tenía 15 años. En mi casa no había computadora aún, así que iba al café internet de la esquina con 10 pesos en la mano para una hora de navegación que hoy consideraríamos lenta. Me daba prisa a hacer el copy paste de Encarta para cumplir con la tarea escolar y tener el resto de los 60 minutos disponibles para rondar las salas del chat.

No me juzguen por casi siempre ligar mediado por la tecnología. Tal vez no lo recuerden pero hace apenas 15 años los adolescente no salíamos del armario con la apertura de hoy que, si bien no es total, si que es significativamente mayor. Era casi imposible reconocernos con nuestros iguales en los salones de clase sin ser juzgados o intimidados. Nuestras opciones para conocer gente se reducían a dos: los antros “de ambiente” e internet.

Para los que no contábamos con las habilidades sociales necesarias para acercarnos  a alguien en un bar y decir hola, nos venía muy bien estar frente a una luminosa pantalla

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Recuerdo que comencé por un grupo de chat para jóvenes en Starmedia. Comencé a platicar con alguien que me llamó la atención. A decir verdad, ni sé por qué. Quizá fue su nombre: Israel, recuerdo perfecto. Me dijo que tenía 18 años y a mí me dio pena decirle que apenas iba en secundaria. Le dije que tenía la misma edad que él. Mentí.  

Comenzamos a platicar de videojuegos y cuando él sacó el tema de “las chicas” a mí me dio valor el hecho de estar detrás de una computadora a cientos de kilómetros de distancia, según recuerdo en Querétaro, y le confesé que yo era gay. Tal vez la primera y de las pocas personas a quienes se los dije tan directamente. Pensé que cerraría la conversación o algo. No lo hizo. En su lugar me dijo que por qué no iba a la sala para gays que había en la misma página. Fue como abrir una puerta dorada.

Confirmé algo que ya sospechaba, no era el único gay en el mundo. También descubrí que había un lugar para encontrarme con ellos. 

elchat.com
elchat.com

No sé cuantas horas ni cuantas monedas de 10 pesos invertí saltando de sala en sala. Recuerdo El Chat, una plataforma en la que tenías que dar clic cuantas veces fuera necesario para poder entrar apenas un usuario abandonaba la sala de tu interés.

El que persevera alcanza. Aquí no había fotos ni la más mínima señal de que quien estaba al otro lado de la banda ancha fuera una persona. Todo era un acto de fe y, como yo nunca fui demasiado creyente, jamás me atreví a más. Por mucho, pasar un correo para continuar la conversación en messenger.

Cuando de verdad tuve 18 años descubrí un anunció de Manhunt en una de las páginas porno que visitaba -las ventajas de ya tener un ordenador en casa-. Cogí una foto de mi hi5 (así es, hi5) y me puse en el mercado del ligue geodirigido. Llené el campo de mi edad con el número 25. Mentí otra vez.

En sus inicios, esta página te permitía filtrar los perfiles por la ciudad en la que te encontrabas. No sólo no era el único gay, si no que una porción de ellos vivían en mi colonia, a unas cuadras de mi casa. En mi parcial inocencia de alguien que está por abandonar la adolescencia, yo tenía ganas de platicar con todos. Le daba prioridad a los más guapos, obvio.

Aquí, conocí a “Marduck”. Comprenderán que su nickname fue un flechazo directo a mi parcial espíritu geek. Hablamos de cine, compartimos música, salimos dos citas, nos besamos, fuimos novios un mes, cortamos y ahora es uno de mis mejores amigos. Su número de celular lo tengo guardado con ese mismo seudónimo.

manhunt.com
manhunt.com

Esta plataforma tuvo cambios importantes. Representó una evolución de la herramienta y del espacio y del tiempo implícitos en el verbo chatear. El que más me llama la atención a la distancia es que para platicar tenías un límite de mensajes impuesto por el modelo de negocio de la página, que te invitaba a ser “premium” si querías seguir “cazando.” Quien podía y quería gastar ese presupuesto, adelante. Yo que era virgen en el terreno de las tarjetas de crédito y las compras en línea aprendí que se necesitaba brevedad y economía del lenguaje. Vayamos al punto.

Supongo que lo mismo hacían otros usuarios que después de saludar lanzaban las preguntas certeras. “Activo o pasivo?”, una pregunta a la que le faltaba un signo de admiración y que me obligaba con frecuencia a tomar una decisión. Escoger. ¿Y yo qué sé?, pensaba. Me di a la tarea de averiguarlo.

Después de un rato de utilizar el método científico para intentar darle respuesta a esa incógnita, pensé que era momento de “sentar cabeza” a los 21 (edad real). Comencé una relación formal que se prolongó por los próximos 8 años y cachito. Me quedé fuera de las aplicaciones y las plataformas de ligué de las que vi su evolución sólo desde la periferia.

Ligar desde tu smartphone

Justo en ese mismo año, 2009, un tipo de nombre Joel Simkhai presentó al mundo Grindr. Una aplicación que utiliza los recursos de la geololalización de los teléfonos inteligentes para presentarte a, por lo menos, 100 hombres que están cerca de ti. Y cuando decimos cerca es que de verdad están cerca. 100 metros, 500, 25, 2 pasos.

La economía del lenguaje se volvió más económica ahora sin pretextos. Vamos a lo que vamos. También surgió todo un sistema de códigos que, a decir verdad, entiendo poco. ¿NSA, LTB, dulcero? Incluso entran en juego los emojis para dejar claro qué estas buscando y tu apertura con temas como el consumo de drogas.

A pesar de que aún se leen mensajes como 100% activo, se percibe una mayor flexibilidad respecto al rol sexual que en sus antecesoras que hoy sufren de agonía tecnológica. Otra de sus transformaciones ha sido la de poner en línea el dialogo sobre el VIH tanto para prevenirlo como para atacar el estigma, permitiendo a sus usuarios hacer público su estatus. Aunque han traicionado la confidencialidad de sus usuarios otorgando esta información a terceros.

No me mal interpreten, no estoy siendo moralino ni reacio a lo nuevo. Habrá que aplicar de nueva cuenta el método científico. Simplemente, como toda persona que ha crecido, siento cierta nostalgia por “esos años.”