Podemos creer o no en el amor, pero cualquier persona que haya experimentado los placeres del sexo difícilmente podrá resistirse a ellos cuando se presente la oportunidad de vivirlos de nuevo. El problema es que en muchas sociedades tradicionales –la mexicana entre ellas– nos han educado con la idea de que sexo y amor deben ir de la mano, que son dos entes indisociables que no pueden disfrutarse al máximo si no conviven en armonía.

Sin embargo, cada vez que me conecto a alguna red social de ligue, los perfiles con las iniciales NSA (que significan “No Strings Attached” y que pueden traducirse como “sin ataduras”) aparecen una y otra vez. Esas tres inocentes letras dejan claras las cosas desde el inicio. Los individuos en cuestión no buscan establecer un vínculo afectivo, pero están en la mejor disposición para satisfacer y ayudar a satisfacer una de las necesidades básicas que compartimos todos los seres humanos: el sexo.

En 2011, la película Amigos con derechos, protagonizada por Natalie Portman y Ashton Kutcher, planteaba una sencilla pregunta: ¿podemos tener sexo sin permitir que el amor se interponga en nuestro camino? Si partimos del hecho de que para irnos a la cama con alguien suelen bastar la atracción y un poco de química, la respuesta resulta obvia.

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La figura del amigo con derechos –o fuck buddy, en su versión anglosajona– ha sido explorada en el cine, la televisión y la música. Una de las iteraciones más recientes es la canción que hace unas semanas estrenaron Maluma y Reik. El romanticismo de sus primeras estrofas: “Te presto mis ojos para que veas lo hermosa que eres”, se torna un poco más carnal conforme avanzan los acordes y alcanza su clímax con un: “Yo no te pido que seamos novios, si siendo amigos ya nos damos de todo”.

Lo dicho, ¿quién quiere un noviazgo cuando se puede disfrutar de los beneficios sin mayores conflictos? Incluso quienes se definen a sí mismos como “emocionalmente dañados” o “emocionalmente no disponibles” encuentran difícil negarse a las exigencias de sus hormonas. La primera vez que me enfrenté a una propuesta de este tipo, pedí consejos a una buena amiga. “No olvides una cosa: un fuck buddy es para lo que es.

No se lo presentas a tu familia, no lo conocen tus amigos, ni siquiera van al cine juntos. Es más, tampoco se queda a dormir”, me aleccionó. Algunas ocasiones lo he logrado, otras no. Siempre me ha resultado muy difícil dominar mi lado romántico y culpo por ello a las comedias románticas y las telenovelas. Lo que me consuela es saber que no soy el único.

Para dar un poco de sustento a esta columna hice una encuesta a través de mi cuenta de Instagram. Si bien la validez estadística puede ser cuestionable, 49% de los votantes aseguraron que sí se puede tener un fuck buddy regular sin que haya sentimientos de por medio; 51% opinó que es imposible. También me llegaron algunos consejos. “El secreto es cambiarlo cada tres meses” o “solo debes entrarle cuando te sientes atraído físicamente por la persona, pero sus defectos la hacen incompatible para una relación”. ¿Lo curioso?Ambos provinieron de mujeres.

La sabiduría popular asegura que el amor entra por los ojos, pero cada vez estoy más convencido de que el amor también puede llegar con el sexo. Si no llega, tampoco pasa nada. En ocasiones, basta que la buena química con alguien nos conduzca al motel y no al matrimonio. Así, sin ataduras y sin vínculos emocionales de por medio. ¿El secreto para que funcione? Hablar las cosas con claridad y no engañarnos a nosotros mismos respecto a lo que verdaderamente sentimos. Lo de más es lo de menos.