Por si no lo saben, las mujeres también ven pornografía. Y de no ser así amigas, ¿qué esperan? Para la mala suerte de las féminas, darse un taco de ojo sigue siendo un tabú. La pornografía no es un servicio público para las mujeres, al menos no a solas y no en la CDMX.

De los cuatro cines que existen en la capital, en dos me negaron el acceso por ser mujer. La única forma de acceder fue a un costo más alto. Eso sin omitir que mi condición de género me obligó a buscar la compañía de un amigo para saciar mis ganas de ver porno en pantalla grande. De haberlo sabido, me hubiera quedado en casa.

Estos establecimientos están a la vista de todas y todos. La mayoría con un servicio de 11 de la mañana a 9 o 10 de la noche, dependiendo el lugar. Algunos cines, como el “SAVOY” (el más antiguo de la ciudad) ubicado en el centro histórico, ha tomado en cuenta el sentido de inclusión. Tiene una sala para uso exclusivo de la comunidad gay, espacio visible a primera vista pues la puerta tiene los colores del arcoíris. Pero para mujeres, nada.

Por obvias razones, la entrada está limitada a menores de edad, mientras que hombres y parejas de edad avanzada (40 o 50 años y hasta con bastón), entran sin pudor alguno a disfrutar de la función. Como dato curioso, algunos cines como “Cinema Río” cuenta con un sex-shop, en donde hallarás todas las herramientas necesarias para hacer más divertida la película.

cines porno
Bicky Ramírez

De porno a posporno

Cuando ingresé al lugar comprendí por qué negar el acceso al público femenino. Afuera de la sala yacía la leyenda: “Por su seguridad, salga con su pareja”. Esto del cine porno no es cosa de inclusión, sino falta de tolerancia.

Frecuentar este tipo de espacios es de esas experiencias que son vitales y nuevas para saberse vivo. Sólo se necesita dinero en el bolsillo y un acompañante (en caso de ser mujer, si eres hombre recuerda que tienes la fortuna de entrar solo). Además de una mente muy abierta y muchas ganas…

Una sala grande y casi vacía. Los asistentes (parejas heterosexuales) prefieren las esquinas y la parte trasera. Con lo que respecta a la parte de adelante, está ya estaba ocupada por un par de hombres y mujeres que no miraban la película. Justo en ese momento ellos estaban desnudos haciendo su propia película.

 

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Si no deseas asumir un protagónico, entonces opta por el voyerismo. Para esto es preferible que uses las butacas de en medio, justo frente al escenario. Desde este ángulo, tendrás acceso a cada uno de los rincones del lugar, como si fueras un espía que no toca, no juega pero sí aprende.

Los sillones rechinan y las paredes gimen

No es necesario describir cada una de las situaciones pero justo en ese momento, en la parte trasera de la sala había todo un festín. Supuse que la situación se estaba poniendo interesante porque de inmediato, dos parejas subieron. Llevaban mucha iniciativa y los pantalones desabotonados.

Es sorprendente la participación activa del público veterano, dejaban ver su experiencia y la flexibilidad que pueden tener los cuerpos cuando ya no se es tan joven. Para el sexo no hay edad.

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Bicky Ramírez

En cuanto terminó la película (por cierto, aburrida), inmediatamente comenzó otra. Un clásico: una joven, no tan joven, vestida de colegiala. Pero ¿quién pondría atención cuando en el lugar estaban poniendo en práctica aquel término cinematográfico denominado “rompiendo la cuarta pantalla”?

El morbo tuvo un costo de 160 pesos, si mi amigo hubiera ido solo, el gasto habría sido de 50. En algunos otros cines como el “Venus”, la entrada oscila entre los 25 pesos, pero esos son de uso exclusivo para hombres.

Cero romanticismos, abundantes olores extraños, condones en el piso y un trío de nalgas expuestas. Nada del otro mundo. En el lugar todo es tan obsceno como la misma pornografía y tan obsceno como mis ganas de ver al prójimo haciendo el acto de la reproducción. Somos producto de la obscenidad.

La calificación de estos lugares queda a criterio de sus asistentes. Lo más triste de todo es que, era cine y no había palomitas.