Ahora que el flechazo del amor llega por Inbox, el poder de la angelical figura del querubín se ha transformado. Pero, ¿en qué?

Por Jonathan Saldaña y Nuria Ocaña

 

Un pequeño querubín de rosadas mejillas extrae una f lecha, tensa la cuerda del arco y fija su objetivo. Suelta y listo: da un tiro certero para que un alma solitaria clave su mirada en otra. Una historia de amor comienza. “Me flechó”, se dice comúnmente cuando Cupido (Eros para los griegos) dicta las reglas del enamoramiento.

 

Publicidad

HOY, UNA FLECHA DE CUPIDO TARDARÍA MÁS TIEMPO EN LLEGAR ALDESTINATARIO QUE EN LO QUE SE GESTA UN MATCH EN TINDER. La vida contemporánea exige nuevas formas de pensar el amor tras la llegada de Internet y su popularidad a escalas masivas. Toda una generación de personas quiere tener acceso al amor de la misma manera que al resto de sus pasiones: la música, el cine, los libros o la moda. En la era de la inmediatez, todo se encuentra a un clic de distancia. En este panorama, las aplicaciones geosociales han encontrado su oportunidad de existir con bastante éxito: Tinder, Match, Grindr o Bumble, son algunas de las plataformas más comunes que, ya sea bajo la dinámica de los algoritmos o utilizando filtros que cada usuario programa (edad, nivel socioeconómico, área de residencia, preferencias sexuales), prometen ofrecer a los candidatos ideales y borrar a Cupido del panorama.

Estas apps son consideradas por Mariana Palumbo, socióloga de la Universidad de Buenos Aires, como “medios que facilitan el conocer a otras personas en un contexto en el que hay menos tiempo, y en el que salir cada vez es más caro, y todos tomamos mil trabajos porque no hay seguridad ni garantías básicas de nada, por lo que permiten compaginar todos los demás aspectos de la vida con la parte romántica y erótica”. Tinder, por ejemplo, funciona de manera simple. Trabaja con una idea básica más antigua de lo que se esperaría para un asunto tecnológico: la primera impresión. Presenta a los usuarios imágenes de personas geográficamente cercanas a las que pueden agradar o desagradar, “enviando” a la izquierda los perfiles por los que no han mostrado interés y a la derecha aquellos a los que les gustaría conocer mejor. Si dos usuarios se atraen entre sí, pueden iniciar una conversación a través de la función de chat. Si no funciona con un perfil, siempre habrá más peces en el mar.

Tan sólo en nuestro país cerca de 54 millones de personas utilizan alguna aplicación geosocial, de acuerdo con la Asociación Mexicana de Internet. El de Tinder, por ejemplo, es un océano en el que ocurren 16 millones de swipes y cerca de un millón de matches al día, lo que coloca a México como país líder en latinoamérica, seguido de Argentina y Brasil, y como uno de los 10 principales mercados para la aplicación a nivel mundial. “El desarrollo de estos medios no sólo se ve reflejado en los números de suscriptores, sino en el nacimiento de varias plataformas que persiguen objetivos parecidos”, destaca Marcos Moraes, presidente de Match Latinoamérica, app de ligue que realizó el primer estudio Solteros en América Latina, donde 4 mil encuestados aseguraron que compartir los mismos valores, una buena conversación y la inteligencia son los tres aspectos con mayor peso a la hora de contactar a un candidato.

¿DÓNDE QUEDÓ LA FLECHITA?

Daniela dice que en las personas y lugares en los que buscaba el amor no lo estaba encontrando. Así que decidió aventurarse y en septiembre de 2014 creó su perfil en Tinder. Seleccionó cuatro fotografías; la que tenía más likes en Facebook, una tomando un café frente a la playa de Mazunte, una fumando (para dejar en claro los vicios) y, finalmente, una en bicicleta. Quería mostrarse como una mujer guapa, pero también deseaba dar pistas de su estilo de vida. A pesar de no asumirse bisexual, especificó que le interesaba conocer hombres y mujeres: “Estaba confrontando mis propios límites”. Originalmente se acercó a la plataforma con el tabú que existe sobre ella: “tener sexo y desaparecer”. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que estaba ante una ecuación distinta. La aplicación superó sus expectativas. En su primera cita conoció a un chico con quien entabló una relación abierta de mucho cariño y realizó algunos viajes .

Paradójicamente, lo que más le atraía de la aplicación es lo que más le disgusta. Según su experiencia, todos los conflictos vinculados a las relaciones personales se relajan, pero a gran escala; cada vez se tiende más a la frialdad: “Estamos más confiados a que de donde salió esta persona, saldrán más”. Sin embargo, también le abrió la posibilidad de tener sexo casual con mujeres. Hoy, dice, es posible “disfrutarte más, disfrutarlo, sin la ingenuidad de creer que el sexo es hacer el amor”.

Julio tiene 28 años, radica en la Ciudad de México pero es originario de Barranquilla, Colombia. Hace tres años que descargó Tinder como herramienta de viaje. Pensaba que con esta plataforma podría contactar con personas en los lugares que visitaba. Tuvo éxito y conectó con quienes no hubiera podido platicar de otra manera. Sus intenciones no eran primordialmente sentimentales o afectivas, sin embargo no estaba cerrado a la posibilidad. Su entrada en el perfil: “Apasionado por la cocina y la buena música”, le ayudó a encontrar amistades y encuentros casuales. Su atención, dice, se centraba principalmente en la primera fotografía. “Una rostro bello, buen gusto musical, y una actitud abierta y bohemia eran esenciales”. Esto y un rango de edad entre los 20 y los 40 años definirían sus encuentros. Cualquier perfil fuera de ello quedaba descartado.

“Lo siento, Cupido. No eres tú, soy yo”.

Diana, a diferencia de Julio, no entabló relaciones más allá de la primera cita con ninguno de sus conocidos en Tinder. Ella tiene 30 años y ha tenido actividad intermitente en la aplicación. La descargó por primera vez cuando una amiga lo hizo y la alentó a crear un perfil. Desde entonces, ella tiene identificado las razones por las que recurre a la plataforma. “Cuando recupero mi autoestima borro la aplicación. Ya no la necesito. Cuando necesito sentirme atractiva de nueva cuenta, vuelvo a ella”. A pesar de que todos sus dates propiciados vía Tinder han sido exitosos, asegura que no siente te la necesidad de volver a llamarles o escribirles mensaje alguno. “Lo pasamos bien y ya”. Insiste en que no ha tenido experiencias negativas, pero recurre a las vivencias de alguien más para explicar el lado B. Según cuenta, su amiga tiene citas con demasiada frecuencia. No exagera al decir que casi diario se encuentra para comer, tomar un café o salir a bailar con algún chico que salió de Tinder. En una ocasión un hombre fue muy amable y “caballeroso”. Pagó la cuenta de la cena, pero lo que parecía un acto de cortesía sólo fue el prólogo para invitarla a un “lugar más íntimo”. Haber tenido un gesto de atención, le hizo sentir derecho a presionarla sexualmente. A pesar de las insistencias, ella no aceptó.

Según Palumbo, hay formas de incrementar la confianza cuando comienzan a escribirse con alguien: pueden googlearlo, ver si cuentan con un perfil profesional, si tienen amigos en común. “En un mundo en el que la inseguridad está tan presente, la información compartida en Internet, paradójicamente, genera ciertas seguridades”. En ese sentido, un estudio realizado por científicos del Reino Unido descubrió que entre mayor información del usuario estaba disponible en su perfil, mayor era su éxito. De acuerdo con la prueba, un perfil femenino aumentaba el número de matches hasta en un 37 por ciento cuando incrementan su número de fotografías de 1 a 3, en el caso de los hombres, pasaba de 44 a 238 matches en cuatro horas cuando colocaban cuatro fotografías de perfil.

La explicación está en la preocupación por el engaño, en preferir contar con la mayor cantidad de información posible de una potencial pareja antes de lanzar cualquier flecha.

Para otros, Tinder es sinónimo de amor e incluso de matrimonio. Lorenza conoció a su marido, Patrick, en la aplicación durante su primera y única cita de Tinder. Ella “deslizó a la derecha” una foto de él vestido de chef. “Me pareció muy interesante”, dijo. Días más tarde se conocieron en persona y, a pesar de que su primer pensamiento al verlo fue “por qué nadie me dijo que está tan chaparrito”, meses después estaban comprometidos. Llevan dos años de casados y tienen una bebé de 18 meses. Lorenza dice que la posibilidad del amor verdadero y el compromiso amoroso también habita en la red.

Existe una tendencia muy fuerte a “demonizar” las redes sociales, explica Palumbo, pero la realidad es que Internet sólo potencia lo que ya existe. “Este medio tiene sus lógicas propias, pero el verdadero problema son los celos indigeribles, el romanticismo, la idea de amor que mamamos desde niños, lo que fuimos aprendiendo en la televisión, lo que nos explican en casa, la falta de leyes de educación sexual. La virtualidad cristaliza eso, lo multiplica, sin embargo el verdadero problema es lo otro, no lo virtual”.

Celulares vibrando y latiendo a la velocidad de la luz. Swipear, enviar un tap: segregar el amor por las llemas de los dedos. Sí o no. Me gusta o no. Las decisiones se toman con el rostro clavado en el celular, en los ratos libres, en los traslados cotidianos, descubriendo una nueva ciudad en una fórmula de prueba y error mediada por la tecnología. La era del amor propiciado por el angelito regordete flechando corazones solitarios, ha sido reemplazada por la de los matches a primera vista. “Lo siento, Cupido. No eres tú, soy yo”.

En el país, cerca de 54 millones de personas usan alguna app de ligue, según la Asociación Mexicana de Internet.

En Latinoamérica, la plataforma Match aumentó el número de usuarios en 44% durante 2017. México fue uno de los países que registró mayor crecimiento.

Según un estudio británico, un perfil femenino aumenta 37% su número de matches si en lugar de una, sube tres fotos.