El primer hombre mayor que consideré para irme a la cama con él me llevaba nueve años. En esos días parecían muchos y definitivamente se notaban (o al menos eso me parecía).

*Por La mojigata

Foto: Shutterstock

Lo que más me atraía de aquel primer amante experimentado era su personalidad, era todo un cabrón –quizá no lo era tanto, pero vuelvo a acotar la percepción–, hablaba con mucha seguridad, era exitoso en su carrera, vestía como un alto ejecutivo y eso sí que era, sin contar con la manera en la que me desvestía con la mirada y luego con las manos y la boca.

Sin detallar los muchos encuentros, resaltaré lo que considero más rico y por lo que le estaré siempre agradecida: me enseñó a disfrutar y a recibir placer. Así como lo dije y sin máscaras lo repito, me mostró una manera de dejarme ir, no solamente de poner los ojos y la mente en blanco, sino de gozar verdaderamente y sentirme una diosa en la cama.

Los atributos de aquel amante, que después se convertiría en un amor que terminó en lágrimas por no saber mantenerme en la línea de lo casual, eran varios. Su aguante por ejemplo, era tal, que me costaba seguirle el paso –con todo y mi evidente juventud–.

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Ya han pasado algunos años y es fecha en la que no logro dimensionar el bien que me hizo conocerlo e irme con él a la cama, varias veces por cierto.

Las primeras veces que nos vimos hicimos todo el ritual: teatro o cine, cena y acostón. Con más confianza pasamos directamente a lo último. No es que la plática fuera mala, pero siendo sincera, no había mucho en común más allá de las ganas que nos teníamos. Así que recorrimos hoteles y moteles de toda la ciudad; las primeras veces me daba oso y fingía que buscaba algo en la bolsa mientras él pedía el cuarto, después –como ocurre en todo con la práctica– me relajé y me volví divertida y hasta cínica. Llegábamos en distintos autos y me llegué a vestir con prendas de femme fatale, con sofisticados sombreros y sin mayor reparo bromeábamos en el lobby de los hoteles.

Con el tema de los condones ocurrió algo similar. Al principio preguntaba susurrando y “con pinzas” si traía, o le pedía que por favor se pusiera uno, después con madurez y el autoestima mejor plantados compré una caja y ahora siempre cargo con uno. De no traer, lo menciono oportunamente para no quedarnos a medias, porque mi autocontrol no le teme al enfado del otro.

Aquel amante, el mismo que hoy no considero que sea demasiado mayor, fue un compañero divertido, paciente y generoso que ayudó a que esta fierecilla que llevaba dentro viera la luz. Quizá no llegue a saberlo nunca, pero me hizo y le hizo a alguien más un enorme favor.

 

(Recuperado de Toc, toc, ¿quién (se) toca?)