El tema del amor –por tener mucho o poco– se ha convertido en una preocupación fundamental.

Por: Tere Díaz

No hace tanto tiempo la religión, el Estado, la familia y el deber organizaban la vida de las personas dándoles un sentido de valía y de propósito. Pero hoy la identidad se construye en gran medida por la capacidad de amar y ser amado, de escoger y ser escogido, de desear y ser deseado.

Producto de los avances tecno-científicos, la globalización, la revolución sexual, el feminismo, la celeridad de las comunicaciones, entre otros factores, las formas de amar han cambiado. Hombres y mujeres estamos entusiasmados y confundidos al mismo tiempo en cuanto a qué le toca a quién, cómo, cuándo, por cuánto tiempo, en qué forma y para llegar a qué.

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Entre intentos y arreglos vamos buscando construir un buen amor, ¿o un buen amante?, ¿o un free especial? Todos sabemos que hoy podemos (y debemos) elegir libremente a un “compañero de viaje” (¿o a más de uno?, ¿o para más de un viaje?) y que merecemos un intercambio igualitario que nos genere bienestar emocional y sexual.

¡Faltaba más! Por supuesto, la persona elegida ha de aceptar nuestra individualidad, pues el ideal de autorrealización no se pondrá en juego por una relación. Hemos de lograr mediante negociaciones constantes que el equilibrio y la reciprocidad se sostengan en la relación. Gracias a las luchas por la libertad y la igualdad se va consolidando esta transformación.

¿Por qué entonces no encontramos la dicha amorosa “a la vuelta de la esquina”? Explicaciones se dan muchas: que nuestra sociedad es más egoísta, que se han perdido los valores, que nuestros traumas infantiles nos llevan a elegir mal. Pero lo que no entendemos es que justo los cambios sociales que han posibilitado la transformación del amor generan sus propios y nuevos sufrimientos. ¿A qué me refiero con esto? A que la elección de la pareja se ha vuelto un proceso meticuloso y complejo, los gustos personales son cada vez más exigentes.

Amor en tiempos de Millennials
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Además, tenemos infinidad de posibilidades y éstas siempre se pueden mejorar: ¿Cómo cerrarnos a la posibilidad de estar con alguien mejor? Así, la indefinición y la duda se vuelven la constante.

Comprometerse, un objetivo a alcanzar 

Por otra parte, la imaginación exacerbada y las expectativas irreales (favorecidas por las nuevas tecnologías) se colapsan en los encuentros concretos: nos aferramos a nuestros sueños sin adaptarnos a las realidades de quien está sentado junto a nosotros. El miedo al compromiso –no solo porque implica renunciar a otros candidatos, sino porque desconfiamos de la duración del amor– se hace constante.

Comprometerse ya no es un requisito para iniciar una relación sino un objetivo a alcanzar posteriormente. Y conseguirlo no es sencillo. El respeto a la autonomía del otro nos impide pedirlo (y darlo), y el hecho de no saber en dónde estamos parados genera una ansiedad nunca antes vista en el territorio del amor.

En el pasado, el inconfundible “flechazo” activaba el deseo y disponía a la voluntad. La excesiva racionalización en las actuales elecciones atenúa la intensidad de la emoción amorosa: el deseo sin intensidad pierde fuerza, la atención no se puede fijar en una única persona, y la voluntad es insuficiente para adherirse a dicha decisión. Y luego, ¿para qué unirnos a una sola persona si la libertad sexual nos abre tantas posibilidades de experimentación y disfrute?

Amor en tiempos de Millennials
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Una vez desarticulado el combo sexo, hijos y amor en un paquete matrimonial, las personas nos instalamos más tiempo en el mercado sexual. En nuestra sociedad consumista, la competencia erótica es feroz; hombres y mujeres rivalizan entre sí y con sus congéneres por conseguir a las parejas sexuales más deseables, ver quién acumula más ligues y exhibir sus proezas erótico amorosas. Si nadie te escoge y te coge, ¿quién eres?, ¿cuánto vales?

El amor se ha vuelto el territorio del reconocimiento, de la identidad y de la validación personal. Entre una y otra cosa, la ambivalencia y la incertidumbre permea la intimidad:“¿Me desea o no?”“¿Se quedará o se irá?” “¿Soy suficiente para ella/él?” El amor en la actualidad no solo genera decepción, sino que la anticipa: a temprana edad ya se vislumbran relaciones inciertas e inquietantes, lo que resulta en estrategias “macabras” para afrontar su fragilidad y temporalidad. Así, no es de extrañarnos que el desapego, el engaño y el abandono sean los “golpes” que encabezan los quiebres amorosos: para no sufrir, hacemos sufrir…