Millennials: parece la palabra de los últimos cinco años. La escuchamos en todos lados, en estudios científicos y en artículos de opinión. Que es la generación más triste, la más narcisista, la más egoísta, la más perezosa y la más tecnologizada: la generación del yo-yo-yo. Pero, ¿cuánto de lo que nos han dicho que somos, somos realmente?

Todas las empresas del mundo se sientan en sus salas de juntas a idear un producto para “nosotros,” los nacidos entre 1982 y el año 2000. Una app, un gadget, una revista, una silla, un hotel, una libreta; algo que podamos comprar. Algo que, por supuesto, no sea muy duradero para que podamos reemplazarlo con facilidad, pues a esta generación “eso es lo que le gusta”. En realidad, están respondiendo a lo que esta generación pide. Oferta-demanda.

Estoy siendo irónico (a esta generación le gusta la ironía). Pero es que se han dicho tantas cosas de “nosotros” que hemos llegado a creer en eso que los estudios de mercado han decidido. Incluso sobre lo que pensamos del futuro. Y seguramente piensas que a tu edad tus padres ya habían logrado concretar un patrimonio para sí y para ti, que eras parte de su futuro. Un auto, un departamento, un terrenito; un algo.

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Seguramente, al igual que yo, has escuchado esta idea en repetidas ocasiones y has intercambiado tus puntos de vista con gente de tu edad. Los millennials, desde mi punto de vista, somos una generación engañada. Nos dijeron que había un futuro mejor para nosotros, que si estudiábamos, nos esforzábamos y luchábamos, lograríamos acortar la brecha económica y social de nuestros padres. Pero no ocurrió.

Para el sistema (espero no sonar muy baby boomer) es más fácil decir que a los millennials les parece cool no tener una casa propia. Nos hacen estudios, encuestan a unos cuantos de “nosotros” sobre lo que pensamos del trabajo, el amor, el futuro y comienzan a crear perfiles generalistas y los resultados casi siempre apuntan a que está bien no tener futuro.