Cuando el 9 de octubre de 1967, en la escuela rural de Higuera en Bolivia, el doctor Ernesto Guevara murió, una de las leyendas sociales más fuertes de América Latina surgía. El Che, como popularmente se le conoce, se convirtió en una figura estandarte de las luchas posteriores en todo el continente.

La muerte a manos del enemigo fue, quizá, el primer paso para la consagración de esa leyenda llamada El Che Guevara. Los movimientos sociales que estallaron en diversas partes del mundo un año después, lo consagraron.

En México, por ejemplo, durante las movilizaciones estudiantiles de 1968, su rostro -aquel con boina y mirada perdida que logró capturar el fotógrafo cubano Alberto Korda- ocupó las pancartas y las mantas con las consignas de protesta.

Ernesto 'Che' Guevara (Getty)
Ernesto ‘Che’ Guevara (Getty)

En las sombras 

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Su legado parece la definición de una ideología que formó a generaciones enteras con afinidades hacia la izquierda. En las universidades públicas de países latinoamericanos, su legado aparecía como una doctrina que se sellaba con los murales que de su rostro hay en los muros donde se reúnen los grupos más revolucionarios. En la UNAM, por ejemplo, stenciles con su rostro habitan en los pasillos de Filosofía y Letras.

Aún hoy, cincuenta años después, en las marchas conmemorativas aparece la silueta de este médico, periodista y revolucionario cubano nacido en Argentina. Paliacates, playeras, mochilas, fundas para celulares; su rostro se comercializa en las manifestaciones como una especie de souvenir.  

Hoy, la figura parece diluirse de a poco en un era en la que el discurso apela más a la paz y no al levantamiento armado. Como todo mito, tiene sus claros y oscuros y, si durante cerca de cinco décadas caminó bajo la luz de un héroe, hoy se enfrenta a las sombras del cuestionamiento histórico.  

Una de las figuras emblema de la lucha revolucionaria (Getty Images)

La otra cara

Al final, la historia la escriben quienes ganan. Si bien la persona del Che Guevara se asocia a la de un libertador, la historia no oficial relata el perfil de un hombre que también censuró, torturó y reprimió. El mártir de la revolución fue tratado con benevolencia en los anales institucionales que emanaron del movimiento y pasaron por alto su otro rostro, ese otro rostro que los biógrafos fuera del régimen han logrado reconstruir.

Lo cierto es que este rostro, uno de los más importantes y reconocibles del siglo pasado divide las opiniones de políticos, críticos e intelectuales. Ahora en la era post-Fidel, el mundo parece ser uno muy distinto, uno que está dispuesto a pasarle la factura a un personaje después de años de gloria.