Hace un año, después de que la tierra se movió a las 13:15 de la tarde, escribí un mensaje. Aún muerto de miedo, me aseguré que mi novio estuviera a salvo. En las redes sociales ya circulan videos y mensajes de que algunos edificios se habían desplomado después del sismo de 7.1 grados Richter con epicentro en Morelos y que sacudió a la la Ciudad de México, Puebla, veracruz, Chiapas, Oaxaca y otras localidades del país.  

“Estoy bien”, vi en el mensaje que llegó a mi celular entre mis manos aún temblorosas. Acordamos encontrarnos en el Parque México de la Condesa, la colonia en la que vivimos desde hace 4 años.

Para llegar ahí, caminé por una hora desde la oficina en Constituyentes para evitar los embotellamientos y el infinito estacionamiento en el que se había convertido esta, ya de por sí, caótica vialidad capitalina. Miraba a varias motocicletas pasar y tantas veces pensé en pedirles ayuda para llegar o por lo menos acercarme. Jamás me atreví.

Mientras más me acercaba a casa, las calles por las que siempre camino me parecían ajenas. Locales con la cortina medio abierta, vecinos aún reunidos en sus estacionamientos. Madres y padres que ya habían logrado recoger a sus hijos de los colegios, se apresuraban mientras de fondo las noticias no dejaban de transmitir e intentar reportar lo que ocurría en cada parte de la ciudad.

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México después del sismo (Getty Images)

Al acercarme al parque México, unos comensales continúan disfrutando los alimentos en Groove Restaurante de la calle Citlaltépetl.  No sabían, no creían o simplemente no les importaba que a una calles de ahí un edificio había quedado reducido a escombros.

En el piso hay un número 85 tirado. Los vecinos que habitan el edificio con ese número de la calle que rodea al Parque México lo levantan. Uno de ellos, el más joven, comenta que esos números metálicos forman la cifra del año en que ocurrió el otro temblor. “Es una ironía,” dice.

Pero esta vez no se trata de ese 19 de septiembre, si no de este 19/S. Como dijo ese adolescente que narró el sismo desde el patio de su secundaria, la técnica 113: “es el mismo puto año (día) de hace putos 100 años. Está temblando bien culero”. Como de inmediato su compa le corrige, no fue hace 100 años sino hace 32.

Nos encontramos en el parque. Nos abrazamos. Estábamos bien los dos. No teníamos tiempo para contarnos a detalle dónde estábamos mientras temblaba pues una multitud llegaba con botellas de agua, latas, cazuelas llenas de comida, mesas plegables y una carpa. Decidimos ayudar, comenzamos a acomodar los víveres y fuimos unos de los arquitectos del gran edificio de papel de baño que se logró construir.

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A un año del sismo (Getty)

Ese día transcurrió entre peticiones de silencio con el puño en alto, no fumar por las posibles fugas de gas y la búsqueda de sobrevivientes entre los escombros, principalmente de los edificios caídos en la calle de Álvaro Obregón y en la esquina de Amsterdam y Laredo. Llegó la noche, las sirenas no dejaron de sonar aunque toda la colonia estaba en penumbras.

Difícil pensar que ya pasó un año. Desde que llegamos a vivir a esta colonia éramos conscientes de la fama sísmica que tenía. La Condesa fue una de las más afectadas después del sismo de 1985. Desde el año pasado, cuando me preguntan dónde vivo, la siguiente pregunta se relaciona directamente a los daños que pudo haber sufrido el departamento que habito.

Metafórica y realmente, aún hay grietas abiertas

El edificio que está en la esquina del Parque México e Iztaccihuatl parece una construcción de naipes que, con un ligero resoplido, se desplomará. En la calle de Laredo, cerca del que colapsó, también tiene cicatrices visibles en algunas de sus paredes.   

El Superama de la Condesa, el que estaba en la esquina de Amsterdam y Michoacán, está desahuciado. Mientras se queja que desde entonces sus ventas también han bajado, el señor que vende esquites en esta esquina dice que pronto abrirá de nueva cuenta. “Eso dicen” expresa incrédulo y concluye “ojalá.”

Un paquete de salchichas aguarda en descomposición a que alguien remodele, retire los graffitis de la fachada y reactive el Oxxo que está en la esquina de Baja California y Nuevo León, en la parte de abajo de un edificio que, según cuentan los vecinos, sufrió daños en la escalera y en el elevador.

Los restaurantes tampoco la han pasado bien. Los primeros meses después del sismo, registraron pérdidas de hasta el 80% de sus ganancias promedio, según reportaron en su momento. Hoy de apoco se recuperan mientras enfocan sus esfuerzos en que la gente vuelva a sentarse a sus mesas sin la angustia de que en cualquier momento suene la alarma.

Después de un año, las calles son distintas. No hay manera de evadir el movimiento de la tierra. Los edificios, las esquinas donde se montaron centros de acopio, los altares florares en los edificios caídos, son un recordatorio vivo y constante de que sobrevivimos al 19/S.