Es el sábado de la marcha del orgullo LGBT en la CDMX. Son cerca de las 12 del día y la Selección Mexicana acaba de ganar 2-1 a Corea de Sur en Rusia 2018. La tarde tiene dos motivos para celebrar y el Ángel de la Independencia, desde las alturas, es el testigo.

Aunque el punto de reunión es justo el monumento alado, la marcha empieza antes. Desde que de la estación del metro Insurgentes emergen ángeles portando banderas de colores de la diversidad.

En esta explanada se saludan, se encuentran, hay llamadas de teléfono preguntando “¿donde vienes? Levanta la mano para encontrarte”.

Lo primero que escucho al llegar a la
Glorieta de insurgentes es “¡Gol!”, un grito tan fuerte y unánime celebrando la primera de las dos anotaciones del Tri.

Jonathan Saldaña
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Las cocinas de los restaurantes de la Zona Rosa no dan abasto para atender a los comensales que se han dado cita, unos para ver a México triunfar, otros para desayunar bien antes de la marcha del orgullo LGBT.

Caminar por la calle peatonal de Génova es encontrarse con una procesión, con esa meca anual que es para la diversidad sexual este evento. Las banderas del arcoíris se comercializan desde a 10 pesos. Los maquillajes se retocan mientras los tacones salen de las mochilas para ser calzados y pisar con ellos el Paseo de la Reforma.

Jonathan Saldaña

Pero este año es especial. Esta marcha cumple 40 años de buscar justicia y derechos para un movimiento al que hoy, la avenida más importante de la capital le queda pequeña.

Ahora son las 12 casi en punto. Sobre un templete autoridades, activistas e influencers como Ophelia Pastrana (una de los 20 personajes LGBT+ de S1ngular) y Pepe y Teo dan el banderazo de salida. Desde aquí también se escucha un grito, uno que busca justicia para Uriel, Rubén y Roberto, tres jóvenes activistas asesinados en Guerrero.

La multitud avanza mientras se escucha un mariachi con el Noa noa. Marcharon los jóvenes, las embajadas de Estados Unidos, Canadá, el Reino Unido y otros países con presencia en México, activistas, marcas aliadas, antros de ambiente gay y muchas playeras y banderas de México.

Lo que se anticipaba como un conflicto entre los pamboleros y la comunidad LGBT por compartir el Ángel para celebrar, se convirtió en un carnaval de dos banderas: la tricolor y el arcoíris.

Uno de los carros es de la nueva serie de Netflix, La Casa de las flores, dirigida por el mexicano Manolo Caro, quien desde las alturas ondea la bandera del orgullo gay unida a una de México. Sobre el trailer también se ve a la actriz Cecilia Suárez y al joven Yazbeck, quien avienta flores a los seguidores eufóricos.

Pero los dueños de los gritos es el contingente de los bomberos que atienden las peticiones de los asistentes. “Mucha ropa, mucha ropa“ y al ritmo de una sensualidad entorpecida se despojan de sus playeras entre la ovación.

Beso, beso gritan desde un trailer lleno de globos de colores. Sobre la avenida dos desconocidos dejan de serlo cuando sus labios se juntan en un tímido beso que se prolonga más de lo que la multitud esperaba.

Música electrónica, reggaeton, disfraces, consígan políticas, pelucas de colores y abanicos que se despliegan con arrogancia. El Paseo de la Reforma está lleno de colores.

Los organizadores habían calculado la llegada de cerca de un millón y medio de personas. Contarlas sería imposible, pero aquí, rodeado de una multitud de arcoíris la cifra parece se vuelve una confirmación.

Hoy México ganó en la cancha y fuera de ella. Se hizo de un lugar en la siguiente fase del mundial de futbol y probó la convivencia.

Por Jonathan Saldaña