Mi novio -como todo novio imaginario- era absurdamente apuesto. Un doctor, un científico reconocido o un dentista, tal vez. En mi fantasía adolescente, vivimos en la CDMX en un departamento exquisitamente decorado. Vamos al supermercado, a museos, teatros, cines. Viajamos.

Asistimos a veladas increíbles con nuestro aún más increíble grupo de amigos y, cuando salimos de ahí, caminamos de vuelta a casa, nos tomamos de la mano mientras andamos por la calle y un beso sorpresivo, cierra el idílico día.

Como un adulto que se niega un poco a serlo, tengo varios desacuerdos con mi yo adolescente y su fábula. El más sustancial: no me gusta caminar por las calles agarrado de la mano.

Ahora que mi novio es real, me reclama con frecuencia esa falta de expresividad. Con mediano éxito me justifique diciendo que ese es un acto no solo heternormado sino machista con el que A anuncia al mundo que B es de su propiedad.

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La verdad es que me da miedo.

Recién cumplía 18 años cuando un chico con el que salí al cine me besó mientras platicábamos en la calle. Entonces vivía en Coacalco, Estado de México. En una coincidencia desafortunada, una patrulla pasó frente a mi primer beso. El primero con otro hombre.

Los policías -tan gordos e insultantes como el cliché dicta que son- nos detuvieron, nos llevaron al Ministerio Público municipal y nos obligaron a hablar a nuestros padres para que fueran a pagar la fianza por una falta administrativa o permaneceríamos recluidos 48 horas. Temblando, levanté el teléfono que estaba en la pared y llamé a casa. 

Así salí del closet. Dos, tres, cuatro… no sé cuántas horas después salí de esos separos. De camino a casa entre mi papá, mi mamá y yo solo había silencio. Yo ya no era el mismo. Primero pensé que ahora era más valiente. El tiempo me confirmó que me convertí en un cobarde.

Han pasado más de diez años desde ese episodio. Ya no vivo más en el Estado de México. Guiado por mis deseos juveniles y la promesa de una ciudad diversa e incluyente, me mudé a la hoy CDMX. Sin embargo, cada que mi novio me toma de la mano para caminar por las calles, me suelto de la forma más sutil que encuentro apenas damos algunos pasos. Cuando nos besamos en un lugar público, no puedo evitar abrir los ojos para comprobar que los policías no están ahí.

Es primordial ubicar los retrocesos en las conquistas sociales y también procurar que estas, las conquistas, se multipliquen y lleguen a todos más allá de las fronteras de una ciudad cosmopolita.

Que haya leyes, sí. Pero que también se ataque la discriminación, desde la institucionalizada y, paradójicamente, ejercida por los organismos que son encargados de procurar seguridad, hasta esos gestos que ocurren a diario como hacerse a un lado o señalar con la mirada, gritar puto, lencha o fenómeno cuando las muestras más legítimas de afecto o deseo ocurren entre dos personas. Acciones que a cualquiera le arrebatan hasta el derecho a ser cursi de vez en cuando.

Por Jonathan Saldaña