Se le grita, casi al oído, cuando Diego Boneta sale por la puerta del hotel: “¡Boneta, boneta, eres un poeta!” La verdad, es pegajoso. Tanto que otra fan más, al escucharlo, lo grita también. Y una más allá, antes apenada, se suma al alboroto y al coro.

Todas traen cartulinas, fotografías y pósters. Pero no son de Diego, no son del poeta Boneta: Son de Luis Miguel. De El Sol. En la mayoría tiene el cabello largo y alborotado, la piel muy bronceada. Todas son sujetadas con la gran fuerza del fanático: todas ellas están ahí para ver a Luis Miguel… a través de Diego Boneta. 

Por eso lo llaman poeta, porque lo logró, se parece al Sol; habla como él, se ve como él. Por razones biológicas (aunque de acuerdo con Boneta, más bien celestiales), no canta como él (y nadie lo hará, también de acuerdo con Boneta). Pero, ¿cómo lo hizo?, ¿cómo se convirtió en el poeta Boneta?

Todo comenzó a los cuatro años, con el niño Diego. Recuerda con poca exactitud, pero sabe que desde ese momento Luis Miguel estaba ahí.  Es uno de los primeros recuerdos de su vida y seguro será uno de los últimos cuando llegue la hora. Un coro que nunca podrá olvidar.

“Recuerdo estar cantando Suave desde muy pequeño. Mis papás dicen que no cumplía los 5 años aún. Esa es la primera imagen que tengo de Luis Miguel en mi vida. Recuerdo también que el primer concierto al que fui fue uno de El Sol. Lo tengo muy claro: mis papás me llevaron al Auditorio Nacional a verlo en vivo y eso me impresionó. El show era él. No necesitaba de nada más, bastaba con su presencia. En casa escuchábamos mucho a Frank Sinatra y a Elvis Presley, y a mí me parecía un cruce entre ambos.”

“Así que desde el inicio de mi vida estuvo presente en mi pasión por la música. Esa primera etapa para mí terminó en Código F.A.M.A. [reality infantil de Televisa] a los 11 años, cuando los productores decidieron que cantara La chica del bikini azul. Eso llevó al primer artículo de prensa que se escribió sobre mí, en El Sol de México”, comenta Boneta sobre sus primeros pasos casuales (y después causales) para protagonizar Luis Miguel, la serie, que Netflix estrenó en abril.

“Yo no nací con la voz de Luis Miguel. Tuve que trabajar mucho para encontrar la mía. Él es un nato…”, continúa, asumiendo las pocas diferencias que hoy pueden separarlo del ídolo de los afiches, de los pósters y de las verdaderas poetas, esas que ven subir a Diego a una camioneta y piensan que, de alguna manera, estuvieron cerca de El Sol. Y le gritan, por última vez, le gritan.

Al llegar a su cita, Diego saluda y hace un gesto casi inconsciente. Sus amigos y la gente que lo acompañan, ríen. Él no lo percibe, pero en esa pequeña mueca que tiene murmurando a todos se resume la idea de “ser” Luis Miguel. “Lo hiciste tal como Luis
Miguel. Igualito a él”, le comentan. No hay cámaras. No hay reflectores. No está en medio de una escena. Diego
no está actuando y, aun así, Luis Miguel está ahí. En su tono de voz, en sus movimientos y también en su dolor… porque sí, también duele prepararse y “ser” Luis Miguel. El sol quema.

“Tuve un año para prepararme para el papel y en esta industria ese tiempo no es nada común. La meta era ser él y no un imitador, así que puse en un pizarrón lo que tenía que hacer: reaprender a cantar, cambiar mi tono de voz, asumir situaciones que él había vivido y entender lo que estaba por afrontar. Sentir lo que él podía estar sintiendo en cada momento.”

“Hoy estoy tratando de no sonar como él, pero me está costando librarme del personaje. Al final, es un papel que me ha afectado a nivel emocional y físico, pero ha sido más duro en la parte sentimental porque muchas escenas me las llevé a casa con todo su dolor. Necesito tiempo para sacudirme”, sentencia Diego, ahora sin ningún tono que recuerde a Luis Miguel.

Mientras tanto, las chicas enrollan sus fotos y pósters con mucho cuidado y una gran sonrisa. El cuidado y la sonrisa  de un fanático que estuvo cerca de su ídolo. O del que parece su ídolo. Un poeta.

Por Mario Villagrán