A la gente lo mismo se le escucha reír que soltar suspiros en la última función de la obra El Amor de las Luciérnagas el pasado lunes. A la distancia se escuchan “ayñs” y “aaaws”. Porque ¿quién no se ha perseguido? ¿Quién no se ha exiliado en otro país o, mucho más cerca, en su propio cuarto? ¿Quién no ha deseado que sea alguien más quien resuelva sus conflictos?

Tras una larga temporada de dos años, el director Alejandro Ricaño ha recordado con este montaje que siempre habrá vulnerabilidad, pero también un nuevo comienzo. Y por eso la gente aplaude. Por eso la chica de la fila G no puede contener más la risa, ni en los momentos de silencio.

En la obra, María dice que su máquina de escribir, esa que compró en Noruega cuando huyó del amor, está embrujada. Dice que lo que en ella escribe se convierte en realidad, como cuando redactó que se veía a sí misma en la misma fila del funicular y le pedía que se ocupara de su vida porque ella ya estaba cansada. Eso dice María, o mejor explicado, eso dicen tres Marías –una por cada etapa de su vida.

Y escriben estas Marías (Adriana Montes de Oca, Sofía Sylwin y Assira Abbate) que su otra “yo” es mejor que ellas. Escriben que su creación tiene albedrío y regresa a México para ocuparse de Rómulo (Luis Eduardo Yee), ese exnovio que ha sido inconsistente. “Nuestro amor es como las luciérnagas: intermitente”, le dijo Rómulo alguna vez, antes de que ella escribiera en su máquina y sus palabras se materializaran.

Y ahora María va tras los dos, porque a la mujer que le dio vida con golpes de teclas ya se ha apropiado de su vida y viaja con Rómulo a Guatemala. Va, dicho sea de otra forma, tras de sí misma. Viaja por México y también por su memoria.

Porque esas tres Marías que se toman de la mano para agradecer su última función este lunes en el Teatro Xola lo han dejado claro: Esta bien huir, confundirse, abandonar, y luego volver a amar, aunque eso sea intermitente, como la luz de las luciérnagas.

Por Enrique Navarro