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Y tú, ¿para cuándo?

A veces no es nada sencillo explicar el estado civil que hemos elegido, más cuando se trata de la soltería. Lo más fácil es citar las definiciones del diccionario y apegarnos a ellas; pero la vida no se define en unas palabras, mucho menos cuando debemos responder a esa fastidiosa pregunta.

Por todos lados nos invaden con interrogantes o premisas. Cumplir con las expectativas de los demás se vuelve una misión imposible y los prejuicios se ponen a la orden del día. Pero no nos agobiemos, pues estar seguros de lo que deseamos para nosotros mismos es lo que nos dará las armas para responder a esas situaciones incómodas y salir bien librados. Es más, no me extrañaría que hasta lográramos sembrarle la semillita a ese alguien más que nos cuestiona.

Dicen que las conversaciones inteligentes son como los partidos de tenis: uno lanza una bola y, si la respuesta del otro es aguda, estaremos obligados a pensar y mejorar nuestro próximo saque. Así que, a partir de este momento, imaginemos situaciones en las que podríamos estar inmersos y reflexionemos sobre cómo salir bien librados de ellas.

La de cajón

Te invitaron a una reunión familiar y de pronto la conversación gira en torno al matrimonio y los hijos. Cuando menos lo esperas, esa tía metiche sale con la típica pregunta inquisitiva: “Y tú, ¿para cuándo?”

SOLUCIÓN: Antes de caer en pánico, de que los colores se te suban a la cabeza y, sobre todo, de contestarle: “¿Y a ti qué te importa?”, lo mejor es hacer una pausa, y decirle con el tono más dulce y amable: “¿A qué viene la pregunta?”. Esto te permitirá poner en evidencia que la interrogante está fuera de lugar, pues se trata de tu intimidad.

Si es una persona sensible, comprenderá que no obtendrá una respuesta y ahí terminará la conversación. Pero si insiste en saber, la respuesta que te dé a esa sencilla pregunta te permitirá identificar qué trae en la cabeza y cómo puedes responderle sin terminar discutiendo. Cuando estás seguro de lo que quieres, sencillamente la respuesta es: “Mi momento no ha llegado… porque ni siquiera lo estoy buscando; es decir, mi momento es ahora, con ustedes, y eso me hace sentir muy bien”.

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Soltero = gay

Estás con tus padres o con ese amigo de toda la vida y, súbitamente, se te quedan viendo, te dicen que quieren hablar contigo y que no te sientas mal por ser sincero, “pero… ¿acaso eres gay?”.

SOLUCIÓN: Lo mejor en estos casos es soltar una carcajada para liberar la tensión de la pregunta (lo seas o no lo seas), pues vaya que es una pregunta delicada, absolutamente íntima y que sólo merece una respuesta si la otra persona realmente es digna de que se la des. Porque si lo eres, qué maravilloso que se abra esa oportunidad de diálogo; y si no, también, para que se aclaren esas “telarañas” que a veces los prejuicios tejen en la mente de las personas. No hay nada más ilógico que pensar que tienes una preferencia sexual particular sólo porque has decidido ser legalmente soltero. Así que ese dicho de que “hay que ‘jotear’ cinco minutos para que a los 40 años no se nos acumule” no es más que eso: un dicho, y de lo más absurdo y divertido.

Situación embarazosa

Eres soltero con todas las de la ley, pero tienes una relación libre con alguien y ese alguien empieza a cambiar de parecer, hasta que un día, tiernamente, te dice: “¿Y si encargamos?

SOLUCIÓN: Tú, en ese momento, piensas: “Claro, una pizza”, pero en realidad la otra persona no se refiere precisamente a eso, sino a algo que más bien los puede unir para siempre, algo así como… ¡un bebé! Esto es un poco más delicado, porque hablamos de los deseos y aspiraciones del otro, pero es la mejor señal de que algo cambió y es momento de hacer una pausa y sentarse a platicar. Si tienes claro que tu decisión es permanecer en la soltería toda tu vida, no hay razones para sucumbir, si hasta hoy no las encuentras o no te hacen sentido. Tomar una decisión así sólo por complacer al otro es uno de los peores errores (y de los más graves) que podrías cometer. Si el acuerdo siempre fue ése y no tienes ganas de modificarlo, lo mejor es abrazar a esa persona, decirle que no compartes ese deseo y dejarla ir. Sé que suena mucho más fácil de lo que es en realidad, pero a la larga será lo mejor. ¿Para qué tratar de forzar un molde que ya no le queda a los dos?

Sentar cabeza

Estás platicándole a alguien una anécdota de la noche de fiesta del día anterior y de pronto te mira, no comparte tu alegría y ligereza, y te suelta una de las clásicas de la abuela: “¿Hasta cuándo vas a sentar cabeza?, ¿cuándo vas a madurar?

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SOLUCIÓN: Pues la cabeza ya la tienes muy “sentada” y perfectamente acomodada; más bien, el problema es que elegiste un camino diferente que, en ocasiones, es poco transitado: el de la soltería. Pero al final del día estás consciente de lo que eres, de lo que haces y de lo que aspiras llegar a ser. Entonces, ¿qué más madurez que la de poder tomar tus propias decisiones y defenderlas, asumiendo toda la responsabilidad que ellas implican? Y todavía mejor: con alegría y paz interior. Justo es en ese estado emocional como uno debe responder a estas preguntas tan trilladas, y casi puedo asegurar que, cuando de uno emana esa tranquilidad y ganas de vivir y disfrutar, tales cuestionamientos ni siquiera pasan por la mente de las personas que nos rodean.

Miedo al compromiso

Tu mamá no se resigna y, cada vez que puede o sale a flote el tema, te pregunta: “¿Pero por qué no te quieres casar? ¿Es tanto el temor que le tienes al compromiso?”

SOLUCIÓN: El problema principal al asumirte como soltero es cómo esa decisión contrasta seguramente con las expectativas de tus padres. El sueño de muchos es verte convertido en un hombre o mujer “hecho y derecho”, con esposo o esposa e hijos. Lo  importante no es cumplir con la expectativa de alguien más, sino con la tuya, con ese compromiso que has asumido contigo mismo de no mentirte y de defender tu derecho a hacer de tu vida sentimental lo que te venga en gana. Eso no es un temor al compromiso, porque éste ahí está: cada vez que decides salir con alguien surge el compromiso de pasarla bien, de respetar a esa persona, de ser honesto.

Entonces, la respuesta, en apariencia, es bastante simple: “No le temo al compromiso; sencillamente estoy cumpliendo con el compromiso que hice conmigo mismo”.

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El quedado

Se casa tu hermano o hermana menor y nunca falta el impertinente que te diga: “¡Cuidado, eh, porque hermano saltado, hermano quedado!”

SOLUCIÓN: Esta situación tan trillada es mejor tomarla como lo que es: una rima ingeniosa que no tiene que ver con la realidad. Tu hermano y tú son dos mundos aparte, diferentes e igual de fascinantes. ¿Por qué pensar que te saltó? Porque si nos vamos a poner a hacer competencias de quién hace primero qué, la lista puede ser bastante larga y en más de un objetivo tú serás el vencedor. El mejor parámetro de comparación eres tú mismo y si soltero has sido feliz y lo sigues siendo, ¿dónde está el ganador? ¿Quién realmente se le adelantó a quién? La respuesta ya la tienes. Mejor sonríe.

Vistiendo santos

Estás hablando con tus tías o con algunos colegas de oficina sobre tu decisión de ser soltero, de sus ventajas y desventajas, cuando alguien irrumpe diciéndote: “Si sigues pensando así, te quedarás para vestir santos”.

SOLUCIÓN: Pues si es un buen negocio y te gusta el diseño de modas, ¿por qué no? Esta situación es muy similar a la anterior, porque nuevamente tiene que ver con un tema de expectativas: lo que “la sociedad” espera de ti. Pero, ¿quién dispuso que debía ser así? Es decir, ¿quién es esa señora llamada “sociedad”? Porque hoy te pide que te cases, pero al rato también te pedirá que tengas un hijo y, si cumples al pie de la letra, después te pedirá que tengas más; y no sólo eso, sino que cumplas con tu papel de “buen esposo o esposa” (lo que quiera que eso signifique) y, si lo haces, alguna otra demanda se le ocurrirá.

Te lo aseguro, nunca está satisfecha. Entonces, volvamos al punto de partida: ¿qué es lo que tú quieres? Esa será la única expectativa por cumplir y que el mundo siga girando. No te quedarás para vestir santos porque tu vida no gira sólo en torno a tener o no pareja. La vida está llena de posibilidades y hay tanto por caminar… Así que, sólo “te quedarás” si decides frenar tu destino por cumplir con las demandas de algo llamado “sociedad”, que bien a bien ni siquiera sabemos quién es o qué intenciones tiene. Ahí tienes la respuesta.

La incómoda cita sorpresa

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Te quedaste de ver con unos amigos o parientes; cada uno de ellos lleva a su pareja y, como saben que estás soltero, no se cansan de presentarte posibles candidatos a príncipe o princesa… “¿Adivina a quién te traje?”

SOLUCIÓN: De los seres que nos rodean, nosotros podemos elegir a nuestros favoritos y a esos los llamamos seres queridos. Generalmente, tales personas buscarán nuestro bienestar, y justo en esta razón se escudarán para volverse “celestinos” en busca de causas perdidas: tú. No se cansarán de presentarte candidatos y muchas veces esas experiencias te servirán más para saber cómo te ven los demás que para conseguir pareja. Lo mejor es hablar con tus seres queridos y pedirles que esa tarea la dejen sólo en tus manos, pues eres quien mejor sabe lo que  quieres y lo que estás buscando. Si de plano no lo entienden e insisten en sus “presentaciones”, quizá sea momento de reflexionar qué tan “queridos” son. Siempre será mejor estar con quienes nos entienden y nos acepten como hemos elegido estar, que con personas que constantemente nos quieren cambiar y hacernos a su modo.

Sin vida

¿Qué tan soltero es México? Estás en tu oficina y decides quedarte hasta tarde para terminar esa presentación importante, y no falta el: “Claro, tú puedes porque estás soltero y no tienes vida”.

SOLUCIÓN: Esta idea de soltero igual a amargado, solo, antisocial, reprimido, etcétera, es completamente errónea, como lo ha dicho Tere Díaz, columnista de nuestra revista: no es lo mismo ser que estar. Lo primero es una definición de nosotros mismos y lo segundo es una condición. Entonces, sí, estoy soltero, pero no soy una persona amargada, ni sola, ni antisocial, ni reprimida. Al contrario, precisamente porque elijo con quién estar y cómo pasar mi tiempo, prefiero, el día de hoy, esforzarme un poco más para que mi trabajo salga impecable el día de mañana, sin que  eso signifique que sea parte de mi rutina trabajar hasta tarde o que me esté escondiendo detrás de un escritorio para no salir a divertirme o descansar. En muchas ocasiones, los prejuicios sociales sirven para esconder las carencias de las personas y es más fácil lanzar un comentario incómodo que enfrentar la vida como es. Así que, esta situación se resuelve dejando simplemente que los resultados hablen por sí solos.

“¿Y tú, para cuándo?” es una pregunta que más allá de hacerte reflexionar sobre tu futuro, te hará caer en cuenta de lo importante que es la soltería.

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