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Opinión

Volver a mí

Alquilé un acogedor espacio dentro de una casa estilo inglés en una ciudad estadounidense, y todos los días me siento un buen rato en mi escritorio blanco, al interior del cuartito blanco que me asignaron (blancas las paredes, blanca la cabecera, blancos los muebles, blanco el edredón que cubre la cama y blanca la página que está frente a mí), con la cabeza en blanco también, a escribir sin prisa alguna.

La Fontaine dijo que “una persona suele encontrar su destino en el camino que eligió para evitarlo”, yo agrego que siempre que creo haber aprendido la forma más oportuna para vivir, mi vida cambia, y tengo que descartar planes, reaprender estrategias, considerar opciones desconocidas y reconstruirme.

«Una persona suele encontrar su destino en el camino que eligió para evitarlo» —Jean de La Fontaine

Difícilmente hubiera elegido este lugar para vacacionar, pero ya que he sido elegida por el lugar mismo, me dispongo a descubrir el trayecto que estoy invitada a recorrer. Cierro los ojos y respiro profundamente, y a kilómetros de mi mundo empieza a darse ese asombroso fenómeno que permiten los espacios desconocidos: fuera de contexto me vivo diferente, soy yo y al mismo tiempo soy muchas otras más, y ante mí se presenta una historia no escrita, algo por diseñar, por descubrir, por precisar.

Y aquí, en mi blanca habitación y con la mente en blanco, no puedo mentirme mucho: amplío mis perspectivas, entiendo de lo que estoy escapando, y me dispongo a descubrir lo que quiero, lo que puedo, lo que sueño hoy. Confirmo que puedo ser más extranjera de mí misma en mi propia tierra, y que las tierras lejanas me permiten adueñarme de versiones de mí que en el diario vivir se esconden, se minimizan y mueren a punto de ser ignoradas. Me reconozco, me cuestiono, me expando.

«Ni siquiera el mejor explorador del mundo hace viajes tan largos como aquel hombre que desciende a las profundidades de su corazón». —Julien Green

Como Julien Green confirmó que “ni siquiera el mejor explorador del mundo hace viajes tan largos como aquel hombre que desciende a las profundidades de su corazón”, yo comienzo a descifrar mis contradicciones, asumo temblorosamente mis temores, integro con aplomo mis dolores, dejo ir mis empecinamientos, y descanso (por un rato) del tiempo cuando corre de prisa y de los otros que me atrapan en el día a día.

La página en blanco sobre el escritorio blanco dentro de mi blanca habitación se va tiñendo, se va llenando de vida. Y, complacientemente, experimento que de a poco empiezo a extrañar las miradas de los míos y los quehaceres de mis rutinas. Por eso de vez en vez he de dejarme ir a donde el destino me lleve y hacer de un aparente viaje sin propósito, un recorrido que me devuelva a mí.