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Vive como verdadero yogui

Practicar yoga no sólo consiste en lograr asanas (posturas) perfectas. Desde su origen esta práctica ha sido una filosofía de vida basada en la “unión” (eso significa la palabra en sánscrito) entre el cuerpo y la mente.

Patanjali, supuesto autor de los Yogasutras (un texto en el que se exponen las bases de la escuela filosófica de yoga), identificó cinco “restricciones” o yamas, que debemos aplicar en nuestro día a día y que son la clave de la felicidad, el equilibrio y la plenitud.

  1. Ahimsa. El principio de la no violencia.

Es el pilar de la práctica del yoga: no hacer daño. Se basa en ser compasivos y conscientes de que todo está interconectado. Si herimos a alguien más (física, mental y emocionalmente) nos lastimamos a nosotros mismos y viceversa. Esto se puede incluso trasladar a la práctica física, pues “forzar” a nuestro cuerpo a realizar algo para lo que no está preparado es violentarlo.

  1. Satya. Verdad de pensamiento, palabra y comunicación.

Consiste en comunicar con sinceridad, informar las cosas como son, en lugar de la forma en la que nos gustaría que fueran. Es un principio que se rige por la honestidad, pues implica valor y dominio de sí para armonizar los actos que se ejecutan con las palabras que se emiten.

  1. Asteya. No tomar lo que no es dado libremente.

El impulso de robar surge de un sentimiento de infelicidad, de estar incompletos y de envidia. Se trata no sólo de no robar algo físico o aprobar y dejar que otra persona lo haga, sino también de ser excesivamente generosos con nuestro tiempo y gratitud.

  1. Brahmacarya. Moderación.

Mientras tenemos control sobre nuestros impulsos logramos alcanzar el conocimiento, el vigor y la energía. El objetivo es ver nuestro interior y así lograr un equilibrio de nuestros sentidos. Para romper con los lazos que nos unen a los excesos y a las adicciones, necesitamos coraje y voluntad. Cada vez que logramos dominar el deseo de más, no convertimos en persona fuertes, sanas y sabias.

  1. Aparigraha. Principio de la no codicia.

Cuando somos codiciosos y avaros, perdemos la capacidad de ver nuestra posesión eterna: nuestro verdadero Yo. Se basa en aceptar lo que se necesita y rechazar el resto, y en no gastar energía deseando lo que otros poseen (envidia). Consiste también en comprender que lo terrenal no puede ser poseído, ya que cambia todo el tiempo y, en algún punto, desaparece.

 

Aplicar estos principios a la vida diaria, cambiará tus actitudes hacia los demás y hacia ti mismos y te llevarán a redescubrir la sensación de plenitud en la vida.