Tinder is dead | S1ngular
Opinión

Tinder is dead

Tinder nació muerto. Como algunas canciones. Ciertos afectos. Y dos o tres relaciones. No, no presumiré de ser un gran ligador. Es más, creo que nunca me he ligado a nadie. Una ocasión en que yo “andaba” detrás de una morra, una señora me dijo: “Ay, mijito, hasta crees que la vas a conquistar. Si ella te eligió”. Y por esa razón nunca he tenido que deslumbrar a nadie en la pista de baile, ni enviar rosas, postales o regalos, ni llevar serenata (Dios me libre). Yo no cortejo. Para qué. Si siempre me escogen. No sé qué ven en mí, si parezco hijo de Óscar Zeta Acosta. La cuestión es que no me falta compañía cada tanto.

Siempre pensé que la figura del solitario de internet era un mito. Iluso, pensaba que si alguien elegía a alguien tan feo como yo, todos tenían oportunidad. Entonces surgió Tinder. Pero lo que era una plataforma para tener sexo ocasional se convirtió en un catálogo de las penurias de este mundo. Bastan dos minutos en la aplicación para deprimirte. Según esta bestia que les escribe, el noventa por ciento de la gente que lo usa no quiere coger ¡Quiere dejar de sentirse solo! El otro diez por ciento no lo necesita. Puede coger sin un plan de datos. Sin embargo, para dejar de sentirse solo no existe remedio alguno. Ni Netflix puede salvarnos de la ignominia. Ni el viagra. Ni los bloody mary.

De todos mis amigos fui el único que no descargó Tinder. Siempre he sido un renegado. Ni siquiera tengo Instagram. Es decir, soy el candidato perfecto para nunca ser cogido. Pero sé algo del subject porque he vivido casi la totalidad de telenovelas que mis amigos se han fraguado en Tinder. Desde el clásico “estoy preocupada, tengo dos días de retraso”, hasta el típico “este güey me marca doce veces al día”. A Tinder no lo mataron. Fue un cadáver desde el principio. Era un espejismo. La tecnología avanza. Pero nosotros seguimos en el mismo punto. Rogando por afecto. Cuándo será el día en que de verdad podamos tener sexo sin establecer lazos emocionales. Sin tener en nuestro horizonte un bolero.

Cada tanto leo en las noticias que en Europa ya no tienen hijos, ya no se casan, ya no tienen sexo. Benditos robots. Se han librado de buena parte de contratiempos. La pena es latina, no cabe duda. Como lo predijo una película: el futuro es de las máquinas. Si no estás conectado todo el tiempo, internet te va a destruir. Mentiras postapocalípticas. Tinder llegó y se fue y yo sigo cogiendo sin jamás tocarlo. El único triunfo verdadero llegará cuando nos volvamos célibes como los europeos. Y el único final que deberíamos siquiera creer es el que llegará cuando prohíban la venta de cerveza en los estadios de futbol.

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