Psicología

La violencia nos excita

La violencia se ha estado normalizando en México desde hace un buen rato. Todos lo sabemos: antes te enterabas de una balacera en la madrugada, ahora un enfrentamiento entre narcos y policías a plena luz del día -con suerte no estás en medio-.

A pesar de esto, el narco sólo es una de las formas en las que se manifiesta la violencia. En el país existen cientos de formas de vivir violentamente y acostumbrarse a ello es uno de los primeros síntomas para replicarla.

Para el filósofo y antropólogo francés George Bataille, la violencia no sólo afecta a quien la vive, sino también a los espectadores de la misma, quienes se dedican a hablar del acto violento que vieron o les contaron.

“El choque de Reforma estuvo leve, he visto peores”, “En Sinaloa me tocó una balacera más fuerte”, “Eso no es nada, en Veracruz encontraron una fosa más grande”. Frases como de este tipo las hemos escuchado en más de una ocasión, con sus respectivas variantes, cuando alguien nos narra un episodio violento.

Bataille decía que la violencia estaba relacionada con una “excitación anónima”, la cual radicaba en el miedo generado por la violencia misma, así, las personas que hablan sobre ella se excitan al hacerlo.

El filósofo creía que al hacer esto nos encontrábamos a nosotros mismos, ya que sabemos que la violencia “nos puede llevar a lo peor”, sin hacer distinción entre género, clase social, o condición física, cubriendo a todos.

“La violencia no nos asombraría tanto si no supiéramos, si no fuéramos por lo menos un poco conscientes, que nos puede llevar a lo peor”, escribió el francés.

Bajo esta premisa, sabemos que los hechos violentos que vivimos a diario en todo el país, y que conocemos gracias a los medios de comunicación o redes sociales, forman parte de este proceso descrito por Bataille, sin embargo, la constante exposición a ella nos puede volver más que insensibles.

La violencia, como se sabe, no es exclusiva de México. Recordemos los años que tienen diferentes países en guerra, los ataques a cada uno y lo poco que recordamos de cada uno, ya que “allá siempre están en guerra”, ¿no?

Bienestar / Salud

Vivir en un barrio con arte reduce los crímenes y abusos infantiles

La mayoría de las personas, sabe que el arte tiene un importante efecto favorable en sus vidas; desde ayudarlos a socializar, hasta mejorar su estado de ánimo o funcionar como terapia para determinadas enfermedades, pero ¿sabías que también tiene la capacidad de reducir el índice de violencia?

La School of Social Policy & Practice de la Universidad de Pensilvania es la primera institución que incluyó el arte y las infraestructuras culturales como factores, al determinar la calidad de vida de una población.

Según un estudio publicado por esta institución, en los lugares de Nueva York menos favorecidos donde el arte está presente, los abusos infantiles se redujeron un 14% y los crímenes, un 18%, respecto a zonas semejantes, pero con menos infraestructuras culturales.

Los responsables del estudio afirman que el arte por sí solo no basta para mejorar la vida de los ciudadanos; es decir, es sólo un elemento que debe combinarse con muchos otros si se quiere obtener esa mejora social. De lo que sí están seguros es que la inversión resulta mucho más rentable, en comparación con zonas pudientes, las cuales pueden gastar en seguridad con mayor holgura (seguridad privada, vigilancia, cámaras de seguridad, etc.).

Así mismo, mencionan, hay una repercusión positiva mucho más fuerte en la comunidad cuando ésta cuenta con centros culturales, bibliotecas o teatros propios, a pesar de los que existen en la Ciudad, en general.

En México, ante el constante recorte presupuestal dedicado a estos fines, la mayoría de estas infraestructuras surgen como iniciativas privadas. Sin embargo, ante estos datos, es importante fomentar la creación de nuevas propuestas y apoyar su vida útil.

Con información de Yorokobu

S1NGULAR / Salud

¿Qué está matando a las nuevas generaciones?

La frase “los jóvenes son el futuro del mundo” es muy cierta. Sin embargo, las generaciones con las que contamos para detener guerras, encontrar curas a enfermedades crónicas o, pensando en lo más básico, perpetrar la especie, son las que más amenazas a la salud enfrentan. Y lo más preocupante es que estos riesgos son prevenibles.

Según un reporte de 2016 sobre los riegos para la salud de los adolescentes a cargo de la Organización Mundial de la Salud (OMS), sólo en 2015 murieron 1.3 millones de jóvenes a nivel global por causas que pudieron haberse evitado.

En México, las principales causas de muerte entre este grupo poblacional son los accidentes, las agresiones y los suicidios.

La depresión y ansiedad siguen siendo temas alarmantes directamente relacionados con las lesiones autoinfligidas intencionalmente o suicidios. Según cifras del INEGI de 2015, en México, el suicidio ocupó el tercer lugar en cuanto a principales causas de mortalidad entre personas del rango de edad de 15 a 24 años y el quinto entre personas de 25 a 34 años.

A estos factores hay que sumar la incidencia de consumo de alcohol y drogas entre los jóvenes y los accidentes que pueden ocasionar. En 2012, 120 mil jóvenes murieron en accidentes de tránsito.

Por otro lado, aunque el VIH ha dejado de ser completamente mortal, las muertes causadas por este virus siguen incrementando. Entre las opiniones médicas abunda la idea de que los jóvenes han dejado de preocuparse por el cuidado de su salud sexual, ya que la enfermedad dejó de ser considerada un factor de riesgo epidemiológico.

Finalmente, aunque existen sustancias que ahora son legales, son consideradas igual de nocivas, como el tabaco. A nivel mundial uno de cada 10 adolescentes consume tabaco. Así, aunque dentro de la mentalidad “millennial” existe un genuino interés por llevar una vida saludable, muchos jóvenes están expuestos a factores externos que reducen su calidad de vida.

Por todo esto, entre los Objetivos de Desarrollo Sustentable de la OMS para 2030 está reducir en 40% el número de muertes prematuras. Sin embargo, tal parece ser que la respuesta no está en el qué sino en el cómo. Esta meta implica replantear el futuro de la sociedad, uno en el que las nuevas generaciones no sean consideradas el mañana, sino el hoy.

S1NGULAR / Sexualidad

Sí es agresión física y sexual

Las mujeres en México han normalizado situaciones comunes de género que aunque las provoca sentirse incómodas terminan por no aceptar como algo no “tan grave”. Desde “piropos” incisivos hasta comentarios por parte de sus parejas como “¿así vas a ir vestida?”, la realidad es que acostumbrarse a estos escenarios muchas veces impide tomar conciencia de que están enfrentando agresiones estipuladas legalmente que merecen ser, no sólo frenadas sino castigadas. La propia ley señala, por ejemplo, que si un desconocido te toma fotos sin tu consentimiento, esa persona puede ir a la cárcel hasta por 10 años.

¿Sabes qué otras cosas no debes soportar?

 

1.Abuso sexual

Nunca creas que estás exagerando al demandar a una persona que le toma fotos a tu cuerpo sin tu permiso.

De acuerdo con el artículo 260 del Código Penal Federal, se considera abuso sexual, el simple hecho de que una persona exhiba otro cuerpo sin consentimiento previo. Esto está castigado por la ley con hasta 10 años de prisión o 200 salarios mínimos, cerca de 17 mil 600 pesos.

2.Acoso laboral

“Claro Laurita, usted dígame cómo nos arreglamos”.

Si tu jefe es de los que te “masajea” la espalda sin que tú se lo pidas, la ley dice que puede ser sancionado con 40 días de multa o 3 mil 500 pesos. Y si es funcionario público, debe ser separado de su cargo.

3.Secuestro
Quizá en la Ciudad de México no sea tan común observar esto, pero en otros estados del país, muchos hombres tienden a dejar encerradas a las mujeres en sus propias casas, lo cual es privación de la libertad, misma que está tipificada con hasta tres años de prisión o 8 mil 800 pesos según el Código Penal Federal.

4.Violencia intrafamiliar

El simple hecho de que alguien te empuje de forma agresiva, es un delito.

Si estás casada o vives en unión libre, la ley asegura que si la persona con quien compartes casa, independientemente que sean familiares o no, te agrede, éste debe pasar de seis meses a cuatro años de prisión.

5.Discriminación

“¿Vas a ir vestida así?”, si esa frase te suena aunque sea un poco, cuidado, ser juzgada por tu forma de vestir es discriminación.

Así, por “discriminación”, la Ley General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres señala que se considera como tal “todo acto de distinción, exclusión o restricción” contra cualquier persona. A pesar de que no todos los estados del país tienen la misma legislación respecto a este delito, en general son castigados con hasta tres años de cárcel o hasta un poco más de 17 mil 600 pesos de multa.

Y aunque hay muchos huecos legales, los estatutos cambian en cada estado y los veredictos en México varían según las circunstancias en que se emite el juicio, es importante alzar la voz y no fomentar que este tipo de situaciones sean comúnmente aceptadas.

Psicología

Un hombre comprometido contra el machismo es un hombre que…

Escribo esto para los hombres inteligentes, sensibles y respetuosos que no buscan la injusticia pero que, del mismo modo que nosotras, han sido educados en un sistema patriarcal que hace invisibles, la mayor parte del tiempo, las actitudes machistas y que, aun sin quererlo, reproducen este sistema de supuestos privilegios para su género.

1. Define su propia masculinidad y su valía por los valores que él escoge y no por los mandatos sociales de “virilidad”. No le tiene miedo a ser diferente y a respetar todo lo que siente.
2. Rechaza cualquier tipo de desigualdad basada en el género.


3. Está dispuesto a renunciar a los “privilegios de ser hombre” que mantienen a la mujer bajo las ideas de subordinación (sueldos más altos, puestos mejores, derecho a decidir lo que se hace en pareja o asumir que él es el dueño del control remoto de la tele).
4. Emprende un camino de autoconocimiento emocional, busca ponerle nombre a sus emociones y se atreve a compartirlo con otros.
5. Comprende que no basta con las palabras y que es necesario que los hombres apoyen activamente las justas reivindicaciones de las mujeres.


6. Renuncia al papel de “visita” en las labores del hogar y en el cuidado de los hijos; busca involucrarse en ello de manera igualmente responsable y directa.
7. Escucha y consulta a las mujeres acerca de sus demandas y sus puntos de vista, por difícil que le resulte.
8. Intenta comprender por qué a las mujeres, algunas actitudes les resultan incómodas y violentas. No juzga él mismo: “eso no es violencia”, “están exagerando”, “ahora resulta que todo es violencia”. En cambio, trata de aprender y desarrollar modos de ser que no impliquen abuso.

Sexualidad

Rough Sex, ¿qué es?

El rough sex no se trata de un ataque o de violencia sexual. Más bien, es una experiencia exquisita donde si aprendes a manejar los límites y a jugarlo (bien y bonito), tu apertura erótica te dejará sentir éxtasis inimaginables.

Aunque ahora muchos se autodefinen como raros, especiales, únicos y diferentes, todos hemos querido encajar en esa extraña categoría conocida como “normalidad”, ajustarnos a las reglas, al canon.

Afortunadamente, hay un aspecto de nuestras vidas en donde todo es posible: el sexual. No sólo nos devuelve la capacidad de jugar, sino que nos arroja a nuestra animalidad y nos quita (aunque sea por un instante) varias de las cadenas y convenciones a las que vivimos atados.

En el sexo nada es anormal; sin embargo, hay prácticas más peculiares que otras. Hablar de rudeza es subjetivo; para algunos quizá un tirón de cabello es demasiado, una mordida o una nalgada algo impensable, aunque unos más no pueden imaginar un encuentro erótico sin golpes, amarres o electricidad.

Además de la mezcla de placer y dolor, el rough sex involucra: juegos de rol, sumisión y dominación, petplay, en el que los participantes se disfrazan y actúan como animales, especialmente como perros o caballos. También, nalgadas (con la mano u otros utensilios, como bastones o paletas), mordidas, arañazos, cachetadas, escupitajos, asfixia erótica, empleo de pinzas en genitales y pezones; inmovilización, humillación y degradación, tanto física como verbal, postergación o negación del orgasmo, así como penetración y masturbación forzadas e inserción total del puño, ya sea vaginal o anal. De igual forma, es común eyacular u orinar en el rostro.

El sexo duro está muy ligado al Bondage y al sadomasoquismo, sin embargo, su rama más oscura, el edge play, es algo que incluso pone en conflicto a la comunidad BDSM, pues, como su nombre lo indica, se trata de actos extremos. Entre éstos, beber sangre, usar excremento, realizar heridas con agujas, cuchillos, uso de pistolas, etc. Además, este tipo de sexo implica la ausencia de palabras de seguridad o consensual non-consent, rape play o la recreación de violaciones, la cual, según estudios realizados el año pasado en la Universidad North Texas, es una fantasía común en las féminas.

Sin embargo, este estudio concluyó que lo anterior no quiere decir que las mujeres deseen ser abusadas o que disfruten un ataque sexual, más bien, es un reflejo del deseo por ser dominadas y sentirse deseadas, lo que representa apertura sexual o todo lo contrario: pudor.

Adentrarse al rough sex requiere de comunicación, respeto y confianza, de hecho, kinkly.com, uno de los sitios más especializados en el tema, recomienda evitar practicarlo con desconocidos, parejas casuales o en fiestas sexuales, ya que puede ser sumamente riesgoso y se aleja de una de las normas más básicas del BDSM, la llamada SSC: Seguro, Sensato y Consensual. Todo lo que no se haga con autorización y acuerdo previo se considera un abuso, lo mismo si la persona se niega a detenerse o a usar la palabra de seguridad (en caso de establecerla) o realiza heridas de gravedad.

Libros

¿Es posible morir de amor?

Es la pregunta que se hace constantemente Desirée Navarro. Por ello, la escritora, conductora y periodista decide hacer un breve relato con historias reales alrededor de un tema cada vez más terrible  en la cultura mexicana, pero también mundial: la violencia (a veces silenciosa) que sufren las mujeres dentro de una relación amorosa.

La idea de conjuntar estos relatos surgió cuando la periodista logró identificar que aún entre tipos de mujeres completamente distintas (en profesión, características y hasta educación) la violencia por amor se podía presentar como una similitud. Entre sus páginas se encuentran el dolor de madres de familia, pero también de mujeres exitosas o de aquellas que gozan de una buena posición económica.

Esta obra evidencia que, muchas veces, los sentimientos pueden llegar a transformarse en una actitud negativa y poco saludable. De ahí que a muchas mujeres les cueste identificar si viven entre el mito de que todo el amor debe doler, o bien, que caigan en la cuenta de que la violencia en el amor es un ataque personal psicológico y físico que puede llegar a destruir vidas.

Desde los celos desmedidos, las humillaciones, las burlas, las bromas que en ocasiones pasamos inadvertidas, hasta la violencia física, cada relato experimenta un piel distinta de voz femenina que estaba ansiosa por contar que sí es cierto: es posible morir de amor. No en una forma romántica y telenovelesca, sino por haber sufrido traumas y ataques que llevan las relaciones a un extremo mortal.

Título: ¿Es posible morir de amor?
Autora: Desirée Navarro
Editorial: Ediciones Urano

Principal / S1NGULAR

Acoso callejero: la normalización de la violencia sexual

“Deberían agradecer que las chuleen” o “Cómo les encanta quejarse” son algunos de los comentarios que una mujer invariablemente escuchará (y de los “menos agresivos”) cuando denuncie el acoso callejero, un tipo de agresión tan cotidiano que pasa casi siempre desapercibido y pocas veces se cuestiona, por lo que es visto por gran parte de los hombres, y también de muchas mujeres, como una “exageración” o “ganas de llamar la atención”.

Desde siempre, las mujeres han preferido cambiarse de acera, hacerse las desentendidas o literalmente huir antes que confrontar a sus acosadores. Además, debido a la incompetencia de las autoridades, la mayoría deciden no denunciar para no verse envueltas en una doble victimización: primero por parte del agresor y luego por el sistema de justicia que suele poner en duda la veracidad de las denuncias e intenta responsabilizar a las víctimas preguntándoles cosas tan absurdas como por qué iban solas y qué tipo de ropa traían.

Ocho de cada diez mujeres mayores de 14 años aseguran haber sufrido algún tipo de acoso callejero

Esta ausencia de denuncias ha provocado que la percepción de la gravedad del problema sea mucho menor, cuando en realidad, ocho de cada diez mujeres mayores de 14 años aseguran haber sufrido algún tipo de acoso callejero. Según la Ley de acceso a una vida libre de violencia, que opera en la Ciudad de México desde marzo de 2008, el acoso callejero es un tipo de violencia sexual que abarca desde las miradas, los chiflidos y los comentarios, hasta el contacto físico. Sin embargo, a pesar de estar tipificado por esta misma ley como un delito, no se prevén sanciones para los agresores.

Acoso y libertad de tránsito

El acoso callejero no sólo violenta el cuerpo de las mujeres, sino que vulnera su libertad de tránsito; es decir, a pesar de que, en teoría, el espacio público nos pertenece a todos, las mujeres no podemos transitarlo con la misma libertad con que lo hacen los hombres.

Desde siempre, las mujeres han preferido cambiarse de acera, hacerse las desentendidas o literalmente huir antes que confrontar a sus acosadores.

Antes de ir a algún lado, las mujeres siempre debemos considerar cosas como la hora del día, que los lugares por los que pasaremos no estén demasiado oscuros o solitarios, y cuando pasamos necesitamos corroborar varias veces que nadie nos siga… Para nosotras, hacer uso de la vía pública significa no bajar la guardia en ningún momento, al grado de que existen determinadas partes de la ciudad o determinados horarios en los que es impensable que salgamos a la calle, a no ser que “nos estemos buscando algo”.

Nuestra cultura enseña a las mujeres a “cuidarse” en lugar de enseñar a los hombres a no atacar

Mientras que las mujeres tienen que pensar todas estas cosas cada vez que andan solas, o acompañadas de otras mujeres, los hombres rara vez se preocupan por su seguridad cuando van solos y mucho menos cuando van en grupo. Al final de cuentas, el espacio público no es tan de todos como pensamos. 

El estrés de vivir a la defensiva

Vivir el acoso de manera constante es agotador. Todo acto en nuestra rutina se vuelve un factor que podría marcar la diferencia entre ser o no ser acosadas: ponerse falda o pantalón, caminar por una acera o por otra, cruzar en determinada esquina o esperar, mirar o no mirar directamente a los hombres que nos encontramos en el camino, etc. Debido a que nuestra cultura enseña a las mujeres a “cuidarse” en lugar de enseñar a los hombres a no atacar, el acoso pasa a ser enteramente nuestra responsabilidad: hay que evitar provocarlo, aún cuando la mayoría de las veces da igual la ropa que llevamos, la hora, o si había mucha o poca gente en la zona.

Esta situación es la causante de que gran parte de las mujeres transitemos continuamente estresadas y gran parte de nuestra energía se vaya en preocuparnos por nuestra seguridad en la calle. Precisamente por eso, denunciar y combatir el acoso callejero no sólo se trata de hacer valer nuestro derecho al espacio público, sino también de exigir nuestro derecho a vivir en paz.