Especial / Psicología

Terminar una relación produce (literalmente) síndrome de abstinencia

Hay algo realmente místico en terminar una relación amorosa. Existe cierta fuerza desgarradora que nos hace sentir como una persona incompleta, totalmente fuera de sí misma y con un permanente pesar de lo que aquella relación alguna vez fue.

Todo ha terminado y ahora hay que decirle al cuerpo y al alma que vuelvan al estado de soltería donde solían estar antes de que todo comenzara, pero no es tan sencillo como decirlo. Muy a pesar del lenguaje rebuscado, de los clichés telenovelescos y cinematográficos, y las decenas de centenares de historias ajenas similares, lo cierto es que sí, al menos desde la perspectiva científica, nos arrebatan algo al terminar una relación.

Iniciar una relación requiere una gran labor cerebral. No siempre se logra, pero cuando alguien realmente nos “complementa”, el cerebro se llena de serotonina, oxitocina y dopamina, sustancias asociadas al placer, la felicidad y el bienestar. Enamorarse, incluso el simple hecho de estar cerca de esta persona, se convierte en una droga que recompensa a nuestro cerebro con todas estas sensaciones que nos llenan de éxtasis. Se genera cierta dependencia a esto que ahora es parte fundamental de nosotros. Nos acostumbramos a sentirlo y cuando todo acaba tan de tajo, resulta normal que surja una sacudida en nuestro ser como señal de alerta. Nos hemos hecho, hasta cierto punto, adictos a esta droga y cuando no nos es suministrada, aparece el síndrome de abstinencia. Quien lo haya vivido sabrá lo horrible que es esto.

Ahora bien, con síndrome de abstinencia, no quiero decir que veremos bebés caminando por el techo o que la habitación en la que estamos se contraerá y expandirá, volviéndonos absolutamente locos. Nuestro cerebro reclamará su dosis de esa persona y se servirá de cualquier cosa que encuentre alrededor para recordarnos esto. Ya sea un objeto, un aroma, o un lugar en especial, no importa. Esto sucederá hasta que nos hayamos acostumbrado de nuevo a estar sin los niveles habituales de amor.

Además, las emociones no son las únicas que se ven directamente afectadas. La memoria también sufre.

Al entablar una relación duradera, tendemos a compartir ciertos eventos en lo que podría ser llamado una memoria colectiva. Esto permite que se almacenen distintos datos en la memoria propia y en la ajena y así, cuando llegue el momento de recordar, esto se hará en conjunto y, en esencia, se recordará más y mejor. Así, en las rupturas, se nota con gran fuerza la falta de esta otra mitad complementaria, de nuevo, hasta que nos volvemos a acostumbrar a ello.

S1NGULAR / Techie

Tú también tienes nomofobia, ¡acéptalo!

Supongamos que un día sales totalmente apresurado de tu casa porque no escuchaste el despertador y a medio camino te das cuenta que olvidaste el teléfono celular. O en una fiesta quieres sacar tu teléfono para registrar el momento y recuerdas que lo dejaste sobre tu cama. Y quizá, en el último de los casos, sólo imagina que, por pura intuición quieres verificar que el teléfono esté en tu pantalón, pero al tocar el bolsillo derecho te da un mini infarto y sientes pasar la vida frente a ti, pero no pasa ni un segundo cuando te das cuenta que está en el bolsillo izquierdo.

En cada uno de los casos descritos hay un elemento recurrente: una fobia terrible a estar sin teléfono móvil. Poco o mucho, todos los que crecimos y vivimos en esta era digital tenemos algo de esto miedo -si no lo has experimentado aún, no te preocupes, es cuestión de tiempo para que aparezca-.

Esto se conoce como nomofobia y el término proviene de la abreviación de un término en inglés aún mayor: no mobile phone phobia, lo que podría ser traducido como “la fobia a estar sin teléfono móvil”. El término fue acuñado en el 2010 gracias a un estudio realizado por YouGov, una firma dedicada a hacer estudios de mercado basados en internet, y se descubrió que el 53 % de los usuarios de teléfono móvil en Inglaterra mostraban signos de ansiedad al perder su teléfono, al quedarse sin batería, sin saldo o sin señal.

Según esta investigación, realizada hace siete años, los hombres son más propensos a sufrir de esta fobia, alcanzando el 58 %, mientras sólo el 47 % de las mujeres la sufrieron. Sin embargo, las cifras debieron haber aumentado considerablemente.

Además de la fobia causada por estar alejado del dispositivo, otro estudio realizado por el Centro Internacional de Medios y Agenda Pública (ICMPA, por sus siglas en ingles), en colaboración con la Academia Salzburg de Medios y Cambio Global, demostró que uno de cada cuatro jóvenes estudiados (mil en total) que pasaron 24 horas sin acceso a la tecnología, presentaron signos de estrés mental y físico, pánico, confusión y extremo aislamiento; una especie de síndrome de abstinencia similar al que causan algunas drogas, como el tabaco o el alcohol.

Si bien ninguno de los participantes aseguró haber visto un bebé caminando por el techo como Mark Renton en Trainspotting, uno al menos, aseguró haber sentido cierta picazón similar a la que siente un adicto al crack.

En la discusión de si hay fobia o síndrome de abstinencia (o ambos), podemos estar seguros que la tecnología es parte fundamental de nuestro día a día, aunque no estaría mal soltar un poco el teléfono, alejarnos de Facebook, Twitter y el correo para alzar la vista y ver lo que el mundo real tiene para ofrecer.