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¿Qué pasa con los hijos de las familias poliamorosas?

Crecer dentro de una familia poliamorosa no es sinónimo de enfermedad. De acuerdo con la socióloga Elisabeth A. Sheff, autora del libro The Polyamorists Next Door: Inside Multiple-Partner, Relationships and Families, no hay un patrón que determine que este tipo de núcleos implique problemas para los niños.

La autora asegura que las familias con este modelo en las que están involucrados niños “pueden crear ambientes sanos, estables, cariñosos para los pequeños si los adultos se encargan de fomentarlo”.

Sin embargo, así como en su momento se llega a platicar acerca de un divorcio en una familia “tradicional”, los acuerdos poliamorosos necesitan también ser tratados en una conversación.

Sheff recomienda tomar en cuenta la edad de los niños, como primer paso, pues de eso depende qué palabras utilizar para explicarles este modo de convivencia amorosa.

Alrededor de los 8 años o menos, los niños no profundizan demasiado en los conceptos amorosos, por ello asegura que a esta edad no es rigurosamente necesario explicarles el significado del poliamor y sus variantes. Pero para los preadolescentes, de entre 9 y 12 años, que están formando estas ideas, es esencial expresarles que, dentro de esta dinámica, los padres son honestos con todos y cada uno de los involucrados en la relación, y que todas las parejas de su papá o mamá están en un acuerdo mutuo.

Sheff, quien ha estudiado los roles, el ambiente y las relaciones entre los padres poliamorosos y sus hijos durante 15 años, encontró que no sólo hay tabúes alrededor de este tipo de familias, sino que también existen ventajas para tanto para los niños como para los adultos que están involucradas en ellas:

  • Al haber más de un adulto involucrado, obtienen más atención y protección por parte de las parejas de sus padres.
  • Conviven distintos modelos paternos y posturas respecto a la educación para los menores. Lo ideal es que los adultos establezcan qué principios están de acuerdo en seguir para no confundir al niño.
  • Hay mayor tiempo libre para los adultos, ya que se pueden tener responsabilidades familiares compartidas.
  • En los casos en que también se acuerda compartir gastos de los menores, la economía podría resultar más flexible y funcional para la familia poliamorosa.
Tendencias

¿Es el poliamor una alternativa viable a la monogamia?

En el mundo existen personas que, cansadas de la infidelidad y las mentiras, decidieron poner en práctica una nueva tendencia amorosa, conocida como poliamor. El neologismo, que comenzó a usarse aproximadamente hace 10 años en países europeos, significa tener una relación íntima, duradera, sentimental y sexual con varias personas a la vez, todo bajo el previo consentimiento de los actores involucrados.

Algunos científicos dicen que la monogamia no es el estado natural de los seres humanos, sino que es una construcción social; muchos terapeutas creen que aprender a controlar los impulsos sexuales hacia varias personas es un sello distintivo de la madurez emocional.

Al poner la palabra “poliamor” en el buscador de Google, aparecen más de 170 mil resultados y, aunque en México la cifra de adeptos es mucho más tímida, ésta va en franco crecimiento.

La chilanga Lenina (L, para los cuates) supo de esta tendencia amorosa en 2012, cuando conoció a Ari, un islandés, amigo de un vecino suyo, también nórdico. Por aquel tiempo, L trataba de emular el comportamiento consumista de nuestra sociedad, en donde los seres humanos podemos ser de uso y desecho, es decir, nos gustamos, nos besamos, nos fajamos, cogemos y nos decimos adiós, sin importar si nos volveremos a ver.

Al igual que los Alfa, esa especie “avanzada” del libro Un mundo feliz, de Aldous Huxley, donde “acoplarte con uno está mal, acoplarse con dos es bueno” (y entre más, mucho mejor), el amor para ella era un sentimiento dañino, el cual podía llevarla a una profunda tristeza, como todas esas “inservibles emociones humanas”.

Sin embargo, este chico islandés le había caído bien y quería conocerlo más, pues parecía diferente a los “machos latinos” con los que se había involucrado. Era muy respetuoso y no parecía querer ligarla, sino sólo ser su amigo, aunque sentía que había gusto mutuo.

El segundo aire del poliamor

Para Julio Sánchez, mexicano que practica el poliamor desde hace ocho años, ésta forma de amar ha evolucionado con el tiempo y parece estar viviendo su segundo aire.

Julio, dice que el poliamor inicial buscó tener muchas parejas, pero bajo el esquema de amor romántico y sistematizado. Así, el “poliamor de segunda ola” estaría en contra o, al menos, cuestionando la idea del amor romántico y machista, que ejerce presión contra la mujer y “la subyuga, como algunas relaciones convencionales o swingers”.

El conocedor del tema explica que, de alguna manera, en la primera propuesta del poliamor los hombres podían tener muchas mujeres, pero “[éste] logra que la mujer no busque ni tenga otras parejas”. Y explica que, actualmente, eso es algo que se está trabajando para tratar de cambiar la visión machista del poliamor, ese machismo velado y ejercido incluso por las mujeres.

De esta manera, el ser humano se encuentra en la búsqueda de ese amor ideal, aquel que no le cause sufrimiento o molestias. Pero, como decía el poeta español Ramón de Campoamor: “Todo en amor es triste; mas, triste y todo, es lo mejor que existe”. ¿Será?

Opinión

Celebremos nuestra creatividad

Me viene a la mente la canción “I’m coming out” de Diana Ross. Tiene esa actitud de celebración que puede venir de resolvernos cada uno con valor y atrevernos a ser auténticos. Durante siglos el miedo ha limitado a muchos: miedo a ser marginados de la sociedad y de la familia, miedo a perder los “beneficios y status de ser “normal”.

En estas ultimas décadas las historias acerca de salir del clóset y confesar al mundo ser gay han robado cámara. La visibilidad que más recientemente ha cobrado el travestismo y la transición de género, me lleva a reflexionar a niveles muy profundos acerca de la falta de identificación en la construcción del ego y la identidad.

El proceso de civilizarnos y lograr formar la familia como célula de la sociedad nos ha tomado miles de años de diálogo y acuerdos entre las distintas sociedades. Los beneficios económicos, éticos, arquetípicos han sido resueltos con códigos acerca del deber ser y mandatos como el de reproducirnos.

El miedo a ser marginado se hace irrelevante y hoy en día dejar todo atrás y volver a empezar está a un click de distancia.

«Cada vez más las minorías tienen espacios a donde ir a redescubrirse o explorar sin temor a ser señalados».

El poliamor es una opción de vida que ha salvado matrimonios al compartir la verdad de la experiencia humana sin las limitaciones y juicios que vienen de las formas sociales que en ocasiones son imposibles de sostener con autenticidad.

Cuando celebramos la diversidad sexual estamos reconociendo que el proceso de conocernos a nosotros mismos y a los otros solo se hace más complicado con promesas que provienen de nuestras instituciones y se hace mas fácil con acuerdos que provienen de nuestra creatividad.

No es el papel de las religiones hacer espacio para estas áreas de exploración, además esto no detiene a los exploradores. Con el tiempo los usos y costumbres hacen cultura y las nuevas generaciones nos están sorprendiendo con perspectivas revolucionarias. El amor no es como lo habíamos descrito y no es tan deseado como otras formas de autogestión. Podemos juzgar lo que estamos viviendo pero no podemos detenerlo. Podemos aceptar que las cosas han sido de cierta manera pero no tienen que ser así.

Estos festivales de diversidad sexual en el mundo entero tiene efectos legislativos, económicos y conductuales en toda la humanidad. La autenticidad es el tema en cuestión y la materia de la celebración.

Sexualidad

Poliamor: camino a una utopía amorosa

Un día, cuando iban caminando hacia una cafetería, él le contó sobre su estado amoroso. El preludio consistió en un recuento de sus pasadas relaciones y luego entró en materia sobre su actual forma de ver el amor.

“Mira, yo soy un poco inmaduro al respecto”, le dijo Ari. Ante la confesión, L imaginó el peor escenario. Pensó que, seguro, era casado, tenía novia o era gay. Sin embargo, él le contó que, a sus 35 años, no se había casado ni tenía una novia… porque estaba harto de las relaciones convencionales. En cambio, llevaba ocho años practicando el poliamor.

L pensó, al oír la historia, que esta práctica podía ser una solución a la infidelidad, embarrada de mentiras y sinsabores. La verdad era que no conocía ninguna pareja digna de admiración, pues sabía de las múltiples infidelidades y engaños de muchos de sus conocidos y amigos, incluso de sus padres, que se habían puesto el cuerno en más de una ocasión.

Así, después de que Ari le contó más sobre su estilo de vida poliamoroso, L llegó a la conclusión de que esa tendencia era algo increíble, muy inclusiva y desarrollada; sin embargo, un poco difícil de poner en práctica en México y América Latina, sobre todo por el machismo imperante.

Pasaron algunos días en los que Ari y L continuaron saliendo y conociéndose, hasta que él tuvo que regresar a su país, no sin antes haber sembrado la semilla de la curiosidad poliamorosa en ella, que decidió investigar más del tema.

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Su policuriosidad la llevó a desayunar con una “trieja” de lesbianas poliamorosas, a platicar con otras parejas heterosexuales que practicaban esta forma de amar y hasta a conocer muchos grupos de poliamor en México. Pese a ello, seguía con la duda de cómo manejarían éstas el tema de los celos, pues, en diversas pláticas, le habían dejado notar que los celos nunca se iban del todo.

Pasaron dos años y Ari volvió a México. Decidieron irse de viaje y ella le contó que se había convertido en una apasionada del tema desde que él le había hablado de ello, pues aunque no lo practicaba, se había informado y había conocido gente que lo apoyaba. Lo anterior le había permitido saber que en el mundo había incluso parejas que tenían hijos dentro de esta forma de amar y también que no todo era miel sobre hojuelas.

Él le platicó que, tras vivir estos años como poliamoroso, había aprendido mucho de sí mismo, pero que podía volverse “monógamo” sin problema, y quedarse con las novias que tenía.

“Pero eso no es ser monógamo, Ari”, objetó L con una mirada burlona. Tras una carcajada, Ari le dijo que su pensamiento había cambiado un poco con el tiempo respecto al poliamor y que, aunque éste le había mostrado cómo eliminar los celos de su vida, ahora sentía que, si se autoproclamaba como poliamoroso, podía caer en el error de encasillarse.

“Mira, linda, yo preferiría ya no ponerme etiquetas”, le dijo Ari, y le contó que algunas de sus novias habían dejado la relación para convertirse en monógamas y que también había conocido a otras chicas.

“¿Y les dijiste que venías conmigo a Oaxaca?”, preguntó L, a lo que Ari contestó que sí, aunque también le dijo que una de sus parejas, con la que llevaba más tiempo, prefería no conocer a sus otros amores y no quería saber de ellas, por lo que no le había puesto mucha atención cuando le platicó del tema.

Así, parecía ser que, aunque el poliamor era una gran manera de evitar los celos y llevar el amor de una forma sincera, también podía ser una forma de conceptualizarlo y dejar fuera variables importantes.