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6 de las mejores portadas sobre racismo

 

Los medios de comunicación tienen una responsabilidad para denunciar los temas que nos afectan como sociedad. Por eso, aplaudimos el trabajo de estas revistas que no tienen miedo de alzar la voz en contra de la discriminación racial. ¿Cuál es su favorita?

Newsweek, noviembre 1967

 

Newsweek, septiembre 2009

 

New York Magazine, mayo 2015

 

The Atlantic, junio 2014

 

Time, mayo 2015

 

Esquire, enero 2016

 

Opinión / S1NGULAR / Sexualidad / Tendencias

Homonormatividad, ¿cómo debe comportarse un gay?

Michael Warner define “heteronormatividad”, en el libro Fear of a Queer Planet, como el “conjunto de las relaciones de poder por medio del cual la sexualidad se normaliza y se reglamenta en nuestra cultura, y las relaciones heterosexuales idealizadas se institucionalizan y se equiparan con lo que significa ser humano”.

Aplicando este concepto a la comunidad LGBTTTI, nace la homonormatividad, en la que comúnmente se idealiza lo que para muchos es el “buen gay”.

Con base en este término, el “buen gay” debe mostrar en todos los sentidos superioridad, desde física hasta intelectualmente. De ninguna manera puede mostrarse afeminado o vulnerable porque automáticamente esto lo haría menos, debido a lo cual gran parte de los hombres homosexuales buscan llevar vidas lo más heteronormatizadas.

Y aquí es cuando nos preguntamos: ¿por qué nos cuesta tanto trabajo aceptar a alguien cuando no se rige en comportamiento como la sociedad indica?

¿Por qué se tiene tanto pavor al ver a un transexual o a un travesti por la calle? Es increíble cómo las personas, incluso dentro de la misma comunidad, discriminan a una lesbiana por tener una apariencia masculina. ¿Y de los bisexuales? Ni hablar, eso no existe para el común denominador de las personas. ¿Por qué no aceptar que el mundo y la sexualidad es tan diversa que hay cabida para todos y todas?

Recuerdo cómo hace algunos años yo mismo era de las personas que criticaba a la gente que asistía a la Marcha Gay. “No me representan”, “Yo no soy así”, decía refiriéndome a las personas que iban vestidas de manera “estrafalaria”. Podría decirse que estaba regido por la homonormatividad.

Sin embargo, no fue hasta que comencé a tener contacto con diferentes personas LGBTTTI que se comportaban fuera de lo “establecido”, que me di cuenta de que es válido expresarse de la manera que uno quiera, que todos merecen respeto y, mientras no afecten a nadie más, está bien ser de la forma que uno desee y con la que se sienta más cómodo.

Antes de que alguien sea gay, lesbiana o trans, es una persona que tiene los mismos derechos y obligaciones que un heterosexual. El concepto del “buen gay” debería ser la persona que respeta, trabaja, es responsable, es valiente, amigo y, sobre todo, que ama a pesar de las diferencias.

Hasta el momento en que entendamos que dentro de la misma diversidad que existe en el mundo está su riqueza, cuando nos apoyemos realmente entre todos y hagamos una sola fuerza, daremos ejemplo de unión y de tolerancia que ayudará a que se nos respete y reconozca como comunidad.

Especial LGBTTTI

Endodiscriminación en la comunidad LGBTTTI

Cuando comencé a interesarme por este tema, reparé en su complejidad y en todas sus implicaciones, lo cual exige un estudio detallado y a profundidad, que unas cuantas páginas no permiten.

Por ello, en este caso sólo dejaré sobre la mesa una problemática que no sólo concierne a la comunidad, sino que también le compete a la población heterosexual: desaprender la noción que tenemos de los roles tradicionales de género, dejar de dar por sentado que somos tal o cual porque así debe ser, y aprender, más que a tolerarnos por nuestras diferencias, a respetarnos y a aceptarnos por ellas.

Presupuestos

Quizá algunos tendrían la idea de que, por ser una comunidad, cada uno de sus integrantes debería apoyarse, respetarse, estar unidos y ser congruentes en cada una de sus acciones, en pro de su movimiento y de los derechos que exigen a la sociedad. Sí, suena bellamente poético pensar que, sólo por el simple hecho de pertenecer a una minoría, existe unión y armonía en todos sus sentidos.

Bajo esta noción un tanto ingenua y miope, no alcanzamos a ver algo mucho más profundo y complejo: sí, es una minoría que lucha por combatir la falta de derechos y de respeto, las agresiones, la no inclusión, entre muchas otras cosas importantes y esenciales, pero al mismo tiempo es una minoría compuesta por seres humanos. Así de sencillo: por personas que han crecido en una sociedad que tiene como base y casi decreto que el mundo se divide en lo masculino y en lo femenino. Partimos de que así son las cosas: hombre y mujer, cada uno con sus propias características, obligaciones y expectativas sociales, culturales, sexuales, biológicas, de identidad, etcétera.

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Quienes integran a la comunidad no se ven exentos a este tipo de presupuestos, a esta formación y educación que se mama desde el hogar, desde pequeños, y que se alimenta conforme vamos creciendo. Se repiten patrones y formas aprendidas de discriminación, independientemente de su identidad de género y orientación sexual.

Según Iván Tagle, Director General de la asociación Yaaj México y Secretario General en Jóvenes LGBT México, la discriminación “no es algo que sea exclusivo de la comunidad LGBT, sino que viene de la cultura en la que estamos sumergidos […] Dentro de la misma comunidad existe el machismo, porque vivimos en una sociedad machista”.

Mujer recatada, atractiva, femenina.Hombre varonil, guapo, masculino

Desde el núcleo familiar y socialmente aprendemos que un hombre, por ser tal, no sólo debe comportarse de cierta forma, sino además tiene la obligación de hacer y ser un número de cosas. Lo mismo en el caso de las mujeres. Si nos detenemos a analizar esto, no hay razón evidente para esperar que la población LGBTTTI estuviera más libre de prejuicios que los heterosexuales. Todos parten de los mismos prejuicios aprendidos, de una sociedad machista y misógina, y asimismo existe mucha falta de información, de sensibilidad, de empatía, y de interés por modificar lo aprendido.

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Por ejemplo, entre los mismos hombres gay hay discriminación hacia los que se comportan afeminados. Al respecto, Antonio Bertrán Rodríguez, periodista y escritor de la columna Nosotros los jotos, menciona que, debajo de este ataque a los homosexuales afeminados está la idea de que haber nacido hombre es un privilegio y cómo osan aquéllos en parecer mujeres, en mostrarse afeminados. Para este periodista, existe esta discriminación porque así se nos educa: “Siempre dicen que la discriminación o el rechazo es como el miedo al otro, y el miedo viene muchas veces de no entender, de tener estereotipos o pensamientos mágicos, mitológicos, primitivos”. Sin embargo, para Bertrán, una forma de hacer frente a esto es mediante la educación (o información), la normalización (es decir, hacer de la comunidad algo normal, algo que no necesita una sección aparte), y teniendo sentido del humor: “Javier Lizarraga dice algo fundamental que yo adopté como divisa: «El sentido del humor es un arma cargada de futuro»”. Para Antonio, sí es necesario tomarse en serio ciertas cosas y actuar para que haya respeto entre todos dentro de la comunidad, pero también menciona que hay que aprender a reírnos de nosotros mismos; que sí hay que hacer activismo, pero no dejar de lado el sentido del humor.

Formas de endodiscriminación

Las lesbianas forman parte de los grupos más atacados: por ser mujeres y por no seguir el rol “que les toca”, que es estar con un hombre. Sin embargo, también entre ellas hallamos otro tipo de discriminación, que justamente está relacionada con esta división entre lo femenino y lo masculino: las femmes y las butches, como se suelen llamar. A grandes rasgos, las primeras son las más “femeninas” y las segundas, las que tienen una apariencia y comportamiento más “masculino”. Entre sus grupos, si una de ellas entra al otro (en un bar, por ejemplo) es mal vista o incluso atacada por ello. En el caso de las butches, porque ¿cómo osan comportarse como el hombre, el “enemigo”? Es decir, los mismos prejuicios y patrones que podemos presenciar en el mundo heterosexual se repiten en estos grupos.

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Asimismo, las personas bisexuales suelen ser muy criticadas dentro de esta comunidad, debido a que se piensa que necesitan definir su preferencia: hombres o mujeres, pero no ambos. De alguna manera, a causa de que este grupo representa mayor ambigüedad, también implica mayor crítica y discriminación porque “no se la creen”, por ejemplo, los hombres gays, que otro hombre sea bisexual (y lo mismo entre las lesbianas con una mujer), porque piensan más bien que no ha salido del clóset. No obstante, ¿por qué tiene que ser de una manera en específico: por qué a fuerza hombre o mujer y no ambos?

Quienes también se ven más atacadas dentro de esta comunidad son las personas trans, que se dividen en transgénero, transexuales y travestis. Son quienes carecen de más derechos en general, aunque, según Iván Tagle, está habiendo un avance desde afuera: “Hasta hace un año, más o menos, se empezó a hablar más del tema trans. Incluso el gobierno, las fundaciones o las organizaciones internacionales se han enfocado mucho más al tema. Ahora dan prioridad a los proyectos LGBTTTI si se incluye lo trans”. No obstante, sigue habiendo muchos prejuicios, aunque esto no es nuevo. Desde la primera marcha gay en México, en 1978, muchos de los activistas y participantes se negaban a que “las vestidas” encabezaran el desfile porque se decía (y muchos siguen pensándolo hoy) que hacían quedar mal al movimiento en general.

Qué hacer

Es utópico pensar que la endodiscriminación en esta comunidad se va a erradicar completamente, lo mismo si pensáramos que dejará de existir el odio, las guerras, la violencia. Pero ayudaría que cada grupo que la integra se informe sobre identidad de género y sexual, que tenga presente que no se trata de tolerar al otro, sino de respetarlo (incluso aunque no compartamos sus elecciones o manifestaciones), de aceptarlo, y, por supuesto, de estar dispuesto a modificar nuestras conductas.

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Madres solteras buscan trabajo… ¡y no se los dan!

“Las madres solteras cargan con un estigma súper injusto, ya que generalmente son vistas como personas de dudosa moral o se les culpabiliza por no mantener a su pareja a su lado, cuando muchas veces es una elección de cualquiera de los dos –señala Manuel Turrent, psicoterapeuta especializado en género y pareja–. En contraste, los padres solteros gozan de muy buena fama. Lo que a las mujeres se les condena, a los hombres se les condona”.

Además de injusto, este prejuicio multiplica los problemas de las madres solteras. A la monumental tarea de cuidar a un hijo se le suma la de conseguir un empleo digno, que ofrezca un sueldo que pueda alcanzar para los dos y que tenga un horario que, al menos, se ajuste a los de una guardería.

«Lo que a las mujeres se les condena, a los hombres se les condona.»

Desafortunadamente, en muchas ocasiones, dichos empleos resultan inalcanzables para estas mujeres, precisamente por su condición de madres solteras. “Desde que dices que eres madre soltera y que tu hijo es pequeño, creen que faltarás a cada rato. Me tocaron jefas que eran señoras con hijos y se quejaban de las empleadas que pedían permiso para ir al festival del 10 de mayo. Durante el tiempo que estuve pidiendo empleo sí me sentí discriminada”, dice Alicia Torre, madre soltera.

La dificultad de encontrar un empleador libre de prejuicios va de la mano con las pocas oportunidades laborales que cuenten con las características que una madre soltera requiere para mantener y cuidar a su hijo. “Buscar trabajo es difícil cuando no tienes quien te apoye para cuidar a tu hijo, porque no puedes aceptar cualquier cosa. Si el horario es muy matado, te complica muchísimo la vida; entonces acabas en un trabajo con muy poco ingreso, pero lo aceptas con tal de tener un horario que te permita estar llevando y trayendo a tu hijo de la guardería a la casa”, asegura Alicia.

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La homofobia duele

Es tarde, el calor comienza a llegar desde el cielo hasta el suelo, el cambio de estación es inminente. Juan entra al metro, por instinto camina al inicio del pasillo y toma el último vagón, que va lleno, observa a la gente de su alrededor, parejas que sienten la necesidad de tocarse y besarse todo el tiempo, y cuanto más, mejor. Todos en el mismo lugar, buscan la necesidad de sentirse dentro de una comunidad que les abrigue: la comunidad gay.

Ahora las cosas son distintas, algunas experiencias están en el pasado, pero aún se recuerdan.

Era la primera mitad de los años ochenta, la ciudad pronto se habría de destruir en sus cimientos y la apertura del gobierno era una fantasía totalitaria; la mentalidad se expandía cada vez más y la libertad sexual se percibía con la yema de los dedos en el cuerpo de otra persona.

Para Juan, las imágenes son desempolvadas cada vez con menos dolor. Ya puede recordar sin ansiedad, desesperación o depresión sus pasadas experiencias por agresión tras ser discriminado por su orientación sexual. Recuerda sus preferencias sexuales desde que tuvo edad para elegir, cuenta que lo expulsaron de la secundaria cuando aceptó que le gustaban los hombres (la escuela pensó que era un alumno peligroso y podía contagiar a los demás).

Es un ejemplo, sí, del cómo no agachar la mirada y encoger los hombros para defender lo que eres, lo que te gusta y cómo piensas. Sufrió dos atentados contra su vida por homofobia, en una ocasión trataron de acuchillarlo, “decían que gente como yo no merecía vivir”. La segunda vez que sintió desesperación extrema fue cuando estudiando en Hidalgo dos compañeros pasaron en un caballo con la idea de atarlo y arrastrarlo a trote. Agresiones, humillaciones e intentos de muerte, Juan me cuenta con voz grave que cuando preguntó por qué le hacían sufrir de esa manera, por qué le trataban así, sus agresores sólo contestaron: “Porque eres puto”.

Aceptar y luchar a favor de las diferencias sexuales es ya de por sí un logro; sin embargo, una batalla ganada más en el historial de Juan es su victoria frente al VIH. El mundo le cambió hace 30 años cuando supo que era VIH positivo (uno de los primeros cinco casos registrados en la ciudad). Era un tiempo en el que la información sobre este virus prácticamente no existía, las palabras eran nuevas, pero la amenaza al equilibrio de la vida era real. De sida no se moría nadie… o al menos eso se pensaba.

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Juan hoy resiste al virus gracias a la disciplina de los medicamentos, pero cuando se le diagnosticó hace tres décadas los casos eran poco conocidos; adquirir los medicamentos era prácticamente imposible. Así que ideó un plan: visitaba Estados Unidos para acudir a los hospicios donde ya habían muerto algunas víctimas de sida, recogía los medicamentos que dejaban, las dietas y recetas. “La muerte de unos era la vida de otros”, confiesa.

Ahora Juan puede platicar que contrajo el VIH por un abuso sexual; después el agresor cayó en el hospital de la Raza y se realizó un cerco sanitario para identificar a quién había infectado, fue cuando salió el nombre de Juan y su domicilio. Así se enteró, así le quedó en ese momento la mente en blanco, sin pensamientos, los ojos bien abiertos, el mundo bien cerrado, como si de pronto la tierra se abriera para devorarlo por los siguientes años.

Es un ejemplo, sí, del cómo no agachar la mirada y encoger los hombros para defender lo que eres, lo que te gusta y cómo piensas.

Su vida se convirtió en un compás de espera donde el tiempo no caminaba. Su familia respondió con la negación, que es lo más fácil en una situación difícil, de igual manera los amigos y conocidos. Así que como muchos casos con este virus… él optó por el aislamiento. Ya no habría amigos, ni salidas, ya no habría parejas, ni cariño, ni sexo. El mundo era diferente, desierto y amargo.

Del miedo, del aislamiento, pero, sobre todo, de la necesidad de vivir, sublimó la desesperación en fuerza y decidió que tenía que ayudar a otras personas. Tras meses y años de trabajo con él mismo, ahora trabaja en una institución pública, preside la ONG “Identidad saludable” y es terapeuta.

Aunque la mayoría de las veces (o casi siempre) sea mejor no repasar el ayer y el dolor de lo que fue, en el caso de Juan es justamente su historia la que lo convirtió en el héroe que vive para contarla. Sabe que hay que regresar al pasado para cerrar ciclos, sabe que tener una pareja sentimental que acepte caminar contigo no te hace más ni menos; piensa en todo ello cuando el tren baja la velocidad, y se encamina a la puerta, para regresar a su rutina.

Hoy nadie ve que entre el sexo y la realidad haya un huracán de sentimientos. No importa la orientación sexual, tal vez todos, como Juan, sólo tengamos ganas de desempolvar lo que viejas batallas marcaron en nosotros para aceptar con orgullo las que sigan.

Ilustración de Luis Montiel

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¿Qué tan difícil es ser gay en el ambiente laboral?

El trabajo sigue siendo uno de los lugares más difíciles para salir del clóset. Un 55% de las personas lesbianas, gays, bisexuales y transgénero en México dice que nadie o pocos compañeros de oficina saben de su orientación sexual o identidad de género, mientras que 35% han sido víctimas de algún tipo de discriminación en su espacio laboral, revelan los datos de la Primera Encuesta Nacional sobre Homofobia en el Trabajo.

“En el proceso de selección de mi primer empleo nunca me preguntaron si era gay, pero cuando mi jefe lo supo, cambió su trato hacia mí, al extremo de que tuve que renunciar porque me resultaban incómodas cosas como pedirle una junta”, relata Raúl, experto en Finanzas, que ha trabajado en tres empresas durante los últimos ocho años.

“Sufrí tanta presión, que en mis otros dos empleos preferí ser más discreto porque no quería volver a vivir cosas, como que siempre que tenía que hablar con un director le pedía a la secretaria que se quedara”, dice el ahora gerente de una empresa de telecomunicaciones, en la que ha optado por salir del clóset de manera “paulatina”.

“Mis jefes directos saben que soy gay, y ellos me sugirieron que no lo ocultara, pero que era preferible que las personas conocieran primero mi trabajo y luego cualquier otro aspecto de mi vida personal”, apunta.

En esta Encuesta, realizada por la organización Espolea AC, Foro Enehache y la Comisión Nacional de Derechos Humanos, también se encontró que a 14% de los entrevistados se le ha negado un empleo a causa de su orientación y que a 20% de las personas LGBTTTI se les ha preguntado sobre su orientación sexual o su identidad de género antes de ser contratadas.

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En México, las empresas no están obligadas a incluir temas de inclusión laboral que se refieran directamente a las personas LGBTTTI; únicamente la Ley Federal del Trabajo prohíbe cualquier práctica de discriminación.

“Seguramente hay muchos más casos de discriminación laboral en el sector público y privado contra la comunidad LGBTTTI de los que no tenemos conocimiento, ya que no se denuncian”, subraya Alfonso García Castillo, coordinador de Atención y de Educación por la Igualdad y la No Discriminación del Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación en la Ciudad de México (Copred).

“A veces, la manera en la que una persona se expresa es motivo de burla, pero el caso más grave es el de las personas trans, quienes llegan a vivir situaciones de rechazo mucho más evidentes y que se presentan desde la dificultad de tener acceso a un trabajo”, indica García Castillo.

Ante este vacío legal, Copred, que es una dependencia del Gobierno de la Ciudad de México, además de participar en iniciativas que impulsen la creación de las políticas necesarias de parte del Estado, lleva a cabo diversas acciones, como invitar a las empresas a que se integren a un pacto en el que se comprometen de manera voluntaria a implantar programas de inclusión de todo tipo, incluyendo a la comunidad LGBTTTI.

Ilustraciones de Abraham Bonilla Nuñez.