Salud

¿Por qué el ciberacoso es tan peligroso?

El ciberacoso es una variante del acoso habitual que se realiza a través de distintos medios de comunicación electrónicos, ya sea con ofensas, insultos o al divulgar información personal de otra persona. Esta dinámica ha ido en aumento entre los acosadores adolescentes, pues estar tras la pantalla, les permite sentirse protegidos y empoderados. Pero lo preocupante, es el incremento del número de víctimas que esto representa.

Estudios realizados en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR) han encontrado una estrecha relación entre el ciberacoso y los altos niveles de estrés y ansiedad de las víctimas, pues el constante bombardeo de amenazas o la réplica de comentarios en redes, potencializa el daño, en comparación a un acoso normal.

Esto se traduce en daños importantes para la salud, pues se comprobó que los acosados tienden a aumentar la secreción de cortisol (una hormona producida por la glándula suprarrenal) como respuesta al estrés. Esta hormona provoca el incremento de los niveles de azúcar en la sangre, debilidad del sistema inmunológico y una deficiencia en la formación de huesos.

En uno de los estudios de la Universidad, 371 adolescentes de entre 11 y 18 años respondieron si alguna vez habían recibido ofensas o amenazas a través de internet o si lo habían enviado alguna vez. Posteriormente, para comparar los niveles de cortisol seleccionaron 60 adolescentes al azar para medir su secreción a lo largo del día.

Con esto se demostró que, al menos un 10% de los participantes, eran víctimas del ciberacoso y que las cibervíctimas en riesgo muestran una mayor producción de la hormona, en contraste con los acosadores.

Además, basados en el perfil psicológico de los estudiados, los investigadores plantearon la siguiente clasificación de las personas involucradas en el ciberacoso:

  • Cibervíctima en riesgo: es la víctima en reciente contacto con el acoso. Se sabe que es quien más sufre, pues mantiene un nivel de alerta bastante alto y constante.
  • Cibervíctima grave: su nivel de alerta es ligeramente inferior al de la cibervíctima en riesgo, pues lamentablemente ya está más habituado a vivir con altos niveles de estrés.
  • Cibervíctima-agresor: es gente victimizada que para canalizar la frustración y ansiedad suele victimizar a alguien más.
  • Ciberagresor: se trata del verdugo habitual de las víctimas. Utiliza insultos y difamaciones para actuar, gran parte de las veces desde el anonimato o desde una falsa identidad.
  • Ciberobservador: es el testigo visual. Aparentemente es el más ajeno a la situación, pero muchas veces se convierten en cómplices del acosador al no denunciar.

Erradicar estas conductas no es fácil porque la cantidad de gente involucrada en ellas. Sin embargo, la buena educación desde casa y una mayor atención de lo que los adolescentes ven y hacen en internet puede ayudar a disminuir este tipo de agresión.

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Acoso callejero: normalizar la violencia sexual

“Deberían agradecer que las chuleen” o “Cómo les encanta quejarse” son algunos de los comentarios que una mujer invariablemente escuchará (y de los “menos agresivos”) cuando denuncie el acoso callejero, un tipo de agresión tan cotidiano que pasa casi siempre desapercibido y pocas veces se cuestiona, por lo que es visto como una “exageración” o “ganas de llamar la atención”.

Desde siempre, las mujeres han preferido cambiarse de acera, hacerse las desentendidas o literalmente huir antes que confrontar a sus acosadores. Además, debido a la incompetencia de las autoridades, la mayoría deciden no denunciar para no verse envueltas en una doble victimización: primero por parte del agresor y luego por el sistema de justicia que suele poner en duda la veracidad de las denuncias e intenta responsabilizar a las víctimas preguntándoles cosas tan absurdas como por qué iban solas y qué tipo de ropa traían.

(Campaña contra el acoso callejero realizada por el Observatorio contra el Acoso Callejero de Chile)

 

Esta ausencia de denuncias ha provocado que la percepción de la gravedad del problema sea mucho menor, cuando en realidad, ocho de cada diez mujeres mayores de 14 años aseguran haber sufrido algún tipo de acoso callejero.

Según la Ley de acceso a una vida libre de violencia, que opera en la Ciudad de México desde marzo de 2008, el acoso callejero es un tipo de violencia sexual que abarca desde las miradas, los chiflidos y los comentarios, hasta el contacto físico. Sin embargo, a pesar de estar tipificado por esta misma ley como un delito, no se prevén sanciones para los agresores.

Acoso y libertad de tránsito

El acoso callejero no sólo violenta el cuerpo de las mujeres, sino que vulnera su libertad de tránsito; es decir, a pesar de que, en teoría, el espacio público nos pertenece a todos, las mujeres no podemos transitarlo con la misma libertad con que lo hacen los hombres.

Antes de ir a algún lado, las mujeres siempre debemos considerar cosas como la hora del día, si los lugares por los que pasaremos estarán demasiado oscuros o solitarios, y mientras transitamos, corroborar varias veces que nadie nos siga… Para nosotras, hacer uso de la vía pública significa no bajar la guardia en ningún momento, al grado de que existen determinadas partes de la ciudad o determinados horarios en los que es impensable que salgamos a la calle, a no ser que “nos estemos buscando algo”.

Mientras que las mujeres tienen que pensar todas estas cosas cada vez que andan solas, o acompañadas de otras mujeres, los hombres rara vez se preocupan por su seguridad cuando van solos y mucho menos cuando van en grupo. Finalmente, el espacio público no es tan de todos como pensamos. 

El estrés de vivir a la defensiva

Vivir el acoso de manera constante es agotador. Debido a que nuestra cultura enseña a las mujeres a “cuidarse” en lugar de enseñar a los hombres a no atacar, el acoso pasa a ser enteramente nuestra responsabilidad: hay que evitar provocarlo, aún cuando la mayoría de las veces da igual la ropa que llevamos, la hora, o si había mucha o poca gente en la zona.

Esta situación es la causante de que gran parte de las mujeres vivamos continuamente estresadas y gran parte de nuestra energía se vaya en preocuparnos por nuestra seguridad en la calle. Precisamente por eso, denunciar y combatir el acoso callejero no sólo se trata de hacer valer nuestro derecho al espacio público, sino también de exigir nuestro derecho a vivir en paz.