Tatuarte el cuerpo puede ser tan banal como trascendente, todo está en el valor que le des.

Por Shantale Carrera

Iba en la universidad y un día cualquiera entre clase y clase fui con un par de compañeras a buscar dónde tatuarnos. Yo me tatué una margarita en la cintura. Como referencia la escuela está ubicada cerca de la Zona Rosa (en la nueva Ciudad de México) y en aquella ocasión en lugar de hacer tiempo en el Vips de Niza o el billar de la Escuela Bancaria en Reforma, nos lanzamos a realizar un acto de valentía.

A los 19 años no tenía mucha visión y me creía capaz de lograr lo que fuera, imparable –aún conservo mucho de ese ímpetu, toda una #forever. En ese momento no pensé si hacerme una flor para el resto de mi vida era buena idea o no, ni si la margarita era mi flor preferida o si el tamaño era el adecuado (nadie me advirtió que con los años la tinta se correría y quedaría como una mancha por ser tan pequeño).

Foto: Shutterstock

Hace poco más de un año me fui a pasar vacaciones de Navidad a Los Ángeles con mi familia que vive allá. Mi prima Jenn y yo recién habíamos terminado con nuestros respectivos novios; veíamos películas de amor y comíamos muffins y donas todo el santo día. Hasta que se acercó el Año Nuevo; lo recibí con un resfriado de esos que te tumban, me encontré mirando al techo deseando que mi vida fuera un poco menos emocionante; pensé “ya se me está pasando la mano” y cosas como “no vuelvo a permitir que un hombre determine mi estado de ánimo”. Así que tomé la computadora y busqué imágenes de mariposas hasta que encontré la que quería traer conmigo a manera de recordatorio de que el cambio es inevitable y natural, de que debía evolucionar y volar.

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Siempre he sido una romántica y por más que cumplo años, no se me quita. Salí de la habitación de Mario y Luigi (mis sobrinos me ceden su recámara cuando voy) y le dije a mi prima que fuéramos al Tattoo shop que estaba cerca de su casa, justo al lado de la tienda de las donas sabor maple con trocitos de tocino encima y en donde ella ya se había hecho un tatuaje muy bonito. Le conté a Jenn mi idea y se la vendí tan bien que decidió hacerse ella otro. Nos pusimos la misma mariposa y en el mismo sitio, algo que lejos de parecerme poco original, me encantó por el hecho de compartir un símbolo para siempre (ahí voy de romántica otra vez), pues ella y yo conectamos desde pequeñas, aún sin hablar el mismo idioma, de algún modo nos entendíamos y llorábamos amargamente al despedirnos en los aeropuertos (incluso a la fecha).

Como sea, ese fue el primer tatuaje que tuvo sentido para mí y a raíz de eso pensé en hacer algo con aquella margarita diminuta que traía cargando en la cintura desde el 2000, aquella época en la que no sabía nada de la vida, en la que yo era una versión que poco se parece a la de hoy.

Foto: Shutterstock

En 2016 llegué a España con la idea de estudiar un curso; también es verdad que me motivé a alejarme porque llevaba días sumergida en un hastío que fácilmente podía convertirse en algo más si no le ponía un alto y qué mejor manera de hacerlo que viajando…

Después de dos semanas en Madrid y con un deseo brutal de crecer tanto en lo personal como en lo profesional, decidí (entre otras cosas) que haría algo con ese antiguo tatuaje y lo renovaría para que esta vez tuviera significado.

Un lunes de mucho frío caminaba por la calle y me equivoqué de dirección por no sacar las manos de los bolsillos y buscar el camino en el mapa. No me pareció grave, al fin y al cabo prisa no llevaba y nadie me esperaba en casa. Subía a pie por la calle de Atocha y una chica llamó mi atención porque el labial oscuro que llevaba resaltaba mucho en su piel blanca, fumaba afuera de un estudio de tatuajes. Lo llamaré ‘estudio’ en adelante porque no era un local modesto, lucía profesional, tenía buen rollo como dicen los madrileños. Como sea me seguí, pero no por mucho, a los cuantos pasos di la vuelta y volví a preguntar por opciones para renovar mi margara –como me referí a ella los últimos años-.

Entré al sitio y de entrada me sentí acogida por los 23 grados de calefacción, las caras amistosas, la vibra y el olor a café. Había una sala con sillones de piel decorada con cuadros y afiches, bomboneras con caramelos de miel para quienes esperábamos turno,  unas esbeltas columnas interiores con acabado barroco y sonaba de fondo rock en alguno de sus subgéneros de metal. Hablé con Irene, la dueña y la misma chica que antes fumaba. Ella escuchó con atención mi idea de rediseñar la ya marchita margarita y me recomendó que regresara después y lo hablara con Óscar, su pareja y el tatuador estrella del estudio, quien se encontraba tatuando en Suecia en ese momento, pero que volvería al siguiente día.

Así lo hice, volví y conocí a Óscar, el rubio que andaba de gira y quien ya estaba al tanto de mi caso. Miró mi pequeño tatuaje y al mostrárselo me preguntó en tono empático si había notado que los tatuajes pequeños con los años se convertían en manchas de tinta, a lo que respondí con cara de que no tenía la menor idea, que claro que sí.

Después de que pusieron precio y acepté, se tomaron un día más para trabajar en el boceto, lo que me pareció muy profesional. Consultarlo con la almohada 24 horas fue un gran comienzo para darle un giro a mi toma de decisiones por demás impulsiva.

Así que mi cita para el tatuaje fue el miércoles 20 de enero a las 11:30, misma mañana que amanecí resfriada y no tenía ganas de salir. Pero como suelo, cumplí y me presenté a la cita. Al acercarme al estudio (1977 Tattoo Parlour Madrid), noté que estaban en la banqueta Irene y Óscar, quienes me saludaron con una sonrisa al hacer contacto visual. Me preguntaron si estaba nerviosa y les respondí que no, sin más entramos a poner manos a la obra.

Ya adentro, el artista que haría magia en mi piel me mostró el boceto, fue increíble cómo Oscar captó mi idea a la primera, como si hubiera sabido de antemano lo que yo tenía en mente. Incluso al escuchar su propuesta de color pensé “este tío sí que conoce su oficio o de verdad soy muy predecible”.

Pasamos al cubículo donde pasaría las siguientes dos horas esperando que me marcara para toda la vida. Fue muy delicado y lo noté comprometido con la causa, me explicó paso a paso lo que haría cual si fuera mi primera vez y me ofreció que charláramos si yo quería para que me fuera más fácil lidiar con el dolor y claro, para él cerciorarse de que yo siguiera consciente. Le agradecí el gesto, pero le expliqué que a mí me funciona mejor guardar silencio y concentrarme en mi respiración. Así lo hice; me dio “mi espacio” (y éste sí lo entrecomillo considerando que estuvo apoyado en uno de mis muslos y el hueso de la cadera todo el rato). Solamente preguntaba de vez en vez si me sentía bien.

Mientras él pasaba la punta de la aguja por mi cintura, me imaginaba que era calor en lugar de dolor lo que sentía, como esas veces que el agua de la regadera sale tan fría que comienzas a sentir como si estuviera hirviendo o como cuando vas al dentista y sólo de escuchar el instrumental, tu cuerpo se desvanece y por momentos te abandona.

No suelo ser miedosa, al contrario, pero sí aprehensiva y es por eso que he desarrollado estrategias para distraer mi atención de un hecho que me lastima o me incomoda. Buscar analogías me resulta útil en menesteres como éste en el que debo conservar la calma aún sabiendo que es dolor lo que estoy experimentando.

Finalmente y después de una hora y 45 minutos de llevar una conexión genial, terminó de dibujar a mi compañera de vida: La pluma. Escogí una pluma de cisne, la que mejor sirve para escribir; la elegí con la intención de recordarme que escriba, siempre y donde sea, que me lo debo. Las aves son seres especiales, hacen de manera natural e involuntaria lo que para nosotros es un sueño: volar, el acto que mejor representa la libertad. Está además, mi estancia en España, en la que escribí una nueva historia; así que está llena de simbolismo.

No reseñé mi experiencia con intención de promover los tatuajes, tengo claro que a quienes les gusta tatuarse no necesitan empujón y a quienes no les interesa o no les parece buena idea, ni aunque les escriba con dedicatoria todos los días. Simplemente les comparto lo que viví literalmente en carne propia.