Respiremos más. Suena fácil, ¿no? Hasta simple. Es algo natural. Para sobrevivir lo hacemos día y noche todos los días. Hasta podríamos pensar que tenemos maestría en respirar puesto que lo hacemos sin descanso.

Por Shantale Carrera

 

Foto: Shutterstock

Hay tantas razones por las que respiramos además de para seguir vivos. Una de ellas, para guardar la calma cuando estamos nerviosos, enojados o para recuperar el ritmo cardiaco después de que nos agitamos sea cual sea la causa.

Yo no recuerdo que de niña alguien me haya enseñado a respirar, a menos que cuenten las competencias con mis hermanos en la alberca para ver quién toleraba más tiempo debajo del agua. De hecho, solía privarme al llorar justo porque no respiraba sino que expulsaba todo el aire con sollozos.

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Luego de adulta descubrí que hay un mundo zen que depende en gran parte de la respiración y fue entonces cuando exploré formas de meditar e inspirarme sin necesidad de algo más que una serie de respiraciones, enérgicas ordenadas y luego suaves y prolongadas. Hasta ahí ya se trataba de un gran hallazgo.

Por otro lado, en situaciones mucho menos placenteras, descubrí que mediante un ritmo de respiración controlado podía recuperarme de sustos y sorpresas, esas de las que te ponen en alerta y alteran tu sistema nervioso. Es decir, puedes salir solo o hundirte en una crisis de ansiedad, todo depende de cómo respires.

Hoy, que ya he experimentado distintas maneras de respirar, les comparto que acabo de explorar una más y que es por mucho la más placentera: la respiración compartida.

Una persona con la que te sientes conectado tanto espiritual como físicamente, puede llegar a sincronizar su ritmo cardiaco con el tuyo. ¡Ya sé! Llegué al clímax de la cursilería al decir esto, pero sí ocurre. Cuando no haces nada más que vibrar con el otro, cuando solo escuchas su respiración y la tuya se logra una conexión especial; si te acercas a esa persona y sin siquiera mirarle y menos aún hablarle, solo respiras en su rostro de manera que ambos puedan escucharse y olerse, aquello se vuelve un deleite de otro nivel.

Quienes saben de hormonas estarán completando mis oraciones en la mente. Yo sé que con una breve tarea de investigación quedaría resuelta esta cuestión. Sin embargo, opto por comparar la respiración a la intimidad de la pareja; prefiero atesorarlo como un recuerdo de un acto sexual libre de palabras en el que no penetra nada más que lo inefable. Un momento que de no haber sido delicado y prolongado, habría definido como primario y hasta salvaje.

Lo mejor de la respiración es que no importa si la aprecias o si la haces consciente; ésta siempre regresa a ti, no duerme ni para de regalarte nuevas posibilidades.

Si explotáramos nuestra capacidad de respirar, podríamos disfrutar de tantos beneficios que nos trae, aunque con ello se perdería un poco el misterio de los estados mentales a los que llegamos con su ayuda.

Se habla tanto del poder de las palabras; nos enseñan a expresarnos y a sobrevivir ofreciendo disculpas o discutiendo, enamorando con flores o minifaldas y nadie nos dice lo que podemos lograr respirando. La comunicación se ha tornado más textual, la medicina más poderosa, pero seguimos sin aprovechar algo aún más básico: el poder de la respiración.

Si tan solo habláramos menos y respiráramos más…