Mi cerebro azucarado se puso creativo en vuelo. No entiendo para qué tanto antifaz y estar cazando un asiento en ventanilla si me voy a poner a leer y escribir todo el maldito vuelo CDMX-Las Vegas. No debí darme ese rol de canela antes de abordar, la cagué.

Por Shantale Carrera

Foto: Cortesía Though Catalog

 

Fue una mañana dura al darme cuenta que soy una #foreveryoung con alma retro-intelectualoide. Cruda realidad no cabe duda. Tengo la ambiciosa tarea de llegar a una nueva lectoría (nueva para mí, ya sé que tiene años que existen): los millennials. Esos jóvenes nacidos antes de 1980 –es lo que tengo más claro puesto que yo nací en ese año y obvio podría ser una–. Me cae el 20 (ahí voy a reforzar mi edad con frases domingueras) de que no sé cómo hablarles.

Mientras lo descubro, pido a la azafata que me sirva un té –llevo un par de meses bebiendo té en lugar de miles de tazas de café– y me aplica la de “solamente hay café” cual si yo no supiera (fui sobrecargo, gracias) que claro que hay, pero qué flojera ir por él… en fin.

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Devoré la revista de abordo y lamenté no haber llevado una libreta, porque mis ideas quedaron plasmadas en las páginas del final en donde te muestran las nuevas rutas de la aerolínea y me está costando trabajo pasar en limpio en este momento.

Un grupo de auditores desmadrosos venía echando fiesta a mi lado y tampoco traía auriculares (parezco nueva me cae); pero defendí con uñas y dientes mis breves minutos de inspiración. Por fortuna, esa misma azafata dio el anuncio de que habría turbulencia y que debíamos tomar nuestros asientos. El vuelo más tranquilo y con menos movimiento de mi vida, pero el truco sigue funcionando para sentar a los pasajeros. Toda una profesional, sí se las sabe.

Ahí la llevaba con mis notas, hasta que me dio tal mareo que si no fuera porque una sabe, juraría que estoy embarazada (un embarazo sicológico no está descartado). Apañé la bolsita de mareo y me la dejé a la mano. Santo remedio, los pasajeros de mi fila le bajaron diez rayas. Debe ser que ya no estoy habituada a leer en movimiento (o simplemente a leer), pensé.

Mientras sigo descifrando cómo parecer menos ruca y más millennial en mis textos, veo cruzar por el pasillo a Jaime Maussan e irremediablemente me desvié a los ovnis. Nunca antes les había dado importancia, pero en ese momento me distrajeron.

Todo esto ocurrió un día después de que caí en cuenta que soy una #chavorruca treintona (lo de treintona no era necesario, ¡auch!); misma semana en que emprendí un exhaustivo trabajo de investigación para aprender algo acerca de la tribu millennial, esa generación que dominará el mundo en 3, 2…