Esa pequeña parte lo logra todo… y más. Con la lengua llegamos a espacios de difícil acceso, saboreamos la vida, probamos la temperatura y textura de todo aquello que queremos meternos en la boca, logramos y regalamos orgasmos, pura delicia ya lo he dicho.

Por La mojigata*

No mencionaré la comunicación ni todas las demás funciones que llevamos a cabo gracias a nuestra lengua, ese tema lo apartaré para una conversación con algún loco como yo a quien le apasione la lingüística. Hoy me voy a concentrar en los placeres más carnales que nos permite experimentar nuestra maravillosa lengua, sin nacionalidad, lengua a secas (o mejor húmedas).

“Con práctica, la lengua llega a moverse con mucha velocidad”.

Desde que nacemos nos ayudamos de ella para alimentarnos, de adultos –y algunos no tan adultos– buscamos y damos placer utilizándola. Buscamos volvernos tan diestros e incansables como nos sea posible. Incluso la ejercitamos y ya con práctica llega a moverse con mucha velocidad. Es sorprendente la relación tan directa que existe entre el uso de la lengua y la calidad del amante.

Con la lengua podemos experimentar sin hacer daño, es como la primera base antes de embestir, es “la puntita”. Podemos recorrer entero el cuerpo del otro, no así el propio y probablemente sea lo mejor, porque de hacerlo, muchos optaríamos por el aislamiento.

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Como he dicho antes, la lengua es poderosa y deberíamos usarla para crear momentos memorables. ¡No se acalambra!