Hello stranger

*Por La mojigata

Recuerdo la primera vez que tuve sexo casual. Juro que yo no hice gran cosa para provocar, lo que ocurrió fue que en uno de mis viajes de trabajo conocí a un tipo. Tenía la voz demasiado sexi y una mirada avasalladora. Nos presentó mi colega en la recepción de un hotel en San Francisco en lo que nos registrábamos (por fortuna la empresa paga una habitación para cada quien). Total, subimos los tres en el elevador y como nos asignaron el mismo piso seguramente me vio entrar en la habitación y memorizó el número porque en poco tiempo sonó el teléfono y dijo: “Hello stranger”, literal. ¡Qué huevos los de ese güey! No tuvo ni que aclarar quién era porque con esa voz lo reconocí inmediatamente y comencé a usar ese tonito poco natural que empleamos algunas mujeres cuando nos pone nerviosa un tipo, o nos pone (a secas).

Me pareció por demás atrevido, pero la inyección directa al ego me motivó a continuar la conversación.

Cabe mencionar que era temporada de futbol americano, maravilloso además que allá a cualquier hora del día enciendes la tele y hay partidos. Pero sigo con la anécdota del encuentro casual. Mientras charlamos escuchó que yo tenía la NFL en la televisión y me preguntó si podía ir a mi cuarto a ver el partido porque su tele misteriosamente había dejado de funcionar. ¡¿Es neta?! O sea ya la sutileza no se ocupa, ¿verdad? Yo como buena mojigata que soy, por supuesto le dije que no; le dije que no estaba presentable y enseguida me preguntó si ya estaba en pijama. Me pareció divertido seguirle el juego –obvio no por coquetear ni mucho menos– y lo corregí diciendo que yo duermo en jersey y choninos, nada más (de hecho en ese momento traía puesto el de mi equipo favorito).

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De pronto se cortó la llamada y alguien tocó a la puerta. #Pum #YaSeArmó

Foto: Shutterstock.

La voz siguió siendo sexi al responder del otro lado de la puerta “hello stranger“, pero a mí me sonó más como “tú sabes bien quién soy y vengo por todo”.

Abrí y actué lo más normal que pude volviendo enseguida a la cama para recostarme y no perderme ni una jugada. Él se arrimó a ver el partido a mi lado en la cama (cama que un minuto antes quedaba grande, pero de pronto se convirtió en una individual) y quedamos muslo con muslo.

La respiración de ambos ya era agitada y eso que no habíamos tenido mayor contacto que el de las rodillas, pero en pocos segundos las piernas dejaron de estar una al lado de la otra y el par de él se acomodó en el compás que formaron las mías. Entonces la camita regresó a su tamaño original, pues lo tenía encima de mí; no supe ni cómo cruzamos la línea del silencio incómodo.

No intentó embestirme enseguida, sino que para mi sorpresa y para morir del súbito enamoramiento, empezó a cantarme en el oído. ¡Sí! El tipo, además de ser un conquistador en potencia, cantaba bien (shoot me!). Para la segunda estrofa ya habíamos perdido lo que nos quedaba de pudor y con toda la fuerza de mis brazos, lo giré y me monté en él cantando la siguiente parte de la canción en ridícula sincronía. Ciertamente ver para creer, era como la escena de un musical que con un poco de suerte se tornaría en porno.

No entraré en detalles técnicos, más bien en la parte creativa que me hizo recuperar la fe, no en el destino ni en seres fantásticos, sino en la química de mi cuerpo. Mi cuerpo me habló directo, sin jugar al diablillo/angelito susurrando en mi oreja; me dijo con todas sus fuerzas que quería poseer y ser poseído por el “extraño”.

La historia no terminó allí, el encuentro dio para mudarnos a la tina (cabe mencionar que viajando sola nunca la uso), y el siguiente par de días fuimos los empleados más productivos pues terminábamos nuestras actividades en friega con tal de tener algunas horas libres. Paseamos por el muelle, viajamos en tranvía hasta Union Square, comimos y bebimos genial –como cuando sabes que la empresa te reembolsará los gastos al regreso– además de reír y romancear en cada mirada y cada roce.

Te preguntarás, por qué no llegó a más esa relación al regresar a la Ciudad de México. La respuesta es tan simple como absurda: se perdería todo el encanto, dejaría de ser una aventura de las que te elevan el ritmo cardiaco, esas durante las cuales puedes dormir poco o nada en días con tal de estar con quien sabes que probablemente no volverás a ver; créeme si te digo que se experimenta una sensación de plena libertad.

Reflexiono acerca del porqué disfruto recordar esto ahora, caigo en cuenta de que estamos en temporada de americano y eso hace que todo se sienta más cerca, al menos el recuerdo.

 

 

(Recuperado de Toc, toc, ¿quién (se) toca?)