“Nolan, no te das cuenta que hemos entrado al siglo XXI”, “El cine ya no es lo que era”, “Ya hubo quienes, en su tiempo, dijeron cosas parecidas sobre la luz eléctrica, el teléfono y el propio cine”.

Por Nuria Ocaña

 

Las películas financiadas por plataformas como Netflix y Amazon eran el centro del debate entre uno de los directores comerciales más respetados de Hollywood y el resto de la industria, representada por la voz del mexicano Alfonso Cuarón, la cual servía como contraparte. “El cine es una expresión creativa que se ha desarrollado o ¿acaso los pintores tienen que regresar a las cavernas para pintar? […]Sería tanto como decir que debe ser eternamente mudo, y en blanco y negro. Yo defiendo que los creadores usen todos los formatos existentes”, sentenciaba Alfonso, tratando de establecer un diálogo abierto con el director de Dunkerque sobre la realidad actual de la industria cinematográfica. Sobre pérdidas y ganancias.

Foto: Wikimedia commons

Un diálogo en el que apocalípticos e integrados han preparado cada vez más y mejores argumentos para reclutar discípulos y definir la realidad del cine y sus espectadores. Y si hay puntos en desacuerdo, al menos hay uno que congrega a todos: Netflix está transformando dicha realidad. Tras aparecer en escena en 1997, ofreciendo la renta de películas en línea o DVD’s a domicilio, la compañía empezó a comprar contenido original la primavera del 2011 para que en su tarjeta de presentación no sólo se leyera “servicio de streaming”, sino también “de producción”.

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En febrero de 2013, el estreno de la serie House of Cards –bajo la dirección de David Fincher (The Fight Club, 1999 y The Social Network, 2010)– se convirtió en un punto y aparte de la discusión ganando algunos pasos de ventaja al registrar a los actores, el género y los directores más solicitados en su buscador, obteniendo a cambio las mejores valoraciones, los días con mayor audiencia y los mayores tiempos de permanencia gracias a la serie. El big data haría que House of Cards se convirtiera en la favorita de millones de espectadores antes de que éstos lo supieran. Orange is the New Black (Netflix, 2013) confirmaría la fórmula y, a partir de entonces, a la industria del streaming el mundo le pareció pequeño.

Foto: Flickr

Al “Factor N” (Netflix), como varios analistas lo han bautizado, le siguieron compañías como HBO y Amazon. Ahí, Netflix volteó para mirar de reojo a sus competidores y decidió saltar a los largometrajes, garantizando mantenerse a la cabeza.

Cuando The Square, documental bajo su producción, fue nominado a los óscares en 2014, la crítica especializada alzó las cejas pero, en 2017, al anunciar que el presupuesto de la cinta protagonizada por Will Smith, Bright, contaría con un presupuesto de 90 millones de dólares, lo mismo que cualquier blockbuster producido por Universal o Paramount Pictures, el nicho de la industria cinematográfica azotó las manos sobre la mesa, impotente ante la nueva realidad.

El streaming nació en un contexto en el que cada vez más personas cuentan con diferentes dispositivos electrónicos que les permiten decidir qué, cuándo, cómo y dónde ver los contenidos, y su alojamiento en línea hace también posible ver el mismo estreno en diferentes partes del mundo en tiempo real. Por otro lado, el ritmo de las producciones ha cambiado gracias a avances tecnológicos que han inyectado rapidez y calidad en las técnicas de filmación y al fenómeno de la segmentación: contenidos propios de cada país que responden a los intereses de su público.

Las bondades poco importan para los enamorados de los 35 milímetros y las marquesinas, aunque lo cierto es que la tecnología rebasa cualquier industria, incluyendo la del cine. En tres años, aseguran los expertos, el streaming ostentará la corona de toda la industria audiovisual.