Hay un rincón al norte del país donde la luz pega diferente. Para el comelón, el chelero o el que quiere aprender de vinos, basta un viaje a Baja California para empezar a agarrar camino y más kilitos.

Por Pedro Reyes

Apenas aterrizo en TIJUANA y ya celebro el hecho de que tengo dos horas más del día. Los husos horarios no siempre son rivales para el viajero. Tenía ya reservado el coche así que emprendo mi ruta más rápido que aquellos quienes sólo buscan cruzar al gabacho.

HACE HAMBRE. SIEMPRE HAY HAMBRE. Y Baja California es un buen lugar para tenerla. Mi primera escala es en el restaurante Erizo, donde el responsable en mitigar ese hueco en el estómago es un taco tijuanero, un finísimo exponente del surf ‘n’ turf que se puede probar en una tierra en donde el ganado y los pescados se dan rebién: pulpo, cecina de res y camarón enchilado conviven en el taco que me quita el ayuno. Para resbalar, una Vaquita Marina, una cheve artesanal de la cervecería Wendlandt que brilla por su carácter lupuloso y algo cítrico. Tijuana –y Baja California en general– tiene una cultura importante de cerveza local, quizá por la cercanía con San Diego (cuna absoluta de la cerveza artesanal en el mundo) y también por su historia regional. Una vez repuesto, retomo el camino. El destino: Ensenada.

LA PUERTA DE ENTRADA

Sin temor a equivocarme, una de las carreteras más bonitas del país es la que divide Tijuana de Ensenada. Si bien el destino último de mi roadtrip de hoy es el Valle de Guadalupe, la antesala es una de mis partes favoritas. Ensenada y sus carretas de mariscos son escala obligada para quien se jacte de disfrutar comer. Ya sea con el famoso Güero o con la maravillosa Sabina Bandera y sus insuperables tostadas de la Guerrerense –o bien, un taco de pescado con Lucy, o una almeja a las brasas del Primo Nava– Ensenada siempre ha tenido una cultura marisquera inigualable por tener marisco de dos aguas distintas, la del Pacífico y la del mar de Cortés. Otra parada que no perdonaría mi pancita chelera es la cantina Hussong’s, un espacio lleno de nostalgia, buena vibra y bebedera maciza. Al caer la tarde, la banda norteña que interpreta éxitos de Queen y Pink Floyd alternando con mariachi queriendo imitar las de José Alfredo, reiteran por qué cada vez que se está en Ensenada hay que pasar por aquí. Larga vida al Hussong’s.

Foto: Shutterstock
LA LUZ QUE PEGA DIFERENTE
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Despierto con algo de resaca y poca voz. Ya hablamos del remedio: las amo, carretas de mariscos. Una vez sudado el tequila y desconstipado, vuelvo a tomar camino hacia la carretera Ensenada-Tecate en un tramo mejor conocido como la ruta del vino. Por sus condiciones climáticas, el Valle de Guadalupe es el sitio propicio para el movimiento
vitivinícola más consolidado del país. Pegado a toda región de vinos que se respete, siempre le sigue una escena gastronómica importante. El Valle de Guadalupe no es la excepción. Gracias a ello, la Baja se ha convertido en un spot indispensable para foodies del mundo. Tengo una reservación a las tres de la tarde en Finca Altozano, un asador campirano del chef Javier Plascencia que presume siempre filas de locales y extranjeros
que buscan una mesa. ¿Por qué tanto alboroto? Porque en Finca Altozano, además de que la comida es una gozada –lechón en caja china, codornices al carbón, almejas, risottos…,
este es un lugar que te invita a quedarte toda la tarde, entre botellas de vino de la región, café, carajillos y un escenario que no acepta comparaciones: el restaurante está inmerso en un viñedo donde, al atardecer, el sol empieza a pintar todo con una luz que sólo he visto en el Valle de Guadalupe. Aquí la luz pega diferente. Y, ni hablar de las estrellas, que no tardan en llegar. Soy un p*nche afortunado.

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SI NO QUIERO VINO, ¿A QUÉ VINO?

Uno de los grandes atractivos del Valle es visitar sus bodegas. Una de las que escogí es Monte Xanic, su historia comenzó en 1987 con cinco socios, en la actualidad es, probablemente, la bodega con la mejor infraestructura para visitantes que, como yo, vienen a conocer más del vino de acá. Lo mejor es que no se queda en infraestructura,
las etiquetas de sus diferentes varietales hablan muy bien de la marca. El recorrido empieza en la barra de degustación, de ahí se conoce el proceso de elaboración desde la sala de fermentación y, posteriormente, me llevan a la cava subterránea, un espacio frío pero espectacular donde descansan todas las barricas de Monte Xanic. Finalmente, una cata y un paseo por los viñedos. Estar en el Valle de Guadalupe es, indiscutiblemente,
echarse un clavado en vino. Y eso es precisamente lo que hago. No encuentro mejor forma de dejar pasar el tiempo. Solo o acompañado ¿qué más da? Además, el vino abre el apetito y, bueno, ya hablamos de que para abrirme el deseo… no hace falta mucho esfuerzo.

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EL HUERTO DE LOS SUEÑOS

Eileen y Phil Gregory son los responsables de un proyecto que incluye un hotel boutique, una etiqueta de vino –de nombre Vena Cava– y uno de los mejores restaurantes del país. Precisamente es en su hotel, La Villa del Valle, donde paso mis noches de este viaje. Con panorámicas hacia los viñedos y los olivos, este santuario en medio del valle es perfecto para un viaje a solas, con amigos o en pareja. Además, el gran atractivo para mí es la posibilidad de cenar en el restaurante Corazón de Tierra, del chef Diego Hernández Baquedano. Este restaurante, rodeado por ventanales que dejan entrar la luz de la que ya les hablé, es un oasis rodeado del huerto que alimenta el menú de cada día, que cambia en
relación a la cosecha y al ingrediente disponible. Es claro que en la Baja el ritmo de vida es más lento, lo mismo para los ingredientes y las estaciones que para el viajero. Acá parece que el tiempo está detenido. Por eso no tengo planeado regresar el coche pronto.