La Forma del Agua de Del Toro ha sido considerada por la crítica como su mejor película desde El Laberinto del Fauno.

Por Enrique Navarro

 

Foto: Cortesía 20th Century Fox

LA FORMA DEL AGUA tiene como protagonista a un monstruo y, además, el universo del fllme posee un cierto tono oscuro. Pese a que estos elementos no suelen asociarse al amor, ésta es su película más romántica. Si el amor se ve como algo líquido, que no tiene forma definida, entonces no es difícil entender que entre una mujer muda y un humanoide anfibio pueda haber aceptación, comunicación, entendimiento, deseo carnal. El cineasta tapatío exploró esta idea y el resultado en pantalla es una carta de amor a la cinematografía. La historia, que ganó el León de Oro del Festival de Cine de Venecia, se centra en Elisa Esposito (Sally Hawkins), una mujer muda que limpia un bunker militar de investigación en el que se hacen pruebas a una bestia llevada desde Sudamérica (Doug Jones, actor fetiche de Del Toro). Entre ellos nace un amor cómplice, pero, sobre todo, honesto, de aceptación.

Con diálogos cuidados y una estética impecable, el espectador puede sumergirse, literalmente, en la película. La paleta de colores se basa en las tonalidades del agua, aunque un intenso rojo habla de la vida, el cine y el amor; la luz va de lo frío a lo cálido generando una sensación de sosiego. Los detalles fueron de lo más cuidados y no hay un solo elemento a cuadro que no comunique algo; además, contiene subtexto político y social porque retrata la discriminación racial y homofobia del Estados Unidos de principios de los sesentas. Para Del Toro, lograr la suma de todos los elementos que destaca en esta cinta hace de ésta su carta de amor al cine. Pero es en la complicidad de estos dos personajes donde se descubre la verdadera forma del amor.

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