¿Putas o madres? | S1ngular
Especial / Psicología

¿Putas o madres?

La neta de las netas: con todo y que tengo cuatro hijotes y que puedo decir muuuucho de criar, amamantar, pastorear, sufrir y disfrutar (los), me niego a ser del montón que exalta el tema de la ma- ternidad y “sus bondades” sólo por ser el mes de mayo.

El estereotipo maternal -tan venerado por hombres, mujeres, niños y quimeras vanguardistas- generalmente deja de lado una feminidad integrada. Si se trata de elegir -en este mundo binario que todo lo quiere blanco o negro- entre la “madrecita santa” y la “vieja zorra”, yo me brinco al bando de la putez y dejo la beatitud encerrada entre las cuatro paredes de su hogar, rezando y cocinando (y pa’ resistir, tomando una variedad de psicofármacos también). Pero ojo, al decir “putez” lo digo en el sentido más halagüeño de la palabra, porque me refiero a esa otra faceta de ser “mujer mujer”, que por no ser entendida ni respetada ni acogida ni explorada, se desprecia, menosprecia, estigmatiza, desprestigia, castiga y rechaza. ¿Qué, deveris, no se puede ser como defiende Emma Watson ante tanto desmadre que le armaron por la bellísima portada de Vanity Fair sexy y seria? ¿Qué por integrar toda una dimensión erótica, tan propia y deseable de lo humano, hemos de ser consideradas de “cascos ligeros”, facilitas, tontas, zorras y, sí, “putonas”?

Me enojo e impaciento teniendo que explicar que una no sólo puede mostrarse, moverse, reírse y vestirse como se le dé la reverenda gana, sino que para pasar “de niña a mujer” -como dice, desde antaño, el ya añejo Julio Iglesias- se requiere superar esa infantilización maternalizada y asexuada que se ha puesto como ideal femenino y que, al mismo tiempo, también es menospreciado.

Insisto: ser sensual, estar a gusto con el propio cuerpo, disfrutar del ir y venir del erotismo -esa culturización de la sexualidad que pasa por lo humano- que se convierte en un deleite, plantarse con el pecho erguido y la falda ceñida, da cuenta de madurez y no de putez. Que podemos comportarnos como objetos, no hay duda; que si queremos ser tratadas como sujetos, no hemos de vivirnos como objetos. Pero saber que somos -con gracia e inteligencia- objeto de gozo y deseo del otro desde el respeto y la igualdad, ¿no es algo a lo que aspiramos la mayoría de hombres y mujeres? Adueñémonos de nuestra sexualidad y cultivemos el erotismo. Y mostrémonos atrevidas y seductoras también, que eso no le quita puntos a nuestra inteligencia ni a nuestra credibilidad.