¿Por qué nos reímos del dolor ajeno? | S1ngular
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¿Por qué nos reímos del dolor ajeno?

No tiene caso negarlo. Todos sin excepción nos hemos sentido (ligeramente o no) complacidos al ver al alguien caer accidentalmente o darse un buen golpe, ya sea en tiempo real o en algún video de los miles que van circulando por la red.

Seguramente habrás escuchado o visto la palabra fail; este término alemán está formado por las dos palabras schaden ‘desgracia o infortunio’ y freude ‘alegría’ y lo más cercano que podríamos encontrar a este concepto en español sería “regodearse” que, de acuerdo al Diccionario de la Lengua Española, significa “complacerse maliciosamente del percance, apuro, etc., que le ocurre a otra persona”.

Aceptar que disfrutamos el fracaso de los demás suena cruel pero, como todas las demás emociones, ésta tiene una razón de ser. Un estudio realizado por los profesores Shamay-Tsoory, Ahronberg-Kirschenbaum y Bauminger-Zviely, determinó que el schadenfreude comienza a sentirse a una edad muy temprana, cuando ni la sociedad ni la cultura han ejercido una fuerte influencia sobre las percepciones personales del entorno.

Sin embargo, no es lo mismo ver a Johnny Knoxville o cualquier otro miembro de Jackass caer de una altura considerable y mirarlo revolcarse del dolor, a ver a un anciano al que le cuesta trabajo caminar resbalando en plena vía pública. Evolutivamente, esto podría asociarse al sentimiento de justicia al sentir que la desgracia sucedida fue justa y necesaria.

Cuando percibimos justicia también sentimos alivio, y con ello, disminuimos la respuesta de ansiedad”, menciona Patricia Ramírez, psicóloga del deporte y la salud, para un artículo de El País. El schadenfreude nos permite generar dopamina, un neurotransmisor capaz de hacernos sentir placer.

Ahora bien, aunque sentir esto es absolutamente humano y normal, ¿en qué momento se convierte en un riesgo para nosotros como sociedad? De acuerdo a una teoría presentada por el canal de YouTube Nerdwriter1, este sentimiento se vuelve peligroso cuando es comunitario, es decir, cuando un grupo amplio de gente lo siente por igual. Sucede en los deportes, por ejemplo, al ver perder al equipo contrario y en demás competiciones similares, pero donde más podría complicarse el asunto, menciona Evan Puschak, es en el ámbito político.

Al seguir a uno u otro candidato y ver que el candidato oponente va mal en estadísticas o en cuanto a su imagen pública, es normal sentirnos regodeados. Ahí reside la clave del éxito de Donald Trump. Sus seguidores lo siguen por su ideología, mientras que los que no somos partidarios suyos lo seguimos, indirectamente, porque es el paradigma perfecto de lo que el schadenfreude representa. Todos sus errores, sus incoherencias, vamos, el hecho de que se hubiera convertido en un chiste personificado a nivel mundial logró hacer de su figura pública un éxito mediático de colosales escalas. A Peña Nieto le funcionó su buen ver para hacerse notar y convertirse en el candidato más fuerte en las elecciones pasadas; a Trump le funcionó el schadenfreude. Si fue así o no, queda a discusión.

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