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Placeres solitarios: la compañía perfecta a toda hora

A veces, angustiada, me olvido de esta frase y supongo que habrá un futuro más tranquilo y feliz, donde pueda regar mis plantas en paz y tener la compañía ideal; pero después recuerdo que eso nadie lo tiene seguro, que puede ser que no llegue a vieja ni a tener un jardín… ni a encontrar los acompañantes perfectos. Y que hay que cultivar con mimo, aquí y ahora, los placeres solitarios.

Inconscientemente, nos aterra no saber qué va a pasar. La incertidumbre puede ser un auténtico desastre y tendemos a andar cazando la seguridad como si se tratara de un principio natural. Y no lo es. Ni siquiera la naturaleza evita sus catástrofes. Por eso, cada vez que me acuerdo, intento hacer de mi día, que es el tiempo del que sí dispongo, algo grato y, hasta donde me es posible, exquisito.

«Tendemos a andar cazando la seguridad como si se tratara de un principio natural.
Y no lo es.»

Despierto

Vienen a mi mente, además de las obligaciones del día, esos momentos y situaciones por vivir que sé que me darán alegría: parques tapizados de jacarandas, sauces, ardillas, un paseo en bicicleta bajo la caricia del aire fresco, un atardecer de fuego que pinte una alfombra hacia el paraíso… Yo soy de ahí, de esos paisajes. Allí aprendí la importancia del ser, no sólo del tener. Disfrutar de la propia existencia, escuchar a los pájaros tras las ventanas, sentir cómo calienta mi piel un rayo de sol que se cuela por ellas…

Me levanto

Preparo café, lo huelo, lo saboreo. Consiento mi cuerpo bajo el chorro caliente de la ducha. Me visto para mí; hago de mis curvas mis aliadas, no mis carceleras. Y hoy, que no debo ir al trabajo, voy al supermercado y elijo, de entre una fiesta de olores y sabores, los ingredientes exactos para cocinar a mi placer. Y qué mejor cómplice que una copa de buen vino, de mis hurones y de Leonard Cohen en el iPad. Ahí está el placer, ahí, justo donde ya está, no donde se busca.

«¿En qué momento de la infancia dejamos de reírnos hasta el punto de orinarnos, para empezar a ser más reprimidos, obedientes del “deber ser”?»

Porque si se persigue obligadamente, ¿verdad que llegamos a sentir que hasta un buen libro empieza a fastidiarnos? ¿En qué momento de la infancia dejamos de reírnos hasta el punto de orinarnos, para empezar a ser más reprimidos, obedientes del “deber ser”? ¿Cuándo la prudencia comienza a ser más importante que todo lo demás? ¿Cómo, en qué momento, los domingos de maratón reemplazan el quedarse en cama hasta mediodía, el privilegio del desayuno a las 2 de la tarde, la holganza de no salir y, por tanto, de no vestirse?

Regreso…

… de la tienda después de haber visto caras de resignación, miedo. Me digo: cuidado. Siento la sangre en mis venas; me zarandeo para estar despierta. Han llegado a decirme: “¿Cómo puedes ser tan hedonista?”, y me suena a que utilizan ese término casi como sinónimo de “egoísta”. Me atrevo a decir que es lo contrario; es no ser egoísta con la persona más amada: yo misma. Porque todo amor comienza por ahí. Amándote te sientes parte de la humanidad y estás más consciente de los deseos y necesidades de los que te rodean. Es una actitud de vida. También me han dicho: “Un día te olvidarás de tus placeres solitarios; si llegas a tener hijos, cambiarás”. Me dirán loca, pero siempre, con hijos o sin ellos, estaré buscando, bajo las piedras si es necesario, mi propio placer.

«Amándote te sientes parte de la humanidad y estás más consciente de los deseos y necesidades de los que te rodean».

Por supuesto, hay veces que procurar el puro gozo es imposible y, más que imposible, inseguro, riesgoso; porque, claro, tal como están las cosas, para sobrevivir hay que dedicar mucho tiempo y esfuerzo a asuntos necesarios pero no siempre gratos, que vienen como en paquete promocional que se compra para garantizar una “buena vida”. Pero, muchas veces pasa que, mientras más vivimos las consecuencias de dicho paquete, más nos alejamos de lo que nos gusta, de lo que nos incita a la creatividad y que hacemos por mera pasión.

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Recuerdo

Por eso, el mejor momento para equilibrar los deberes y los placeres es cuando llega esa ráfaga de conciencia que nos recuerda que no todo es trabajar, que no todo es competir. Y qué mejor recordatorio que repasar, mientras estaba atrapada en el tránsito hace rato, el café que bebí al levantarme, la ducha sensual que me di, el abrir las cortinas de la habitación para que entrara el sol y me ayudara a elegir la ropa que llevo puesta y que ha influido en mi ánimo el día entero…

Eso que a otros puede parecerles hasta ridículo, para uno puede tener una belleza escondida, vivificante.

Y otras evocaciones, no tan poéticas o encantadoras… porque a veces llegan disfrazadas de vergüenza: la canción cursi que oí en el auto después de mucho tiempo; sí, ésa que todo mundo odia y que a mí no me importa si es cursi o no. Lo que vale es lo que a uno, y sólo a uno, le significa y por qué. Porque eso que a otros puede parecerles hasta ridículo, para uno puede tener una belleza escondida, vivificante.

Sonrío

Mi sonrisa desconcertaba a otros automovilistas hartos de ir a vuelta de rueda. No les cuadraba mi alegría. Y es que estaba pensando en esos zapatos carísimos que compré hace poco aunque mi economía no está para esos gastos. Recordaba que ayer me dediqué horas al ocio, actividad que algunos consideran que equivale a no hacer nada (¡oh, sí: el dolce far niente de los italianos!). Sonreía también al saborear por anticipado el programa de tele que veré esta noche y que sé que sólo alimenta mis aptitudes “viboriles” (¡enróscate, Karla!, me dice una amiga cuando me pongo en plan burlón). Y ya preveo mi asalto nocturno: me deslizaré al refrigerador para devorarme medio litro de helado.

Me acompaño

A final de cuentas, es interesante notar que los arrepentimientos que le siguen a tantos de mis placeres culposos no duran más que unos minutos y no son tan fuertes como para evitar que los siga disfrutando (“lo bailado nadie me lo quita”). Siempre he gozado de mis amigos, ciertos familiares y de mi pareja. Pero mi mejor compañía soy yo misma. Puedo experimentar la soledad, pero no sentirme sola si disfruto ser la persona que soy.

«No tengo que defender mis placeres de nadie, es mi vida. Y la vivo, a veces con culpas, pero siempre sin disculpas»

El café de la mañana, la ducha, la elección de mi ropa para este día y este clima, la compañía de mis animales y sus juegos, las inevitables salidas para ganar el sustento, las nubes y los árboles, la comida (desde su planeación hasta su desaparición en mi boca), la lectura, el programa de televisión y, en noches mágicas, el mimarme porque sí, a la luz de las velas, con el vino perfecto, la cena seductora y el hedonismo en su punto…

Estoy en casa, en paz. Me desconecto de todo. Estoy contenta. No tengo que defender mis placeres de nadie, es mi vida. Y la vivo, a veces con culpas, pero siempre sin disculpas.