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Para alcanzar la felicidad hay que cambiar el chip

No importa la edad, ni la raza, ni la religión, ni el tipo de sexo: todos compartimos el deseo de ser felices. Desde la infancia nos enseñan a asociarla con la conquista de ciertas aspiraciones: “cuando me titule”, “cuando encuentre al amor de mi vida”, “cuando tenga un buen trabajo”, y así se van las horas, los días y los años, en los que nos transformamos en ratones corriendo sobre una rueda esperando encontrar el tesoro al final del arcoíris.

Pero la felicidad no consiste en lograr esas aspiraciones impuestas por la sociedad, sino en sentir satisfacción por lo que se ha logrado, así lo explica Alejandra López, quien desde hace ocho años que fundó el Instituto de la Felicidad en la Ciudad de México descubrió que sus pacientes tienen un problema en común: la frustración.

Un sentimiento que surge al enfocarse en ciertos acontecimientos externos o estereotipos relacionados con cosas materiales. “Hay que trabajar con la vida interna de las personas. Cultivar la serenidad, el asombro, el interés y la curiosidad”, resalta en entrevista.

Avanzar, pero imaginando con nostalgia aquello que nunca fue, impide valorar aquello que sí se tiene y que con tanto esfuerzo se ha logrado. Imaginar un futuro perfecto donde la vida sonríe es, en pocas palabras, engañarse a sí mismo, “es como aspirar al clásico de Disney: ¡Y vivieron felices por siempre!”.

Sólo hay felicidad donde hay virtud y esfuerzo serio; la felicidad es una manifestación del alma en determinadas acciones. —Aristóteles

Para la especialista, un camino que acerca a las personas a la tan ansiada felicidad es renunciar a la perfección, que es incompatible con el desarrollo óptimo de las personas. Tomar decisiones (buenas o malas) es también un primer paso hacia las sensaciones placenteras.

Otro aspecto importante es comprender que la felicidad es un compromiso que requiere de mucha atención a lo que se vive y se tiene. Cuando un paciente acude por primera vez al instituto, Alejandra recomienda un ejercicio que consiste en anotar tres cosas buenas que haya vivido a lo largo del día durante 15 días, “es una forma efectiva para darse cuenta de que siempre hay muchos más momentos buenos”, comenta.

Hay que saber enfocar la atención más en el control interno que externo. De nada sirve angustiarse porque el novio no ha llamado o el jefe no te aumenta el sueldo, pero si sales a comer con un amigo hay que disfrutar de la plática. Si haces ejercicio, hay que lograr esas 40 sentadillas. Buscar el control en las actividades que se realizan al momento. En pocas palabras, disfrutar lo que tenemos. Y sí, aunque suene cursi, valorar hasta la luz que entra por la ventana.

Sentirse feliz está relacionado con la manera en la que se percibe la situación actual, sin embargo, en una sociedad en la que predominan valores como la ambición, la generación de necesidades, surge una insatisfacción patológica, “es difícil ayudarles a darse cuenta de que es imposible obtener de ese modo la felicidad, la cual no se puede condicionar mediante el dinero y cosas materiales”, resalta la experta.

Así que con demasiada frecuencia se confunde esa satisfacción o placer temporal con la felicidad, que es en realidad un estado mental de cómo nos enfrentamos a la vida, por eso se vive enganchado al logro y a las emociones efímeras.