Sexualidad

Nos asusta… pero nos gusta

El miedo y el sexo han tenido, durante muchos años, una relación de lo más cercana y disfuncional.

Por momentos, en la historia de la humanidad, esta relación ha logrado cosas más o menos valiosas, pero nunca sin que todos terminemos pagando algún precio (aunque ni la debamos ni la temamos). Juntos, el miedo y el sexo son tan raros como esas parejas que uno termina por dejar de invitar a las reuniones porque siempre hacen alguna escena que incomoda a los demás. Se necesitan, se odian, se dañan y no se atreven a dejarse. Y, en su caso, más que seguir juntos “por los hijos”, este binomio subsiste porque cohabita y se alimenta de la vida sexual de muchísimos de nosotros.

Así, si entrevistáramos a cualquier terapeuta sexual sobre los motivos de consulta más frecuentes de sus pacientes, el miedo estaría entre los tres motivos más populares y seguro sería el resultado directo de todos los demás.

Iniciamos nuestra vida sexual con miedo a que me duela, al embarazo… la vivimos con miedo a que me rechacen, a que no se me pare, a que no me lo pida, a que me lo pida… y tememos el día en que termine

Miedo al sexo, miedo al desempeño, miedo al deseo, miedo al qué dirán, miedo a la censura, miedo a las disfunciones, miedo a las infecciones… la lista es larguísima. Lo he visto cientos de veces: iniciamos nuestra vida       sexual con miedo (a que me duela, al embarazo…), la vivimos con miedo (a que me rechacen, a que no se me pare, a que no me lo pida, a que me lo pida…) y tememos el día en que termine.

Como tal, el miedo no es absolutamente malo. El sentido de su existencia es preventivo: nos mantiene en alerta, nos hace huir de las vergüenzas (y a veces lo logra) e, idealmente, nos debería mantener saludables. La salud sexual implica, entre otras muchas cosas, la prevención de infecciones a través de, por ejemplo, el sexo protegido y el uso del condón.

Pero aquí es donde este matrimonio miedo-sexo se vuelve complejo, porque el motivo que tiene una persona para usar condón siempre y el motivo que hace a otra no usarlo nunca, es el mismo: el miedo. Esto es, a algunas personas, el temor a una infección o un embarazo las lleva a nunca querer descuidarse, mientras que, a otras, el miedo a negociar, comprar o exigir su uso puede más que su sentido de responsabilidad. Entonces, en ciertos casos, en vez de que el miedo se vuelva nuestro motor para actuar, nos paraliza y nos hace retroceder.

Si tuviéramos que darle un par de consejos a esta pareja disfuncional, podríamos plantearle que equilibrara la posibilidad de disfrutar del placer que da el sexo y la cautela que lo transforma en bueno, bonito y saludable. Esto, sin duda, resultaría en el abandono de inhibiciones que nos impiden vivir con plenitud nuestra vida sexual, y en la concientización de que no somos inmunes a las infecciones y a las disfunciones; que somos capaces de acumular tantas enfermedades como orgasmos y que ser cautelosos, a la larga, nos da la confianza suficiente para dar rienda suelta a todos nuestros deseos.

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