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No te casaste con la persona que creías y eso está bien

El ser humano está en constante transformación. Somos resultado de nuestros cambios; no somos la misma persona que fuimos ayer y tampoco seremos el mismo mañana, pero pensándolo un momento, ¿realmente nos gustaría ser una estampa, perpetua e inmutable?

“Lo único constante en la vida es el cambio”. Así cerró su presentación Dan Gilbert, psicólogo y profesor de la Universidad de Harvard. Dicha conferencia, realizada en el año 2014 y titulada La psicología de tu yo futuro, mostró los resultados que Gilbert obtuvo en un estudio, donde se aseguraba que las transformaciones que experimentamos en una década son muchas más de las que se esperan al inicio de ella, es decir, “quienes somos ahora es tan transitorio, fugaz y temporal como todas las personas que hemos sido”, dice Gilbert. Así que uno de los mayores errores es creer que nuestro proceso de cambio está concluido y que, en adelante, seremos la misma persona que somos ahora.

El problema llega cuando pensamos que la personalidad de los demás también será eterna, en especial de nuestra pareja. Nos enamoramos de las características que predominan en el momento en que los conocemos: el guapo de la generación, la más lista, el poeta, la bailarina, el atleta y de un sinfín de etcéteras; sin detenernos a pensar que hay una gran probabilidad de que cambien y de que esto está bien; de hecho, es lo más sano.

Esta cualidad innata del ser humano es una de las principales causas de divorcio. Es lógico que si no podemos prever los cambios propios, sean inimaginables los de alguien más. Así que cuando éstos llegan nos sentimos engañados, traicionados, casi como si aquella persona hubiera mentido sobre su verdadera identidad y ahora nos mostrara un ser totalmente distinto al que fue objeto de nuestro amor en otro tiempo.

A esto se le conoce como la ilusión del “fin de la historia”. Creer que, como en La Cenicienta, habrá una leyenda que diga “…y vivieron felices para siempre”.

Heráclito lo dijo en su momento: “en los mismos ríos entramos y no entramos, [pues] somos y no somos [los mismos]”, dando a entender que jamás entras al mismo río dos veces, pues ni tú ni el río son los mismos que fueron la primera vez, y esto es bueno, porque el río fluye y cambia, está vivo y en constante movimiento, al igual que tú. Así, pues, si quisiéramos replantear la máxima, diríamos que con la persona que nos casamos estamos y no estamos, pues somos y no somos los mismos, y esto es bueno, pues la relación cambia y fluye, a veces con calma, a veces con violencia, pero siempre con vida.