Bienestar

Miedo de amar

Me digo: “Miedo de amar”, y me suena como a nombre de telenovela. Pero en el día a día observo que el temor al amor… bien que se muestra en distintas personas, con diversas facetas y a variadas edades.

Cuando navego en internet, con frecuencia se despliega ante mí un sinfín de portales que me invitan a encontrar “la pareja de mis sueños”. Ni qué decir de conversaciones que escucho entre s1ngulares que externan (explícita o tácitamente) su deseo de tener pareja… así como todos los miedos que afrontan al encontrarla.

¿Será que le tememos a esa particular fragilidad que caracteriza los vínculos humanos de nuestro siglo? Si bien la mayoría de las personas anhelamos poder relacionarnos amorosamente, al mismo tiempo cobijamos un temor y una desconfianza de relacionarnos, particularmente en términos del “para siempre”.

La semana pasada recibí la llamada de Roberto, mi vecino. En tono de sobresalto (y por aquello de que soy terapeuta) me pidió un ratito para conversar. Al minuto, toca a mi puerta y entra diciendo de corridito que, tras ocho meses de vivir con una compañera y de hacer vida “medio de pareja”, ella le preguntó qué eran y, de alguna manera, le sugirió dar un paso a un compromiso mayor. Roberto pregunta, con cara de extrañeza: “¿Por qué tan rápido subir un escalón?”. Él teme que la relación se convierta en una carga, generando tensiones que no se siente ni capaz de manejar, ni con ganas de aguantar. “¿Limitar mi libertad? ¡No!”, me dice.

Con esta anécdota presente me vino a la mente Bauman, quien afirma en su libro El amor líquido que, en este mundo de galopante individualismo y autonomía, las relaciones amorosas son un golpe de suerte… ¡a medias! Así como el “encuentro con el amor” es el proyecto de vida de miles de individuos que sueñan en conquistar la felicidad en pareja, es justo esa dificultad de encontrar relaciones satisfactorias la que genera el “miedo de amar”.

El dilema es bastante claro: queremos que una relación disminuya la inseguridad que produce la soledad, al tiempo que, al tenerla, nos genera cierta sensación de asfixia, por aquello a lo que tenemos que renunciar, así como ansiedad por lo que tememos arriesgar. ¿Solución? Quizá más que temerle al amor, habrá que aprender a tolerar la incertidumbre que implica: esa ambivalencia que se ha de soportar para no ahuyentarlo antes de tiempo, y luego esa necesaria carencia en la que vive para no saturarlo y saturarnos en él.

Y al final, en caso de que no marche la cosa, digamos como Samuel Beckett: “Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Pero fracasa mejor”.

El dilema es claro: queremos que una relación disminuya la inseguridad que produce la soledad, al tiempo que, al tenerla, nos genera cierta sensación de asfixia, por aquello a lo que tenemos que renunciar