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Psicología / Tendencias

Mi vida después del secuestro

Sobrevivir a un secuestro no es solamente volver a casa con vida. Es un trabajo de todos   los   días,   de   restauración   de   nuestra   propia   psicología.   Implica   esfuerzo arrancarse de adentro los abusos y el terror para superar lo que se sufrió. Ésta es mi historia, me llamo Shantale, y soy mucho más que una víctima de secuestro.

Miércoles de 2 x 1

Era miércoles. Lo recuerdo porque en 2003 solía ser de dos por uno en el cine. Y ese día también nos agarraron a dos jóvenes por precio de uno.

Mi novio de toda la vida y yo fuimos al parque a tomar un café y a platicar de nosotros (eso del parque suena romántico, pero era nuestro escenario para discutir) cuando, unos metros antes de llegar al auto, se interpuso un auto oscuro y en un parpadeo se bajó uno de los pasajeros apuntando con una pistola y nos obligó a subir en la cajuela. Y así lo hicimos.

Closing walls and ticking clocks

En algunos minutos de camino y escuchando Clocks de Coldplay a todo volumen, llegamos a la que sería nuestra morada por los siguientes días. Era una casa gris, no la miré, pero la cal en mis manos al tocar las paredes y lo gris de ese episodio en mi vida provocaron que así la recuerde.

El interrogatorio comenzó en la cajuela y siguió en la casa. Todo parecía confuso, la velocidad y el miedo no me permitían pensar con claridad. Noté que mi novio decía mentiras, con una gran habilidad actoral que no le conocía armó una historia que poco se parecía a la realidad. Yo cada vez me sentía más nerviosa, pues temía que nos separaran   y   descubrieran   que   nuestras   versiones   no   coincidían. Así   ocurrió y siguieron los golpes.

Los tres días que duró nuestro cautiverio tuvimos los ojos cerrados, nos vendaron con cinta adhesiva porque, de ver algo, nos matarían.

A mis 23 años, que es la edad que tenía entonces, nunca había sentido en mi cuerpo un miedo tan escalofriante como ese. Un miedo que paraliza y que probablemente meayudó a sobrevivir. No tuve hambre, frío, ni sueño en días, el único objetivo en mi mente era salir de ahí.

Me aguantaba lo más posible para no tener que ir al baño, pero al final iba; me acompañaba un muchachito que se esperaba enfrente de mí, me pasaba el papel y me dirigía de nuevo al catre.

Acurrucados

La posición en que nos acomodamos en ese pequeño catre era cansada, encontrándonos de frente, así como cuando te recuestas con tu enamorado nariz con nariz, sólo que en lugar de hablar de amor y besarnos, temblábamos mudos escuchando nuestra respiración y oliendo nuestro hedor.

Había momentos en que nos separaban y a él lo usaban para la llamada telefónica y la prueba de vida, mientras que a mí me tocaba practicarle un cuidadoso sexo oral al líder con una pistola apuntándome en la cabeza amenazada de no morderlo. Tenía que darle placer sin pensar en dañarlo. Creo que jamás había hecho algo con tanta delicadeza. Salí avante de eso, yo hacía mi parte, sólo faltaba que nuestras familias cumplieran con las exigencias y reunieran el dinero. Cada quien su parte, “todo suma”, pensé.

Así transcurrió el cautiverio, comiendo alimento chatarra, con los ojos vendados como si fuéramos dos ciegos, dando y sufriendo sexo oral obligatorio, con golpes en las costillas   durante   las   llamadas   telefónicas   y   zapes   por   respuestas   irónicas   o equivocadas.

Siempre pensé en mis padres, en qué estarían haciendo, cómo reunirían ese dinero y, sobre todo, por qué tardaban tanto.

Y llega la noche…

Sabía que había transcurrido otro día gracias a la radio y la televisión (las dejaban encendidas), recuerdo canciones de La Oreja de Van Gogh y Tiziano Ferro.   Los cuidadores veían el programa 100 Mexicanos dijeron y en mi cabeza le atinaba casi a todo. A partir de las seis de la tarde mi angustia crecía, un hecho un tanto absurdo considerando que para nosotros fue de noche tres días. Pensaba “ya no es hora hábil, ya cerraron los bancos, nos van a dejar aquí otro día y ya no tarda en llegar el líder”, así que aquí el tiempo y el dolor parecían (eran) infinitos.

De vuelta a la ¿libertad?

El día en que nos liberaron fue el más incierto de todos (para bien y para mal), pues escuchamos que ya tenían el dinero del rescate en la habitación contigua, así que el momento había llegado, sólo había dos opciones: nos iban a dejar libres o nos iban a matar.

Nos metieron al auto de nuevo, nos dijeron que una vez afuera contáramos hasta 100, nos quitáramos las vendas y pidiéramos a un taxi que nos llevara a determinado domicilio.

Tan pronto nos aventaron, comencé a contar. Escuché que se alejaban, mi chico me tomó de la mano, me arrancó la cinta de los ojos, me dijo que corriera, pero yo no podía ver bien y me lastimaba la luz. La infección en los ojos apenas me permitió despegar los párpados.

Al llegar, había gente esperándonos en la acera. Eran mis padres.

No quiero engañar a nadie, fue un proceso duro y en aquellos días que le siguieron al secuestro no era la mujer feliz y optimista que soy hoy. Me lamentaba mucho, sentía rabia, terror. Debíamos mucho dinero y tardamos un año en reunirlo. También saber que fui noticia y que debía mi libertad a ciertas personas fue muy abrumador.

Me costaba mucho dormir, tardé alrededor de cuatro meses en salir de casa sola y mucho tiempo más para salir de noche. Hasta que por fin pude.

Cómo transformar la rabia en gratitud

Recibí mucha ayuda, de todo tipo, amor y solidaridad; había amigos que se ofrecían a cuidarme y llevarme a las consultas con la psiquiatra. El fin de mi aislamiento fue cuando mi novio, quien meses después se convirtió en mi marido, me consiguió trabajo en su empresa como profesora de inglés. Eso me disgustó porque yo no quería salir ni volver a trabajar, pero fue el empujón que me hacía falta y se lo agradezco en donde quiera que esté. Hoy ya no somos pareja, nuestro matrimonio fue un daño colateral postrauma.

Sé que mi presente lo debo sólo a mí, ahora soy una persona que se guía con libertad. Mientras pueda elegir no me quedo ni quedaré en un sitio o en un momento en el que no deseo estar. ¿Por qué será que, a veces, se nos olvida que mientras podamos elegir siempre habrá soluciones?

Mi yo en el ahora

Soy traductora y periodista; mi capacidad de comunicación y de reinvención me han permitido hablar y escribir de mi vida y los sucesos que la han marcado. La primera vez que escribí en un medio acerca de mi experiencia como víctima de un secuestro lo hice como un ejercicio catártico y como experimento editorial. Al darme cuenta de que no me hacía daño abordar el tema y que, por el contrario, podía ayudar a otros que pasan por lo que yo ya pasé, comencé a dar charlas y entrevistas de radio en México y España y ahora lo hago porque sé que es positivo.

Estoy convencida de que para superar un miedo es necesario parártele en frente. Con ello no quiero decir que me ponga en riesgo, suelo ser prudente, pero procuro no limitarme y hacer lo que me haga feliz.

Recientemente publiqué el libro Toc, toc, ¿quién (se) toca?, un conjunto de textos de sexo con un toque de humor irreverente, en el que propongo que   las mujeres hablemos más abiertamente de este tema, libres de tabúes y de manera que sea divertido y natural. Quizá escribir sea una forma de liberarme.

Tengo 36 años ya y aún me como el mundo a puños. Soy una mujer romántica, enamorada del presente y con muchas historias por escribir, lugares que conocer, personas con quienes compartir. Tengo mucho por descubrir, y lo voy a hacer, porque estoy viva.

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