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Maternidad: ¿Instinto o cultura?

Marta Lamas, investigadora del Programa Universitario de Estudios de Género, hace una importante distinción en torno a la maternidad. Ella utiliza el término “maternidad” (del vocablo inglés motherhood) para referirse de manera puntal a la gestación y al parto; y utiliza “maternazgo” (como equivalencia de mothering) aludiendo a la responsabilidad emocional, la crianza y el cuidado de los hijos. Expuesto así, la maternidad vista como reproducción biológica, es una experiencia femenina; pero el maternazgo no tiene que serlo necesariamente, pese a que, durante años, ha sido asociado con el género femenino.

«Las conductas instintivas son inmutables; pertenecen al ámbito de la naturaleza y se producen prescindiendo del entorno social».

Que la biología existe, ¡no hay duda! Por eso es creíble que el cambio hormonal en la mujer, tras el alumbramiento, facilite una especie de vinculación con el bebé durante las horas inmediatas al parto, si se deja que madre e hijo permanezcan juntos; pero si inmediatamente después del nacimiento son separados (como acostumbra hacerse en la mayoría de los hospitales obstétricos), el “mágico chispazo” pasa y se dificulta la aparición del vínculo maternal. Por tanto, para el desarrollo de los “sentimientos maternales”, es de crucial importancia la relación temprana entre madre e hijo. Pero, ¿no llega a ocurrir lo mismo en casos de estrecha convivencia de una abuela con un nieto? Y, siguiendo a Marta Lamas, ¿no puede generarse tal vínculo entre padre e hijo si éste se dedica en cuerpo y alma al “paternazgo”?

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Las conductas instintivas son inmutables; pertenecen al ámbito de la naturaleza y se producen prescindiendo del entorno social. En cambio, las conductas determinadas socialmente forman parte del devenir histórico, cambian con el tiempo y las circunstancias y, a su vez, son causa de modificaciones en las estructuras de las relaciones.

Ocurre, entonces, que a hombres y mujeres nos preparan desde la cuna para ejercer roles distintos, incluso excluyentes, en ocasiones. Esto se refleja desde el trato diferenciado a niños y a niñas, hasta los colores asignados para identificarlos, terminando con las expectativas depositadas en cada uno de ellos. Y es justo esta manera tan cotidiana y automática enla socialización y aculturación de los patrones de género, lo que nos lleva a creer que las diferencias entre hombres y mujeres son “naturales”.

¿Cuál es, entonces, el propósito de este debate entre instinto y cultura? En una sociedad patriarcal, que considera que las conductas de la mujer están dictadas por principios inmutables y ahistóricos, es una forma para evitar discutir la funcionalidad social del lugar de subordinación en el que se les ha colocado. La predisposición a “maternalizar” todos los roles que desempeñan las mujeres impulsa a las mismas a ejercer con bastante eficacia el rol de esposa (dócil, comprensiva, generosa), el rol de madre (amorosa, altruista, contenedora) y el rol de ama de casa (sumisa, servicial, receptiva y con una agresividad controlada).

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Con frecuencia, estas actitudes llevan a la mujer a postergar o frustrar sus propias necesidades, para sostener las demandas de otros, capoteando así la necesidad de construir proyectos de vida individuales.

El modelo del amor maternal propone una actividad altruista que implica opciones constantes y que tiene casi nada en común con los instintos. No se trata de negar que ser madre puede ser un proyecto atractivo, sólo es necesario subrayar que se trata de eso, de un proyecto y, como tal, es optativo. Las mujeres somos protagonistas de nuestra vida y tenemos la capacidad y la agencia personal para crear significados y prácticas en torno a nuestra compleja y múltiple dimensión humana.

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