Los gays duros sí bailan (y también boxean) | S1ngular
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Los gays duros sí bailan (y también boxean)

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Regresé al entrenamiento de boxeo el día después en que un bato dedicado a la confección de cortinas mariconamente kistch me dijo, justo la tarde de mi cumpleaños, que por la mañana había desayunado con su ex y que más tarde, mientras se dirigía a felicitarme, se supo confundido. El ex le removió sentimientos supuestamente ya superados.

Básicamente se había construido un dilema: el ex o yo. No fueron celos trágicos. Lo juro. Sabía perfectamente cómo era el ex: uno de esos típicos homosexuales, administradores de empresas, cuarentones, obsesionados con la línea más clásica, ajustada y ñoña de Massimo Dutti, las fragancias de Carolina Herrera y el pop de Rocío Banquells o María José, para sentirse conectado con los chavos, aunque María José canta éxitos de la época de Rocío Banquells. Nada que ver conmigo. Gracias a mí, el costurero de cortinas tenía la discografía completa de los Sundays. Se la regalé con las secretas intenciones de estar haciendo una especie de inversión en el banco de su memoria. Es decir, que independientemente de las bromas del futuro, cada vez que se encontrara, por ejemplo, con el Reading, Writing and Arithmetic, se tendría que acordar inevitablemente de mí.

«Los gays heridos suelen hacer dos cosas casi en automático después que el chile los manda a volar: bombardearlo con 101 mensajes de texto o comportarse como el track más despechado de Rocío Banquells».

Pero quiero rectificar que no fueron celos. Lo que me encabronó fue su falta de tino para soltarme una noticia así. ¡Era mi cumpleaños, chingada madre! Al menos pudo haberse esperado al día siguiente. Sentí como si hubiera una parte de él que deseara herirme… cosa que consiguió. Una rebanada bastante amplia del pastel rosa es así: homosexuales que buscan chingar mediante el poder de saber que ejercen una atracción sobre uno. Puede ser amor o enculamiento. Luego, los gays heridos suelen hacer dos cosas casi en automático después que el chile los manda a volar: bombardearlo con 101 mensajes de texto que suelen incluir la frase “tenemos que hablar” en alguna parte del párrafo o comportarse como el track más despechado de Rocío Banquells, armando melodramas de bajo presupuesto, como andar preguntando si lo han visto, qué tan horrible está el nuevo galán (siempre pensamos que es peor que uno), pidiéndole al amigo que se haga pasar por novio, fingiendo indiferencias sobreactuadas en el antro… En realidad, son sólo metáforas de querer romperle la madre.

En mi caso, detesto las metáforas de despecho que me recuerden los desplantes que mi madre hacía a mi padre. Así, preferí ahorrarme las instrucciones de Rocío Banquells y el varo de los mensajes y acepté que lo que en realidad quería era tumbarle un par de dientes al modisto de cortinas. Pero como soy un hombre al que le gustan los hombres, no me iba a permitir el desprestigio de hacer el ridículo estirándole los cabellos y soltando madrazos como un cangrejo fanático de Juan Gabriel. Así que decidí regresar al entrenamiento de boxeo.

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Sobra decir que el costurero de cortinas volvió con su ex. Conocidos que prefieren llenar el vacío con chismes a falta de una colección musical decente, me contaron que, una vez que regresaron, apenas duraron juntos seis meses. Al costurero de cortinas le reventé la nariz a la salida de un bar leather. Pero el boxeo me gustó tanto que lo sigo haciendo. De eso hace como siete años.

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En siete años suceden muchas cosas. Por ejemplo, el lanzamiento al mercado de los smartphones. Todo empezó cuando me contactó por el Grindr. El mensaje decía: “Eres el que está sobre el ring, ¿verdad?”. Alcé la mirada por encima de las cuerdas para husmear y ver cuál de todos los hombres del gimnasio era el que tenía la cabeza hundida en su celular. Que fuera de mi estatura resultó excitante. Quedamos en encontrarnos en la cafetería, al final de nuestras rutinas.

«¿En qué momento de la historia moderna de la homosexualidad se construyó la idea de que el hombre gay es débil en comparación con el buga?»

Al día siguiente se presentó con los debidos cuatro rollos de vendas, el profesor le prestó un par de guantes y, así, se unió a la clase de boxeo que empieza a las siete de la tarde.

El profe se dio cuenta de que entre nosotros había una camaradería; no sé si habrá reparado en el detalle de que nuestro acercamiento no era precisamente como el del resto de los hombres de la clase, heterosexualmente hablando, pero consideró que había la confianza suficiente como para subirnos al ring y hacer sparring.

Lo vi tranquilo. Sigo sintiéndome torpe e indeciso, pero creo que mis volados son buenos; aunque lo que me da seguridad son los derechazos, sin duda. Le atesté un par de golpes en el hombro izquierdo y, cuando pude conectarle en el abdomen, soltó un grito ahogado y me dijo: “¡Espérate, no tan fuerte cabrón! ¿No ves que soy gay?”.

No pude evitar que mis labios se tornaran maliciosos. Me aproveché de su “gaycidad”, que él mismo pretextó como debilidad, para mejorar mi técnica. El profe lo increpaba y le exigía que, por ningún motivo, desconectara la mirada de mis ojos y, mucho menos, bajara la guardia.

Mientras tanto, yo me concentré en que mis izquierdas no salieran debiluchas. Después de todo, al ring no le importan mucho las preferencias sexuales: o das un derechazo o te parten la madre. A mí me la partió un morro mucho más delgado y chaparro que yo y que el tipo del Grindr, por lo que eso de las desventajas físicas no es un pretexto, como a veces dicen.

Pero nunca se me ocurrió decirle que no me diera tan fuerte porque soy gay. ¿En verdad somos así? ¿En qué momento de la historia moderna de la homosexualidad se construyó la idea de que el hombre gay es débil en comparación con el buga? Tiene que serlo porque, si sugieres lo contrario, te toman por un agitador que incita a la violencia y genera odio.

Fue su última clase de box. Desde entonces saluda al profe, él y yo conversamos un par de minutos e inmediatamente se dirige a las caminadoras. Según yo, la idea de destender la cama sigue en pie.

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