Opinión

Lo que fui, lo que soy

En mi barrio es un agasajo caminar cualquier día, a cualquier hora, por casi cualquier calle, y observar cafecitos repletos de gente diversa, parques llenos de “un poquito de todo”, librerías atiborradas de gente “varia” y bicicletas de un lado a otro.

Una grata diversidad de personas que distan mucho de aquellos mis compañeros de vida (de infancia, adolescencia, adultez temprana y media), que siguen viviendo en espacios recluidos, bonitos, pero con un sabor a “todo igual”.

Y ni qué decir de aquello que de pronto me entra, a la Proust, de implicarme con esmero en la búsqueda del tiempo perdido, con esa sensación de que desperdicié tiempo y vida, y que no experimenté lo suficiente, que no conocí a los necesarios, y que no he visitado a los “top ten”. Y como hilo de media me voy acordando de mandatos infantiles que mi madre tarareaba con la voz de Serrat: “Hija: ‘que eso no dice, que eso no se hace y que eso no se toca'”. (Sorry, soy cincuentona y crecí de la manita de Serrat). Por no decir las exhortaciones -imposiciones paternas de “las niñas decentes…”, “las mujeres educadas…”, “las buenas hijas…”.

Me detengo, recopilo y me vivo en el presente. Y me digo “mi vida es buena”. No en vano he tejido y destejido mi experiencia, llorado mis traumillas, liberado algunas represiones, actualizado mis queridas relaciones y, pensando a la Neruda, no me queda duda de que “¡Vida, nada me debes!¡Vida, estamos en paz!”.

Todos tenemos historias que nos marcan y todos hemos de “acomodar nuestros cajones” para dar cabida a lo nuevo que viene por vivir. Deshacerse del pasado es imposible, resignificarlo es un regalo que refresca la vida. No sería la que soy sin lo vivido, y no quisiera cambiar a quienes troquelaron parte de la persona en la que me he convertido. Sigamos lo que nos dicta Harold MacMillan: “deberíamos utilizar el pasado como trampolín y no como sofá”.