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La Habana Vieja bajo cuatro miradas

Primera parte

Exploramos la capital cubana a través de su gente: un grupo de músicos, un vendedor ambulante, unos caseros, y una pareja de bailarines nos hablan sobre su vida en la isla.

Rosa Martínez y Valdemar Guijarro, Bailarines

Bar «El Guajirito», calle Zulueta 658

Varias noches a la semana, Rosa Martínez y Valdemar Guijarro se arreglan para acompañar el show musical en el bar «El Guajirito» como bailarines. Sin embargo, sus movimientos y expertise están lejos de pertenecer a un simple espectáculo para turistas.

Tras años de practicar gimnasia rítmica en la escuela, Rosa decidió, a los 12, que quería dedicarse a la danza de manera profesional. En Cuba los estudios son muy importantes y obligatorios. Por la mañana se aprenden las materias técnicas y por la tarde, las artes. Quienes no mandan los hijos a la escuela pueden ser sancionados. Así, Rosa se especializó en danza folclórica.

Por su parte, durante su juventud, Valdemar era atleta, y a los 18 años eligió seguir el camino de la danza. Su talento lo llevó a participar como primer bailarín y a formar parte de la Comisión Nacional de Danza. Es así como ha viajado por más de 50 países, y también como conoció a su esposa, Rosa, 20 años más joven que él.

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“Fui a impartir un curso a Cienfuegos y ahí nos vimos”, recuerda Valdemar. Por lo general, el bailarín procura apartar su lado personal del profesional. Sin embargo, podía sentir cómo su corazón lo jalaba hacia otra dirección. No pudo más que ceder ante el impulso de lo que sentía.

Hace un año, a sus 52 años, Valdemar decidió dejar de bailar. Quería centrarse en dar clases y trabajar como coreógrafo, una de las cosas que más disfruta. Pero su retiro duró poco tiempo. Pronto lo llamaron para participar en el espectáculo del Guajirito, donde le propusieron que su pareja fuera Rosa.

Al principio, la pareja no estaba convencida, pero hoy confiesa que fue una decisión donde ambos se divierten y disfrutan mucho. Su misión es compartir los ritmos cubanos, por lo que no importa tanto si lo hacen desde un escenario para turistas o desde su propia academia. El objetivo es enseñar.

Los Mambises, Músicos

Calle Obispo, Habana Vieja

A una cuadra de la Plaza de Armas, en la Habana, se escucha el ritmo cubano de un grupo de música. Desde hace 15 años, Los Mambises reciben a los peatones con sus voces e instrumentos y los invitan a cooperar con unas monedas el momento que amenizan.

Compuesto por cuatro integrantes de entre 60 y 70 años, cada mañana Los Mambises se levantan para instalarse en la esquina de la calle Obispo y Mercaderes, en la Habana Vieja. “Antes tocábamos en la plaza de la Catedral”, explica Alberto Machado, vocalista y percusionista del grupo. “Pero hace algunos años nos movimos para acá porque aquí hay más flujo de personas”.

En Cuba, para hacer cualquier trabajo, se necesita el permiso del Estado; no importa si se trata de tocar música en la calle y pedir una propina a cambio, o si se es doctor. Todo trabajo está regulado.

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Olga Armas, por ejemplo, trabajó durante diez años barriendo las calles de la Habana Vieja y, tras enfermar, consiguió el permiso necesario para acompañar a estos músicos como encargada de recolección de limosnas. “Conseguir el permiso no es tan fácil, ya que hay muchas solicitudes”, explica, y acepta que a ella le ayudó conocer a algunas personas, por su trabajo anterior, para conseguirlo.

Para su fortuna, el talento musical mantiene a Los Mambises legalmente en las calles y con una entrada diaria. Todos aprendieron música en la escuela, desde pequeños, gracias a la gran promoción de las artes por parte del Consejo de Arte Nacional, donde las escuelas imparten clases de música y enseñan a los estudiantes (desde temprana edad) a cantar y a tocar instrumentos. Quizá por ello el cubano goza de tener una pasión nata por la música.

Lo más difícil de su trabajo, confiesan, es el tiempo que tienen que estar tocando. “Es agotador. Uno se cansa. Pero se sigue disfrutando”, asegura Alberto.

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