Bienestar

La felicidad, ¿un ideal inalcanzable o una realidad tangible?

Lo aceptemos o no, lo digamos o no, seamos conscientes de ello o lo mantengamos en las entrañas del inconsciente, todos los seres humanos aspiramos en esta vida a cierto grado de bienestar y satisfacción. Pero ¿se puede alcanzar la felicidad, o su búsqueda es sólo un espejismo? Y, ¿existen caminos probados para llegar a ella?

Pero antes (si es que se puede), pongámonos de acuerdo: ¿qué significa ser feliz? Sé que es una pregunta con tantas respuestas como personas en el mundo. Partamos, entonces, de un acuerdo muy simple: ¡no existe un acuerdo! No hay consenso en relación a lo que es la felicidad ni a cómo alcanzarla. Aspiramos a ella, pero no podemos hablar de “la felicidad” como algo único y universal.

Lo que sí es claro y generalizable es que podemos vivir profundamente infelices: según lo que entendamos que significa ser feliz y la forma en que nos demos a la tarea de conquistarla, la felicidad puede nunca llegar a nuestra existencia. Antaño la vida transcurría sorteando los desafíos de la sobrevivencia, y es ahora, cuando están bastante bien resueltos los asuntos del diario vivir, que no sólo se sobrevalora el derecho a ser feliz, sino que se impone casi como una obligación.

«Los ciudadanos del siglo XXI nos empeñamos en buscar, encontrar y disfrutar la felicidad a cualquier costo».

Así, los ciudadanos del siglo XXI nos empeñamos en buscar, encontrar y disfrutar la felicidad a cualquier costo. Y, ojo, aquí empiezan los problemas: correr frenéticamente para conseguir “un ideal” es estresante en sí mismo. Una carrera de este tipo hace que la búsqueda de la felicidad se llene de autoexigencia y, por tanto, de frustración personal. Si a esto agregamos que la consecución de la felicidad tiende a basarse en criterios externos impuestos por la sociedad, la carrera por alcanzarla, lejos de llegar a su meta, termina en el desencanto personal.

Pero, entonces, para eludir una búsqueda frenética, ¿podemos sentarnos a esperar, exigir o reclamar la felicidad, como si fuera responsabilidad de otros o de la vida hacernos felices? Muchas personas, como la Penélope de Serrat, en espera de su amado, se quedan sentaditas eternamente esperando en el andén. Ésta tampoco es la respuesta.

Pareciera hasta aquí, y con estas dos perspectivas planteadas, que la felicidad es deseada, pero es un ideal inalcanzable para muchos. Intentemos darle vuelta a la moneda apoyados sobre la base de que los seres humanos, como parte de nuestro engranaje físico y psíquico, tenemos la capacidad de experimentar emociones, y que entre las emociones primarias se encuentra la alegría: esa experiencia de disfrute, de gratificación, de deleite, de dicha.

¿Cómo hacer perdurar un bienestar que es efecto de la suma de diversas experiencias gratificantes?

Esta emoción puede ser, en un principio, una experiencia corta y de cierta intensidad. Pero si tal experiencia es posible, ¿cómo lograr prolongarla? ¿De qué forma extenderla a manera de sentimiento, quizás menos intenso, pero más o menos sostenido? ¿Cómo hacer perdurar un bienestar que es efecto de la suma de diversas experiencias gratificantes?

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Probablemente la clave está en la palabra “suficiente”: parece que lo primero que frustra la experiencia de “ser feliz” es soñar con una felicidad total y absoluta. Podemos, entonces, pensar en la felicidad como una experiencia posible en vez de “idealizarla”, queriéndola así permanentemente a través de cosas muy concretas, de situaciones muy planeadas, y con personas muy esperadas. Pensemos en la felicidad como una condición interna (no externa) que genera cierto bienestar, suficiente satisfacción y, en ocasiones, sentimientos de alegría. Así como el amor total no existe, la felicidad total y perfecta, como meta final de la vida, tampoco. Esa concepción de felicidad es un “ideal” no sólo inalcanzable, sino infantil.

La felicidad, por otro lado, es una construcción personal y una elección vital; requiere de autoconocimiento y de responsabilidad. Se plasma en lo cotidiano más que en un futuro idealizado. ¿Cómo se construye? Con nuestros actos de cada día que van haciendo un tejido de pequeños momentos satisfactorios que generan bienestar y realización personal.

Pongamos la piedra fundamental de una tarea ineludible: la de hacernos cargo de nuestra propia vida; y, en ese camino, no corramos a alcanzar la felicidad como meta, sino la felicidad real, de un mundo real.

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