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Pues, igual… ¿Todos somos iguales?

En la viña del Señor todos somos diferentes en físico, intelecto, talentos, gustos, capacidades, temores, economía, cultura, educación y hasta en perversiones. Y es que, ¿quién fregados va a querer ser igual al montón cuando se tiene la posibilidad de ser muchas cosas y de muy distintas formas?

Los políticos son a los que más les gusta manosear el concepto de igualdad para conseguir el aplauso fácil, pero lo que les cuesta trabajo entender es la igualdad de derechos para todos; porque, si en realidad todos fuéramos iguales ante la ley, no habría nepotismo, tráfico de influencias, impunidad, discriminación, malversaciones y todas esa cositas que se necesitan para hacer carrera política en este país.

Estaría bien chido que, la próxima vez que escuchen a un político hablando de igualdad, le preguntaran cuánto gana, para ir midiendo que tan iguales somos, ¿no?

He de confesar que, durante algún tiempo, yo sí me tragué el argumento de que ser diferente era malo. Imaginen lo que sentía sabiéndome más gay que una clase de zumba, mientras todos a mi alrededor eran atascadamente bugas. Neta llegué a pensar que mis erecciones producidas por hombres guapos hacían llorar al niño Dios; jaladas que piensa uno cuando es educado en una religión que cree en palomas que embarazan vírgenes, serpientes que hablan y mujeres hechas de costillas.

Después comprendí que ser diferente era bueno y que, en algún momento, iba a poder escribir columnas sobre ello. Así que, me disculpan, pero eso de echarle porras a la igualdad se los quedo a deber. A mí me cae mejor la equidad, ésa que busca la proporcionalidad de las cosas.

Por ejemplo, la separación de mujeres y hombres en los vagones del metro; ya saben, por aquello de que todos los hombres somos igual de depravadotes (aunque en eso de “hombre = depravado” vayamos incluidos los que no estamos interesados sexualmente en las féminas, y los educados y respetuosos), dicha separación de vagones es equitativa porque se hace de manera proporcional a la cantidad de mujeres y hombres que usan el metro. Pero el trato es desigual, ya que las mujeres pueden decidir si usan los vagones de damas o los de hombres.

Otro concepto que me gusta mucho es el del respeto a lo distinto a la otredad y, neta, entre más se aplica, más fácil resulta entenderlo todo. Inténtenlo.