Sexualidad

El placer de lo inanimado, ¿un hedonismo sin límites?

No hay modo elegante de decirlo: a los jóvenes japoneses les gusta el sexo, pero sin la otra persona. Adoran el placer de la sexualidad, pero incluirlo en una relación íntima les parece muy complicado.

Lo llamativo es que no se trata de otra excentricidad de la gente de ese país, sino de un fenómeno en el que se anudan las contradicciones de la cultura contemporánea con una de las necesidades más elementales del ser humano: la búsqueda del gozo. El recorrido para entender esta tendencia en la que cada vez más jóvenes optan por la soltería y renuncian al sexo cuerpo a cuerpo, pasa por varias escalas y artilugios, incluidas muñecas y juguetes, videojuegos, bares de carnívoras y grupos de herbívoros, costumbres del pasado y visiones del futuro. El camino es escabroso, así que vayamos por partes.

Placer a la carta

Sin preverlo, las exigencias del mundo laboral en Japón crearon un paraíso para los solteros, en especial en Tokio: hoteles de paso, restaurantes, máquinas despachadoras de ropa interior desechable y miles de lugares para salir en espera de la hora de regresar a la oficina; sin olvidar distritos como Kabukichō, la zona roja de la ciudad, con un menú de opciones para adultos que incluye prostíbulos encubiertos, alrededor de 2 mil tiendas de productos sexuales, clubes de striptease, salas de video, casetas telefónicas y otros servicios relacionados.

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En realidad, sólo hasta fechas recientes, las atracciones comenzaron a incluir a las mujeres. Los espacios estaban pensados para la generación anterior de empleados que pasaban cinco días en la urbe y regresaban los fines de semana a su casa de los suburbios para estar con la familia.

Y si alguien aún duda de la afición de los nipones por el consumo sexual, basta con saber que el valor de esta industria se estima en 15 mil millones de dólares al año y que el país produce, anualmente, cerca de 14 mil videos para adultos, comparados con los 2,500 de Estados Unidos. Además, a diferencia de lo que ocurre en la nación estadounidense, la pornografía sí es rentable en Japón. Lo curioso es que este panorama nos haría pensar que el país asiático es uno de los más activos y con mayor satisfacción sexual en el mundo, pero la realidad nos refutaría. Allá la apatía y la frustración son la regla.

«La necesidad de tener contacto físico y emocional con alguien no desaparece, lo que cambia es la forma de satisfacerla»

En cierto modo, el término mendokusai, “demasiado complicado”, resume la disposición de los jóvenes que rechazan la intimidad. Aunque sería más exacto añadir: la intimidad con otra persona. La necesidad de tener contacto físico y emocional con alguien no desaparece, lo que cambia es la forma de satisfacerla.

Tomemos el ejemplo de las muñecas sexuales fabricadas por la empresa Orient Industry, que dice producir los modelos más reales creados a la fecha. Provistas de piel y cabello sintéticos que imitan la sensación del tacto humano, también incluyen ojos que parecen mirar y una estructura interna que les permite adoptar distintas posiciones. Si el cliente lo desea, puede mandarla hacer a la medida de sus fantasías, pues hay diferentes tamaños de senos, tonos de cabello, rostros y tallas.

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La empresa afirma que la experiencia de estar con estas muñecas es tan verosímil, que el cliente no deseará tener novia de carne y hueso nunca más. Para las mujeres, el mercado es menor, pero no por ello menos selecto. En una sexshop enfocada en el sector femenino, los productos incluyen desde películas, lociones y cremas, hasta vibradores semejantes al mouse de la computadora, porque, según la diseñadora del producto, la forma tradicional del pene es “grotesco”.

La habilidad con que la industria ha logrado tomar los distintos aspectos de una relación para comercializarlos como productos y servicios es sobrecogedora. El mercado ha sabido aprovechar el repudio de la generación actual al compromiso y, de algún modo, quizá ha contribuido a fortalecerlo. Si observamos de cerca esta dinámica de comprar satisfacción a la medida, encontraremos la lógica del máximo beneficio con el mínimo esfuerzo, que también está detrás de los “productos milagro” para perder peso y curar enfermedades crónicas, así como de los recetarios infalibles para el éxito.

Solteros al borde de un ataque de nervios

A partir de un estudio publicado en 2011 por el Instituto Nacional de Población de Japón, los medios nipones acuñaron la expresión sekkusu shinai shōkōgun, o “síndrome del celibato”, para señalar el creciente desinterés de los jóvenes de entre 18 y 34 años por formar una pareja o incluso por tener contacto sexual con otros. La economía, la brecha generacional y hasta la obsesión de los hombres adultos que prefieren las historietas, los videojuegos y la animación en lugar del trato con mujeres reales han desfilado por las teorías que buscan explicar el fenómeno. Lo curioso es que esta situación también puso en evidencia el abismo de expectativas, conductas y temperamentos que separan a los sexos en aquel país.

«Ante una economía con dos décadas de estancamiento, un panorama laboral incierto y un escenario en el que el costo de la vida es abrumador, la soltería resulta muy atractiva».

El hombre “herbívoro” y la mujer “carnívora” (términos de la prensa japonesa): el primero, en una rebelión pasiva contra el modelo tradicional masculino que dominó después de la Segunda Guerra Mundial; la segunda, abriéndose paso en la economía, celosa de una independencia que sus madres y abuelas apenas soñaron. Los herbívoros promedio son heterosexuales, suelen tener menos de 40 años, son grandes consumidores de manga (historietas) y anime, y rehúsan asumir el papel de proveedor que implican el matrimonio y la paternidad.

Ante una economía con dos décadas de estancamiento, un panorama laboral incierto y un escenario en el que el costo de la vida es abrumador, la soltería resulta muy atractiva. En pocas palabras, las batallas de los viejos samuráis corporativos ya no son las suyas.

«El matrimonio es la tumba de la mujer»

En la otra esquina están las “carnívoras”: autosuficientes, enfocadas en su crecimiento profesional y con un horizonte más claro y mejor definido del rumbo de su vida. Si bien la idea de encontrar una pareja no carece de atractivo, el matrimonio resulta tan seductor como caminar a ciegas en un campo minado. “El matrimonio es la tumba de la mujer”, reza un antiguo dicho japonés.

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Y no hay que ir muy lejos para entender esta postura, pues el mundo laboral del país no está diseñado para las mujeres, y los prejuicios y costumbres de la sociedad siguen arraigados en los modelos masculinos. Tener un hijo y perseguir una carrera es imposible: son más las exigencias que los servicios de apoyo a la maternidad. A esto hay que sumar que la imagen de una mujer independiente carece de atractivo para el hombre nipón. Por ello, no sorprende la proliferación de los host clubs, que son bares donde las clientes pagan por la compañía de hombres jóvenes para platicar, coquetear y beber, sin que ello implique un desenlace sexual.

Llegar a la otra orilla

Ellas en ascenso y ellos recluidos en sus mundos virtuales. Las distancias entre los sexos se incrementan a medida que los puentes para unirlos se vuelven más frágiles. Uno de los principales problemas de las relaciones de pareja en Japón es la escasez de matices. Lo tajante de su cultura se refleja en los vínculos entre la mujer y el hombre, en lo blanco y lo negro, entre la soltería y el matrimonio. La alternativa de hacer vida en común sencillamente ya no es una figura aceptada por la sociedad. Y ni mencionar otras prácticas, como el poliamor.

«Se ha preferido la docilidad de lo inanimado al desafío que representa involucrarse con alguien más».

Otra realidad es que hay pocas metas en común y una gran apatía por perseguir la intimidad que, en el fondo, se desea. En su lugar, esta generación de japoneses optó por la gratificación inmediata que ofrece el mercado, en un hedonismo fácil de consumir y que descarta cualquier esfuerzo. Se ha preferido la docilidad de lo inanimado al desafío que representa involucrarse con alguien más. Hay quien afirma que Japón está dando el primer paso hacia el tipo de relaciones que predominará en el futuro, dirigidas por la tecnología y los mundos virtuales. Y, de cierto modo, quizá este caso no sea sino un lente de aumento que magnifica las manías y contradicciones de la cultura contemporánea. Pero, a final de cuentas, la pregunta queda en nosotros: ¿estamos dispuestos a sacrificar la comunión entre los cuerpos por un hedonismo sin límites?