Opinión

El muro de las indiscreciones

Una de mis amigas es escritora, el tipo de escritora irreverente que descubrió que Facebook no tiene pelos en la lengua.

La primera vez que leí su prosa “feisbukera” me volcó el estómago de la inquietud, la sorpresa y la curiosidad. Era marzo de 2011. Pensé que tanto impudor y tanta intimidad revelada era agobiante y no podría sostenerse cotidianamente en el muro. ¡Quién era esta mujer que rondaba los cincuenta años y que se atrevía a escribir post interminables sobre historias personales, cargados de humor y reflexión, subversivos, irreverentes, locos, amorosos, sexuales, nostálgicos y terriblemente audaces!

Pero no audaces porque escribiera temas fantasiosos o hiciera piruetas intelectuales. Eran audaces porque clavaba la observación, el detalle, el tema, en todo aquello que no nos atrevemos a mostrar, a confesar, a exhibir, a reconocer que nos rebasa y que, muchas veces, nos provoca angustia, ansiedad, fracaso, impotencia, desazón y vulnerabilidad. Hablaba de lo que nos pasa a todos. De la intimidad, de lo que le gusta, de lo que la hace feliz, de lo que le da inestabilidad, de sus fobias y sus querencias.

“Lo mío, lo mío es la gente, las personas, los afectos, las amistades y hablar”, lo ha escrito miles de veces, en su muro, Diana Solórzano. Ella asegura que esta red social la hicieron a su medida, “me regalaron Facebook, lo hicieron a mi medida, con mis especificaciones. Me lo dieron a mí”.

Y en seis años de leerla empiezo a creer que realmente Mark Zuckeberg diseñó la red social para que la yucateca-zapopana (tiene algo de yucateca y jalisciense) abriera las puertas y ventanas de su vida. Pero Diana no habla sola en esta red. No, ella no sólo recibe cientos de “me gusta”, sino que despierta una interlocución delirante con sus contactos. Los hace confesar, reconocer sus comportamientos, opinar sobre cosas que no son políticamente correctas.

Ningún tema la detiene y todos sus seguidores lo saben, la disfrutan, seguramente a más de alguno incomoda, pero ella sigue. A todos les contesta y para todos tiene una respuesta. Escribe de la ansiedad, de la gente avara, de cumplir cincuenta años, de la desidia, de la vejez de su padre (que acaba de morir), del cáncer de su madre (que falleció hace años), del dolor físico, de las enfermedades, de los pleitos conyugales, de los celos, de la superficialidad, del enojo, de la ira, de la lengua, de la timidez, de los doctores, de los niños que la aburren, de los sentimientos, de las adicciones, de los chismes, de los errores y equivocaciones. Es una observadora profesional.

Sus amigos le insistieron durante años que hiciera un libro de todos estos textos que había desquitado y alborotado en Facebook. Y lo hizo: se llama El muro de las indiscreciones (Ediciones de la Noche). Un libro donde no hay muros que la callen.