Sexualidad

El mito de la fidelidad

De todas las inevitables derrotas del hombre contra la naturaleza, la infidelidad es, quizá, una de las más dolorosas de aceptar, porque mujeres y hombres no hemos dejado de ser infieles desde nuestra aparición en el planeta.

El mono en busca de sexo

Como dos caras de la compleja sexualidad humana, la parte civilizada y la animal no han dejado de debatirse entre cumplir el ideal monógamo que sostiene a la familia tradicional o abandonarse a los deseos promiscuos que nos llevan a los brazos de otras personas.

«Quizá nuestra verdadera lucha no sea entre la fidelidad y el adulterio, sino en reconocernos en el espejo de una de nuestras más arraigadas contradicciones»

Entregarse ciegamente a una u otra suele acabar en conflicto, porque a pesar de la máscara refinada de nuestros avances tecnológicos, de la elaborada estructura cultural y de los descubrimientos científicos, en el fondo, las respuestas y exigencias de nuestro cuerpo son las de una especie reciente de simio, que hasta hace unos diez mil años recorría en grupo las praderas, compartía alimento, protección y parejas sexuales. Escuchémoslo un momento, porque quizá nuestra verdadera lucha no sea entre la fidelidad y el adulterio, sino en reconocernos en el espejo de una de nuestras más arraigadas contradicciones.

Los rasgos anatómicos que nos distinguen como especie tienen apenas unos doscientos mil años, pero detrás hay una gran herencia de millones de años que, a la par, condicionaron buena parte de nuestras conductas sociales y sexuales. Sumergidos en los ideales de la relación de pareja exclusiva y de largo aliento, ignoramos que esas aspiraciones en realidad son una adquisición reciente, de apenas unos diez mil años, tiempo en el que comenzaron a establecerse los primeros pueblos sedentarios gracias a la agricultura.

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Visto en perspectiva, el predominio de la monogamia ocupa apenas un cinco por ciento de nuestra historia, pero ha sido más que suficiente para implantar una relación de poder desigual entre hombres y mujeres, así como para vigilar y sancionar el comportamiento sexual desde la niñez y para crear una intrincada mitología en torno a la pareja.

«Como muchos malentendidos, la monogamia es una convención de la cultura que se confunde con un fenómeno natural, como el nacimiento y la muerte».

Sin embargo, no hay que malinterpretar estos antecedentes y sugerir que se retome el comportamiento sexual de los ancestros, con su permisividad, modos y frecuencia de procurarse placer, pues hay un camino milenario detrás nuestro que no todos están listos y dispuestos a abandonar. En el fondo, lo que nos hermana con los antepasados y nuestros primos los chimpancés es el uso del sexo como vehículo para fomentar los lazos afectivos, y solamente en segundo lugar como medio de procreación. No es gratuito que seamos la única especie dispuesta a tener relaciones sin importar los ciclos de fertilidad y en cualquier momento del día.

No es lo que tú piensas

Se da por sentada la fidelidad como parte de una relación íntima. Si hombre o mujer fallan en cumplir esta exigencia, el culpable es señalado por su traición a un acuerdo que, probablemente, nunca se negoció. Lo “normal” es darlo por hecho y omitirlo hasta que el divorcio o la ruptura llamen a la puerta. Como muchos malentendidos, la monogamia es una convención de la cultura que se confunde con un fenómeno natural, como el nacimiento y la muerte. A pesar de la realidad que la niega, hay un empeño en hacer pasar como verdad indiscutible una creencia colectiva que se tambalea en todos los continentes y todas las épocas. Escuchamos el ruido de los propios prejuicios, pero no el recordatorio de que en nuestros actos más íntimos va escrita la historia de la especie.

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