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El ligue madurito (léase después de los cuarenta)

Si algo ha cambiado casi en cada generación, ha sido la “ligadera”, el cortejo, “noviar” o como le quieran decir a esa sutil maniobra de lograr que alguien que nos atrajo se fije en nosotros.

En los 20 es cuando somos más torpes que nunca, estamos con las hormonas vueltas locas y con el cerebro a medio hacer. No sabemos bien quiénes somos, ni lo que queremos hacer, pero estamos calientes. Mala combinación.

Sin embargo, alrededor del 80% de las mujeres en sus treinta-y-algo están casadas y con dos o tres hijos; casadas y cansadas. Es irónico que, en la mejor edad de nuestro cuerpo, el cerebro esté ocupadísimo con los biberones y las marcas de pañales orgánicos.

Pero ello tiene una explicación científica (que es hasta bonita): la mente de las mamás cambia para estar al nivel de los bebés, de los llantos y los pujidos, y por eso, cuando algunas tratan de hacer un doctorado al mismo tiempo que dar de mamar, sienten que se están volviendo locas. Pero es sólo un mecanismo de sobrevivencia.

Hoy, sin embargo, las cosas han cambiado un poco y ya vemos a muchos, sobre todo en las ciudades grandes, treintones solteros, trabajando en lo suyo, independientes económicamente y felices. Éste es un buen momento para el ligue y, de hecho, los bares y antros lo confirman.

En los 20 es cuando somos más torpes que nunca, estamos con las hormonas vueltas locas y con el cerebro a medio hacer.

A los 30, las jóvenes ya se pueden pagar algunos tragos y todavía aguantan rato bailando. A veces esta década es angustiosa para las mujeres, sobre todo si no han tenido hijos. Sienten que se les está pasando el tiempo; pero, por otro lado, están disfrutando y no es extraño encontrar algunas que dicen que ni se van a casar ni a emparejar. Por eso es que, entrados ya a los 40, comienza el famoso pero verdadero cliché sobre la “nueva juventud”.

Los 40, una década especial, pero un lugar conflictivo para estar y vivir. Nos sentimos más jóvenes de lo que nos vemos pero, al ver a las de 30, nos damos cuenta de que ya pasamos por esa edad, ya no nos voltean a ver tan seguido como antes y la ropa no nos queda igual (sobre todo, los trajes de baño). Y, en el caso de ustedes, hombres, es lo mismo: a nadie le interesa ver bermudas colgando de cuerpos descuidados.

Lo que podría recomendar alguien como yo, que ha sabido disfrutar su etapa “madurita”, es que, si se van a divorciar, lo hagan en estos años.

Esta etapa es, también, un momento de reflexión; es una excelente edad para darnos cuenta si nuestra relación de pareja sigue vigente o no. Lo que podría recomendar alguien como yo, que ha sabido disfrutar su etapa “madurita”, es que, si se van a divorciar, lo hagan en estos años.

Y no dejen para más adelante lo que ya no saca ni chispitas, ni fuego.

El miedo a la soledad es tan absurdo como el terror a crecer. Además, el ligue es mucho más sencillo. Las mujeres ya salimos solas a cualquier hora y no se ve mal si estamos acompañadas de otros hombres que no sean nuestra pareja, porque casi todas tenemos amigos de trabajo. Por algo es que en el workplace se den muchas de las relaciones extramaritales.

Me he dado cuenta de que, si las mujeres a los cuarenta-y-tantos están solas y con ganas de pareja… son muy lanzadas, pero sin dejar de sentirse inseguras. Se visten para hacer temblar entrepiernas, lo cual no necesariamente es lo mejor.

Tengamos 25 o 48, siempre es mejor mostrarnos y vestirnos tal cual somos. Muchas divorciadas están viviendo su segunda juventud, quizá mucho más divertida que la primera, y están dispuestas a ligar, no matter what.

Antes de internet, Tinder, Facebook y Twitter, la cosa era más difícil pero más personal: por lo general, un grupo de divorciados cuarentones se iba a un lobby de hotel, a un bar con música en vivo o a algún restaurante famoso por los muchos hombres solos que iban en busca de “alguito”.

Así, nosotros (los adultos contemporáneos) hemos pasado de las “manitas sudadas” a los coqueteos por mensajes en Facebook; hoy tenemos un menú rico y completo para elegir citas a ciegas, encuentros amorosos y hasta, por qué no… un segundo o tercer esposo(a).

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