He tenido la fortuna de contemplar murales maravillosos, en México obras emblemáticas y de mucha fuerza; pero como parte de mi visita a España me regalé la oportunidad de mirar el Guernica de Picasso albergado en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en la ciudad de Madrid.

Por Shantale Carrera

 

Foto: Shutterstock

Antes de llegar al mencionado lugar averigüé acerca de la obra; todos los elementos que la componen para no perder ni un detalle al tenerla enfrente. No voy a narrar uno a uno los símbolos porque eso está al alcance de todos, únicamente quiero expresar lo que experimenté al conocerla, la carga tan potente que me transmitió. Al llegar a la sala –anunciada con varios pasillos de anticipación–, la seguridad era mayor en este lugar que en el resto del museo; los letreros que prohibían las fotos y el video estaban por doquier y calculo que había una persona de vigilancia por cada 10 visitantes.

La sala estaba repleta de gente y el silencio sin embargo, era intimidante. Todos mirábamos el bombardeo de imágenes parpadeando lo mínimo y experimentando sensaciones cada quien desde su intuición.

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Yo posicionada en el centro de la sala y frente de la obra, dejé de pensar en todo lo que había leído previamente y simplemente me dejé llevar.

Mi expectativa fue por años ver una pintura de protesta en blanco y negro, pero al tenerla cerca me di cuenta que era la narración de toda una historia, en tonos de gris.

Si tuviera que resumir mi breve pero intensa experiencia con el Guernica de Picasso, diría que fue un recorrido de menos de ocho metros de largo, pero lleno de significado. Fui más lejos que los 9 mil kilómetros que viajé desde la Ciudad de México hasta Madrid.